Luces, cámaras, acción: El suspense de un proletario.


Luego de 5 años de vagancia universitaria, hemos vuelto al drama cinematográfico de nuestras vidas. El que pasó fue un quinquenio de alcohol, sexo, reuniones grupales y líos de beca. Toda una película de acción y/o romances (en dependencia del protagonista). Ahora es el momento del misterio y los filmes policíacos.

Nuevos rostros, disímiles caracteres y muchas responsabilidades son los principales rasgos de esta nueva propuesta. Una propuesta que, empiezo a sospechar, será más que una película de 2 horas o más, porque amenaza convertirse en una de esas series a lo norteamericano que se extiende y se extiende hasta que entren en huelga sus guionistas, los protagonistas decidan embarazarse o mudarse para otro show o hasta que el público se aburra.

La dirección de esta propuesta corre a cargo de Dios, las coincidencias y nuestros jefes. Nada que ver con la independencia de los años de estudio. Mientras la música, aportada por nosotros mismos, tiene un estilo personalizado que depende de quien viva la película y cuanto interés tenga en mantener su  esencia.

Por eso será usual detectar en quienes inician sus vidas como proletarios: restos de lo que fue un pelado “magua”, un agujero sin piercing en alguna lengua profesional,  quizás una que otra canción de Liking Park en las memorias flash o un fragmento de tatuaje bajo cierta camisa almidonada.

El fin del filme es un suspense. Efecto equiparado a la trama tensa que recorre los 20, 30 ó 40 años  de la vida profesional de los protagonistas. La historia terminará cuando ellos lo decidan, dado que siempre pueden optar por: jubilarse en su primer trabajo, irse del centro  cuando se aburran o abrir un negocio por cuenta propia.

Ya la vida dijo “luces, cámara, acción“ y la película de nuestras vidas ha empezado a ser filmada. Queda a nosotros la opción de tomar su rumbo y cambiarla cada vez que intuyamos que, quizás, después no valdrá la pena verla.

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