El retrato de un mediocre


Dorian Grey fue modelo del retrato más famoso de Inglaterra y era ficticio.  Antonio o María (evitemos sexismos) podrían ser los modelos modernos de una Cuba universitaria. Pinceladas de excelencia quedarían a entrever entre brochazos de conformismo inmovilizante, desgano, hastío y una apatía política y/o informativa escandalosa.

Los valores universitarios, no es secreto, van en picada. Cada año las flexibilidades del sistema provocan una masificación estudiantil que atenta contra la preparación en las aulas y los nervios de los profesores. Aparejado a este fenómeno, una semi-presencialidad asesina acaba con lo que de bueno tiene la sistematización de contenidos y la búsqueda rigurosa bajo el apremio del tiempo. ¿Resultado? Los jóvenes universitarios cubanos pierden la excelencia.

Cada vez depende más de individualidades enajenadas la preparación académica. La palabra “teacher”, “profeseur”, “sensei” o “maestro” va perdiendo significado y los cambios educacionales nos asustan con la posibilidad de que en un futuro pudieran no hacer falta más que unos pocos para instruir a través del vidrio.

La universidad debe basarse en la excelencia, ya lo decían Ortega y Gasset. Y en Cuba, excelencia implica además del conocimiento integral que va de lo singular a lo universal, toda una gama de actitudes y aptitudes que trascienden desde arraigados conceptos nacionalistas a principios  de colectivismo y defensa imposibles de desarrollar sin fuertes guías.

¿Quedará solo a esta juventud susceptible a las desviaciones el logro de su excelencia? ¿No será  la posibilidad de su pérdida consecuencia de males mayores? Queda a todos, profesores y estudiantes, responder esa pregunta.

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