Revolución, a puro gusto


Texto y fotos: Yisell RODRÍGUEZ MILÁN 

Si se viaja, se conoce. Y aunque yo no haya llegado más allá de las montañas de Pinar del Río puedo afirmar que amo a mi Revolución como me gusta.

Yo me he ido haciendo, entre los viajes en tren con el terrible olor a hierro y churre y las locuras en los camiones, mi propia idea del país en que vivo, y por eso lo defiendo.

Recuerdo, por ejemplo, la primera vez que visité La Confianza, acá en Guantánamo. Fue en el 2000, ese año en que se vaticinaba el fin del mundo mientras mis padres nos complacían, a mi hermana y a mí, con tremendo macho asado. Era pequeña cuando aquello y los maestros decidieron el segundo mes del primer año del milenio llevarnos a pie hasta aquel mausoleo histórico.

Miro atrás y aún me duelen los callos porque siempre he sido vaga para las caminatas, pero jamás olvidaré las charlas sobre Pedro Agustín Pérez, ni las anécdotas sobre lo que pasó exactamente ese 24 de febrero, el día en que mi provincia le abrió los ojos a Cuba y dijo: Yo existo. Así entró en los libros de historia, por la fuerza.

Luego conocería otros lugares, más allá de las fronteras de mi tierra chica. Estuve en el Cementerio Santa Ifigenia donde me contaron como cuando llueve corre el agua alrededor de la tumba de Martí simbolizando los dos ríos que lo vieron caer y también visité a Vilma allá en el II Frente Oriental, y a Antonio Gades, por supuesto.

Durante mi cuarto año de Universidad intenté subir el Turquino.  Y no lo logré, creo que soy más de las chicas de la lucha clandestina. Sin embargo, sí logré fijar en mi memoria (no la flash) la guagua tormentosa que nos llevó hasta el pie de la montaña y el tiempo que pasamos en la Comandancia del Uvero y de La Plata.

Ya he estado en tantos lugares que casi los olvido. Un día los anotaré, por supuesto sin olvidar mi favorito: el Faro de la punta de Maisí. Nada como esa construcción solitaria en sus alturas y su lejanía, remozada más de cuatro veces y que ha visto, con los ojos puestos en el mar, más  historia de la que podría contener mi corazón endemoniadamente patriota.

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