¿Boxeadoras en el Hogar?


He visto mujeres, sartén en mano, caerles atrás a sus maridos bajo amenaza de golpearlos. Y es que, dice la gente que las latinas son así: furibundas, irascibles, impulsivas y más que valientes a la hora de defenderse, aunque eso implique cocotazos para el esposo, el hijo y todo aquel que se entrometa en sus asuntos.

También comentan por las calles, y últimamente hasta en las redes sociales, que cuando se habla de violencia familiar no se toca a las mujeres y sí demasiado a los hombres.  Burradas.

De diez países examinados en un estudio de la Organización Mundial de la Salud (OMS), más del 50 % de las entrevistadas se reconocieron víctimas de agresión física o sexual provocada por su pareja. Además, los 60 Estados con leyes específicas sobre violencia doméstica y a la mujer, así como los 89 que cuentan con alguna prohibición legislativa al respecto, no pueden estar equivocados.

Esto no quiere decir que no existan mujeres que maltraten a sus hombres, e incluso a toda la familia. En Chile, por ejemplo, según el diario digital La Opinión.es, las mujeres han equilibrado la balanza y han pasado de golpeadas a golpeadoras.

La periodista Pilar Huilcaleo, autora del artículo relacionado con este tema, cuenta como en el barrio Los Domingos vio a los carabineros interceder en una discusión violenta a fin de defender a un hombre que era pateado con fuerza por su mujer. Su trabajo culmina con la siguiente interrogación “¿Será necesario convocar a una Convención Internacional de Derechos del Varón?”

Ejemplos como este nos llevan a preguntarnos: ¿Qué hace a una mujer perder el control y golpear a su pareja? ¿Por qué los hombres no denuncian la violencia femenina que se ejerce en su contra?….

En cuanto a lo primero, al menos en Cuba, las mujeres tienden a exacerbarse con problemas cotidianos y recurrentes tales como:  hacinamiento en las viviendas, bajo nivel educacional, indisciplinas de los hijos, infidelidades de los maridos, litigios legales, problemas en los centros de trabajo, dificultades con el transporte, difamaciones de los vecinos, problemas económicos relacionados con los salarios insuficientes y el alto costo, por poner algún ejemplo, de los alimentos, de las reparaciones relacionadas con la construcción, las zapaterías no estatales pero con los recursos necesarios, o de los equipos electrodomésticos defectuosos cuyos arreglos pueden salir en una pequeña fortuna, etc…

Y estas razones de enojo, sin intención de justificar,  son diferentes a las que usualmente desencadenan la violencia masculina contra una mujer: borracheras, celos, incomunicación, conflictos de convivencia y generacionales, imposiciones y machismos.

En cuanto a porqué el hombre no denuncia cuando es atacado por una “dama” la respuesta es obvia: aún coexisten estereotipos relacionados con lo que la sociedad espera de él, entiéndase por esto que sea cabeza de familia, pague las invitaciones, que no cocine ni limpie sino solo traiga el dinero al hogar, que sea dominante, el sexo fuerte, el único con potestad para golpear, gritar, ordenar…

Con tales “paradigmas” a seguir, difícilmente un individuo víctima denunciará las agresiones y echará a un lado su hombría para reportar ante los policías que ha sido maltratado. En  Guantánamo esta situación se agrava con la generalización que existe de que el oriental es heterosexual por excelencia, macho, varón, y masculino a todo.

Por el contrario, cuando una mujer no denuncia que ha sido violentada es porque: se piensa merecedora del castigo y con culpa por no ser “buena” esposas, espera que su marido cambie, teme a las venganzas o cree que si denuncia la agresión la policía no hará nada. Son amplias las diferencias entre uno y otro caso, e igual ocurre con las secuelas de la violencia.

Cuando él es víctima de agresiones provocadas por una fémina puede padecer depresiones, ansiedad, disfunción sexual y hasta trastornos de personalidad; pero las consecuencias aumentan cuando es ella la violentada: contagios con ETS/VIH, inflamaciones pélvicas, embarazos no deseados, abortos, problemas ginecológicos, además de todas las mencionadas en el caso anterior.

Por suerte, en Cuba, desde septiembre de 1997 se creó el Grupo de Trabajo para la Prevención y Atención de la Violencia Intrafamiliar y, desde 1986 la Comisión de Prevención y Atención Social, iniciativas ambas que buscan paliar la proliferación y los efectos de la violencia desde un enfoque multisectorial y multidisciplinario porque implica la Federación de Mujeres Cubanas, los Ministerios de Educación, Salud, Justicia y del Interior, la Fiscalía General de la República, el Tribunal Supremo Popular, el Instituto de Medicina Legal y los medios de prensa.

Además, la Constitución de la República, el Código de Familia, el Código de Civil y el Código Penal protegen tanto a hombres como a mujeres, dentro y fuera del ámbito familiar de los actos violentos en sentido general. Aunque en el Código Penal, por ejemplo, el parentesco de una víctima con un agresor hasta el cuarto grado de consanguinidad constituye un agravante, y ni hablar de las sanciones por coacción, ultraje sexual, abusos lascivos, violación, incesto, asesinato.

En fin, nadie tiene porqué soportar quebrantos a su dignidad con golpes ni de esposas o maridos y menos de un jefe o de un maestro. Esos son rezagos de un pasado colonial e indicios de un subdesarrollo mental que debemos superar aunque para ello debamos operar cerebros para injertar en ellos los Derechos del ciudadano o la familia y el Código Penal.

Anuncios