El hombre perfecto


Por Yisell RODRIGUEZ MILAN

El hombre siente pasión por la electricidad. Le encanta acariciar esos suaves y delicados cablecillos color cobre que insisten en aparecer entremezclados como si estuvieran haciéndose el amor.

Durante años intentó ser electricista. Pero no le funcionó. Y su pasión por los cables era tal que usaba para satisfacerse los módem de las computadoras, los cables para conectar refrigeradores, lavadoras, hornillas…en fin, todo cuanto pudiese servir para el aprendizaje y entrase por alguno de los agujeros de su cuerpo.

Sin embargo, sus amigos solían decir que aquellos que lo llevaban al borde de la locura eran los cables que trasmitían música. Cuando los tocaba su sensibilidad alcanzaba niveles altísimos. Y  le temían en las fiestas porque ante el menor descuido y bajo el pretexto de cambiar la canción desaparecían los enchufes y los plogs.

Una noche nuestro hombre decidió unirse definitivamente al objeto de su pasión. No soportaba más el acariciar a escondidas lo que tanto le obsesionaba, no tener la libertad suficiente para llenar su casa de extensiones que le permitieran hablar por teléfono, cocinar, lavar o batir huevos donde le viniese en gana.

Por eso cogió la secadora de su madre, se encerró en el baño, llenó la tina, lo prendió y mientras convulsionaba de placer tomando un baño, llegó a la conclusión de que era el primer hombre del mundo en ser feliz.

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