Navidades


Por Yisell RODRIGUEZ MILAN

A los cubanos se nos ha ido pegando esa costumbre de celebrar la navidad, pero con estilo propio. Y hasta hemos aceptado algunos de sus convencionalismos: adornamos con lucecitas las vidrieras de las tiendas, ponemos arbolitos cerca de nuestras ventanas y quienes creen en Cristo desfilan con sus mejores galas en busca de las iglesias católicas de la ciudad.

Incluso los hay que preparan sus banquetes y ponen regalos para la familia, como en las películas, pero esos son pocos. Los que sí abundan son quienes ven en la navidad el pretexto para estar con la familia y los amigos un día extra, completico, y sin trabajar. Esos organizan auténticas cenas criollas, en las que no se reza, y donde lo principal es, en vez de un pavo, el macho asado.

Antes, la gente también improvisaba, por respeto, el pesebre del simbólico nacimiento y hasta las musiquitas aparejadas con los bombillos respondían a los villancicos religiosos,  pero hoy ya no es así. Las opciones de las cajitas de música se han reducido a la melodía de “navidad, navidad, dulce navidad” y mucha gente que conozco rápidamente se cansa de ella o se desespera y la apaga.

Tampoco abundan los Papá Noé, creo que al pueblo le caen mejor los Reyes Magos de España, Portugal y gran parte de Latinoamérica con sus tres bolsas de regalos que el viejo gordo de Estados Unidos y el norte de Europa, al cual se le ha acusado de destrozar el espíritu navideño con sus influencias y significados consumistas.

Como es obvio, en Cuba, como en casi todo el resto del mundo, a duras penas la navidad tiene connotación religiosa. Una de las razones es que la festividad ha ido mezclando su carácter místico con la tradición de convivencia familiar. Gracias a eso, no solo es celebrada por los cristianos sino además por algunos ateos convencidos.

Según algunas enciclopedias digitales, la navidad no siempre se celebró en la misma fecha. Algunas culturas creían que el dios del sol nació el 21 de diciembre, el día más corto del año, y por eso lo festejan.

Los germanos y escandinavos tenían el 26 de diciembre como homenaje a Frey, dios nórdico del sol naciente, la lluvia y la fertilidad y en entre sus costumbres estaba adornar un árbol eterno, el árbol del Universo, hábito del que se deriva el pino navideño.

Mientras los incas aclamaban el renacimiento de Inti o el dios Sol durante el primer mes del calendario inca o sea, en diciembre, con el solsticio de verano austral.

En Guantánamo, aunque se celebra y es día feriado, la verdad es que la gente no parece darle mucha importancia. Nadie dice a nadie “feliz navidad” por la calle (excepto los cristianos)  y aunque se reza la famosa Misa de Gallo o Misa de Medianoche en sus iglesias; siempre es mayor la actividad en los restaurantes, parques y los clubes nocturnos de la ciudad.

Y cabría preguntarse qué queda para islas como esta, donde no hay tradición de celebrar el nacimiento, si en la mismísima Belén, ciudad natal de Jesucristo, la Navidad se celebra dos veces: la primera, el 25 de diciembre administrada por la Iglesia Católica y la otra, el 6 de enero, apoyada por la Basílica de la Natividad y la Iglesia Ortodoxa de Jerusalén

Quizás es como escribió el célebre García Márquez: “La leyenda se volvió institucional en las provincias germánicas del norte a finales del siglo XVIII, junto con el árbol de los juguetes, y hace poco más de cien años pasó a Gran Bretaña y Francia. Luego pasó a los Estados Unidos, y estos nos lo mandaron para América Latina, con toda una cultura de contrabando: la nieve artificial, las candilejas de colores, el pavo relleno, y estos quince días de consumismo frenético al que muy pocos nos atrevemos a escapar”.

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