Los límites del deseo


NOTA PARA MALPENSADOS: ESTA ES UNA HISTORIA DE FICCIÓN

No le gusta su olor. Huele como a saco, como a viejo. Pero ella está obstinada, cansada de estar sola y permite que la bese y le recite poemas recortados al oído. Porque eso sí, él tiene una voz dulce y fuerte que es como deben ser las voces de los poetas.

Permite que la acompañe y le deja hacer. El mueve las manos lentamente, le acaricia la espalda y la toma de la cintura mientras camina. Ni sospecha que ella no voltea la cara por vergüenza, por lo insoportable de su olor….de su penetrante olor a saco. No percibe como mueve la cabeza, suave pero reiteradamente hacia el lado contrario para que su nariz no le roce el cuerpo, ni como baja  la vista para evitar recordar lo poco que físicamente le agrada.

El vino de arroz y la caminata la tienen como drogada. Casi no siente, no percibe nada. Así es mejor. Se escurren a escondidas de la carpetera de guardia en el Edificio de la beca. Arriba no hay nadie, están desiertos los pisos superiores porque es fin de semana y la gente va a sus casas a reposar de las travesuras de la semana.

Ella sabe bien lo que viene ahora, Tienen 20 años. Nadie de 20 años permite que un joven la acompañe hasta su cuarto, medio endormilados ambos por el vino solo para que pasar la noche como hermanitos o buenos amigos. Tal vez antes era así. Ahora ya eso se extinguió.

El es un perdedor, un hombre feo que todavía no puede creer que la tenga entre los brazos, disponible. Ella no es de sublime belleza pero es bien parecida, quizás algo gorda comparada con la famélica figura de él.

Se conocieron por e-mail. Ella lo inició todo. Como siempre. Le gustaron sus ojos verdes y le mandó un correo incógnito. Él entusiasmado lo respondió. Cuando por primera vez se vieron frente a frente ál estaba disfrazado de mago y ella de monja. Extraña combinación.

Él le dijo que amaba los poemas, ella ripostó que eran mejor los cuentos. Él le dijo que le gustaban los deportes, ella contestón que los detestaba. El le confesó que se postularía para jefe el próximo año, ella contestó que se cuidaba de los políticos.

Va al baño y regresa sin el pantalón apretado y la blusa negra, ahora usa un vestidito cuasi transparente sin ajustador y el pelo suelto. Él se excita. Ella se tira en su cama, embobada aún por el vino. No hablan. Tensión. El se acuesta a su lado y le acaricia la cintura. Se le acuesta encima y le toca la punta del pezón suavemente con los dedos. Ella se eriza, eleva los brazos y el le quita el vestidito que se queda atascado y amarrando las dos manos.

La luz está apagada. Ahora lo puede mirar de frente. Aún los efectos del vino le nublan el sentido del olfato.

Inmovilizada. Sus senos rozan el cuerpo desgarbado del muchacho. El con la mano suelta que le queda le toca de un lado a otro las caderas, le abre las piernas que mantiene de esta forma con  las suyas y la besa apasionado. El efecto está comenzando a  decaer, “necesito más vino”, piensa ella. Mete la mano por debajo del blúmers y desliza uno de sus dedos al interior de la vagina. Ella hace fuerza por soltarse. El olor la asfixia. El dedo masculino desaparece en el agujero. Y otro más. Y otro.

Ahora la vira. Ella está mejor. Más cómoda. La reconforta la lejanía de su nariz con el cuerpo encima suyo. Necesitado de penetrarla pide permiso. Lo autoriza.

Ninguno gime. Ninguno grita. La complicidad los absorbe y el miedo a ser descubiertos los enmudece.

Y sobrevienen las órdenes “muérdeme poeta”, bajito, “pégame poeta”, bajito, “penétrame poeta”, bajito,”más, más, Más”, bajito.

El está desesperado, quiere que ella se ponga de frente para acariciarla mejor, y aprovecharla. Ella no quiere. Le teme a su olor. Pero él lo consigue y el apetito femenino disminuye porque no le puede decir a esa hora báñate, o échate perfume, o cómprate otra piel. Y se le va secando la vagina, y la garganta,  y comienza a dolerle la penetración dura que antes exigía pero ya él no oye porque quiere venirse y no puede y le atormenta la posibilidad de quedar como un imbécil ante una mujer que le gusta tanto.

Ella se queda quieta, inmóvil como al principio pero esta vez por voluntad. Lo deja hacer, moverse. De piernas abiertas, senos erguidos, y ojos fijos en el rostro de ese flaco feo que suda, y que huele más  y más y le congestiona el rostro y la hace aguantar la respiración y apretar la vagina.

Ahora el la mira, y la golpea como antes ella quería, pero no responde, piensa que puede estar jugando así que la vira y la penetra por detrás una, dos, tres veces y ella no da señales de vida. Entonces la vuelve a enderezar y comprueba su respiración, pero ya ella no respira.

ÉL, asustado, se viste a toda prisa. Organiza el cuarto, la acuesta y le vuelve a poner el vestidito. Ni llora, ni piensa. Se mira la portañuela y descubre que aún la erección no se le baja y que debe salir así mismo del edifico, de la beca, de la universidad, de la ciudad quizás y que no tiene tiempo de jugar con su pene.

Se escurre por el edificio, evade a la carpetera, sale de la Universidad y entonces aturdido se pregunta qué habrá pasado, porqué habrá dejado de respirar. Por instinto, levanta el brazo y se huele y se sorprende con el mismo extraño olor que le han reprochado todas sus novias, un olor como a viejo, como a saco. Decide que antes de huir pasará por la casa a darse un baño.

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