Paradigma más allá de las guerras


Por Yisell RODRIGUEZ MILAN

Cuando todavía en Cuba se traficaban esclavos y los españoles no eran turistas sino colonizadores, el nombre de un mulato santiaguero recorrió toda la isla convirtiéndose en leyenda. Era José Antonio Maceo y Grajales, hijo de Mariana, una esclava liberta, y de Marcos Maceo, emigrante venezolano.

Y la fusión de coraje e inteligencia que demostró este mambí el 15 de marzo de 1878 lo inmortalizaron para siempre en la memoria de su pueblo. Ese día el Titán de Bronce, como Mayor General del Ejército Libertador, y Arsenio Martínez Campos, en su posición de Capitán General español, tuvieron una entrevista en Mangos de Baraguá que pasó a la historia nacional con la energía y la altitud de una protesta.

Cuentan los libros que allí el cubano rechazó, tajantemente, la amnistía política ofrecida por la Metrópoli en favor de los mambises presos, las reformas legales a cambio del cese de las hostilidades y esa paz sin independencia y sin abolición de la esclavitud que había sido aceptada el 10 de febrero por algunos jefes mambises, durante el Pacto del Zanjón, acción que dio fin a la Guerra de los Diez Años.

Pero hoy las cuestiones libertarias en Cuba van más allá de la polémica decisión de continuar o no la lucha armada porque son otros los escenarios que exigen del revolucionario la misma intransigencia, heroísmo y dignidad política de Maceo cuando rehusó los pagos del enemigo y priorizó las necesidades de la Patria por encima de los intereses de un ejército de hombres cansados, semidescalzos y sin un peso en bolsillo para sostener sus familias.

Ahora, 134 años después, al fin libres, los peligros son más intensos y disfrazados que antes porque buscan el descrédito de la paz lograda y del sistema socialista a través de tergiversaciones mediáticas sobre nuestra realidad y un bloqueo económico, comercial y financiero impuesto a la isla desde Estados Unidos y que endurece a diario la vida del pueblo con escaseces y limitaciones genocidas.

Intransigencia y dignidad heredadas

Tales retos exigen de los cubanos enormes ejemplos de intransigencia y dignidad, cualidades que como herencia le corren por la sangre a los que aman de verdad esta nación.

Y los ejemplos sobran. René, Fernando, Ramón, Antonio y René, antiterroristas injustamente detenidos en Estados Unidos bajo la acusación de ser espías, son clara muestra de la materia maceísta con que están hechos nuestros héroes. No hay más que recordar aquella frase de Gerardo durante el juicio efectuado el 12 de diciembre del 2001 cuando dijo:

“Que sepan los señores fiscales que la única sangre que podía haber en estas manos es la de mis hermanos caídos o asesinados cobardemente en las incontables agresiones terroristas perpetradas contra mi país por personas que hoy caminan tranquilamente por las calles de esta ciudad (Miami). Sangre por la que un día juré que estaría dispuesto a sacrificar mi propia vida si con ello podía proteger a mi pueblo de semejantes crímenes”.

Después del alegato, su pena fue de dos condenas a prisión perpetua y 15 años más.

Y todavía se manifiestan actitudes similares por toda nuestra geografía. Una de esas fue la de Alicia Alonso, quien cuenta que en sus múltiples viajes a Estados Unidos muchas veces le ofrecieron cheques en blanco y fabulosos contratos a los que ella respondía: “Creo que todo el mundo tiene un precio, pero no siempre el precio quiere decir dinero. Conmigo se equivocaron. Hay cosas más importantes que el dinero: mi pueblo, la humanidad, mis principios”.

Actualmente, este tipo de acciones revolucionarias en Guantánamo son más comunes que nunca: la gente enfrenta a quienes se oponen al proceso cubano lo mismo en las calles que en las redes sociales de Internet, en tanto deportistas como Dayron Robles acumulan medallas por la Patria y regresan convertidos en leyendas a pesar de las ofensas.

Y mientras esto sucede otros hombres trabajan, con una intransigencia tan digna como la de Maceo, por avanzar en la actualización económica del país, tarea durante la cual no puede faltar como diría el presidente Raúl Castro en la clausura de la I Conferencia Nacional del Partido:

“decirnos las verdades de frente, mirándonos a los ojos, discrepar y discutir, discrepar incluso de lo que digan los jefes, cuando consideramos que nos asiste la razón, como es lógico, en el lugar adecuado, en el momento oportuno y de forma correcta, o sea, en las reuniones, no en los pasillos. Hay que estar dispuestos a buscarnos problemas defendiendo nuestras ideas y enfrentando con firmeza lo mal hecho”.

Así somos los cubanos, y si el Titán de Bronce desde 1878 puso ese espíritu inconforme y luchador en lo más alto, entonces resta a las generaciones actuales el honrarlo y ponerlo en práctica más allá de cualquier guerra.

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