Barrio Sur


Por Yisell Rodríguez Milán

Nacerás en algún rincón de una ciudad cualquiera: desnudo, pobre y bajo peso. Te dirán que bebé más lindo (por pura lástima) y los regalos que te harán y el baby shower de película serán tan tristes y deprimidos como la vida que tendrás. Crecerás entre mataperreros, ladrones, drogadictos, infectados, delincuentes, vagos y asesinos. Porque esas son las consecuencias de vivir en el barrio sur del mundo.

Por alguna razón hereditaria, antes de tú cumplir los dos años, edad en que según Freud empieza a desarrollarse la memoria, tu madre se ahorcará. Tu padre frustrado como todo buen amante abandonará todo y se dedicará a deambular por los bares de esta ciudad que, a propósito, despreciarás.

Un día, cuando ya tengas suficiente edad como para darte una explicación de los porqués de tu mísera existencia, y hayas planificado toda una estrategia para mejorar tu vida  y vayas a comenzar a ser diferente, un amigo de tu padre, tan borracho y perdido como él, llegará a tu casa, a tu desvencijado, sucio y vacío hogar y te forzará a tener sexo con él.

Luego te irás abochornado y con la impotencia del no poder contar atravesada en la garganta. Buscarás como sobrevivir en la calle hasta que a los 16 te permitan enrolarte en el ejército. Allí serás uno más entre tantos suicidas de uniforme. Pero tendrás cama, comida, amigos, la oportunidad de otra  vida a cambio solo de todos los días al levantarte y marchar.

Conocerás hombres, muchos hombres que durante tus camitas y ejercicios y soledades militares despertarán en ti profundas y prohibidas emociones. No muchas mujeres. Aún así un día te casarás.

Le ocultarás a tu mujer tu apodo del ejército. Evitarás darle detalles de ese amigo tuyo que casi todas las semanas te visita y carga a tu hijo, y le da regalos. Pensarás que ella, tan buena, no tiene porqué enterarse de tus cosas pasadas porque son solo tuyas. Pero te acostarás pensando en los abrazos de él, en los ratos de sexo que tuvieron los años que estuvieron juntos el ejército, en sus escapadas lejos de los puestos de guardia, y en aquella vez en que permitió que te emboscaran y te pasaran como siete por  detrás. Eso nunca se lo perdonas y te despertarás.

Para este entonces ya habrás olvidado a tu padre que aún se consume entre bares  y parques porque tu vieja casa ha sido demolida para construir en su lugar alguna súper tienda; ya votarás por presidentes corruptos como históricamente lo han hecho todos los de tu especie,  trabajarás y tendrás comprada alguna porción del cementerio local aunque ya habrás perdido las ganas de morirte que tenías el día en que tu madre decidió, luego varias provocaciones de aborto, que debías nacer.

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