Los síntomas de la mediocridad


Decía un escritor francés que en esta vida algunos hombres nacen mediocres, otros logran mediocridad y a otros les cae encima. Y es que los pueblos están repletos de personas que todo lo hacen a medias: el trabajo, los deberes, las iniciativas y hasta las buenas acciones porque se dejan llevar por el facilismo, el conformismo, la comodidad y la pereza, males difíciles de extirpar una vez que se han adueñado de la cotidianidad laboral.

Los mediocres construyen edificios en los que, a pocos días de entregados, la gente debe habitar sin agua, electricidad y con muchas filtraciones; educan niños a los que no enseñan bien ni las ciencias ni las letras y universitarios sin el pleno conocimiento de las profesiones que ejercerán; entorpecen y complican los procesos legales, y ejecutan acciones que laceran los derechos más elementales de los ciudadanos con posturas retrógradas y desinformaciones.

Al parecer fueron ellos quienes inventaron la burocracia, “el peloteo”, los pretextos, los obstáculos aparentemente infranqueables y esa tendencia enfermiza de echar la culpa a los demás para limpiar la imagen de cumplidor.  

Como consecuencia de esas tareas a medio hacer el pueblo se queja ya que con tales incapacidades su vida es más difícil, disminuye la credibilidad de las instituciones irresponsables, aumentan las medidas disciplinarias en los centros de trabajo y prolifera la desestimulación de los subordinados víctimas de jefes mediocres porque piensan que lo mal hecho nunca va a cambiar.

Los síntomas que delatan un mediocre pueden ser: ignorancia del contenido y las atribuciones de su trabajo,  la toma de decisiones ilógicas , pretextos para imposiciones autocráticas en realidad “porque les dio la gana”, tendencia a  funcionar como robot que no cuestiona las órdenes equivocadas, ni exige la reparación de una mala acción, ni toma la iniciativa cuando los demás permanecen en silencio.

Son estos seres los que provocan que el Venceremos, nuestro periódico provincial, publique, semana tras semanas,  tristes ejemplos de mediocridad en nuestra ciudad. Porque en Guantánamo proliferan las quejas por recibos de electricidad, teléfono o agua que vuelan de una cuadra a otra por culpa de los cobradores, denuncias por zanjas y tragantes al descubierto, reclamos por la lentitud de camareros o dependientes, así como lamentos por casas mal construidas, tuberías con salideros, terribles instalaciones eléctricas y alteración de algunos productos en cuanto a precio, peso o calidad.

Pero ser mediocre va más allá de aquellos que jamás terminan lo iniciado, aunque obviamente esta idea es su razón de ser. También pudieran ser calificados así los que roban en sus centros, los que encubren lo mal hecho y los incapaces de llevar a buen término cualquier tarea. Todos tienen lo mismo en común: ninguno hace lo que debe cómo es necesario ni con la calidad que amerita.

Diferente es el caso de las personas que hacen muy bien sus oficios aunque no sean los más cultos ni instruidos, porque esos no son mediocres sino excelentes trabajadores, expertos en lo que les corresponde y responsables con su deber.

Son esos los que se desviven por satisfacer al pueblo y persisten en sus deseos de hacer las cosas bien aunque otros se empeñen en mal lograrlas. Ellos, los que no gritan cuando deben atender a la población y enseñan con paciencia, los que velan por cada detalle de lo que les toca como obrero o intelectual.

Para superar la mediocridad, comentaba cierto vecino, que habría que reunir a todos los mediocres y hacerlos explotar. Una idea drástica, violenta y además sin sentido dado que quienes quieran escapar de ella solo deben preguntar lo que no sepan, esmerarse por terminar lo empezado con calidad y sin demoras, batallar contra el conformismo y el facilismo que solo deja insatisfacciones en quienes recibirán el producto acabado, eliminar los pretextos de su vocabulario, superase académicamente si eso lo que les falta ya que opciones hay, y respetar al pueblo.

Al final, poco importa si se logra la mediocridad, le cae encima a los facilistas o se nace incompetente. La cuestión es que con la excelencia generalizada se elimine el conformismo, la comodidad y la pereza y de esta forma se de muerte, de una buena vez, al trabajo mediocre.

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