OPRESION


Por Yisell RODRIGUEZ MILAN
Cuentan por ahí de un país donde en vez de personas viven ojos. Ojos sajones, grandes y pequeños. Ojos de esos intranquilos, calculadores y atentos como de lechuza. Allí todo lo que se mueve, lo que el aire arrastra, lo que levanta el polvo es custodiado por alguna pupila escondida.
Para encontrar un Ojo se debe escudriñar entre las rendijas de las ventanas,  los hoyuelos de las paredes y en las esquinas oscuras. Desde ahí ellos vigilan constantemente los juegos y las conversaciones casuales de ojos más libres, espían por entre el tejido de las cortinas el interior de los cubículos de votaciones y persisten en seguir con su rabillo a todo aquel que consideren sospechoso de mirar lo que no debe.
  Los Ojos se comunican mediante guiños por eso en su país reina el silencio. Y le han declarado la guerra  a los colores. Gracias a esa estúpida controversia, actualmente todas sus niñas visten de carmelita, color de la tierra. Para ellos el carmelita es el color de la tristeza.
Tan grave es la situación que los Ojos han olvidado como se seduce, se pide perdón e incluso como se abraza con la mirada.
Se han adaptado tanto a la firmeza militar que le imponen otros Ojos que se han vuelto chiquiticos y gachos. Incapaces  por demás de ver el cielo porque han perdido la costumbre de mirar hacia arriba y padecen de una miopía generalizada, no pueden ver – como quien dice- “más allá de sus pestañas”.

Los Ojos se sienten observados en su país y viven en el terror. Temen que algún día, como mismo les pasó a los humanos, hasta alguno de los huecos donde viven lleguen esos Ojos blancos que persiguen  e  infectan con su ceguera, mediocre y asesina. Ese contagio para ellos es lo mismo que morir.

PD: Texto de ficción

Anuncios