Botelleros ¿abducidos?


Las 5:30 de la tarde: recién habíamos salimos dela EditoraVenceremos, excedidos en los compromisos de trabajo, las conversaciones y los placeres de la red, pero sin la más mínima idea de lo que sucedería después. Éramos Arlín Alberty Loforte, reportera, Lorenzo Crespo Silveira, fotógrafo, y yo.

Por necesidad, los tres nos paramos a “botellear” frente ala PNRy allí mismo, justo en las narices de policías y transeúntes que ni cuenta se habrán dado del hecho, vivimos un momento de abducción. Les cuento.

Arlín sacó la mano y se detuvo un automóvil. Nos subimos. Ella delante, Lorenzo y yo detrás. Segundos después, cuando ya nos habíamos acomodado, miramos a nuestro alrededor. Estábamos en una carcacha de color azul descolorido, la chapa era también azul (todo como para recalcar su status “estatal”).

Dicen mis colegas que era un Moscovich (en ruso: Москвич), aunque lo más probable es que de eso ya sólo le quede fama y algún que otro tornillito de 1929. Nada más.

Pero el que caso es que estábamos allí, oyendo crujir el motor y conversando (más bien Arlín envuelta en un monólogo sobre los buenos choferes) cuando un bombillo, donde debía estar el reproductor de música, alumbró y sonó como si en esos momentos el conductor buscara establecer comunicación con Marte.

No miramos y petrificados giramos la cabeza hacia el conductor que impasible continuaba manejando. Hasta que llegamos a la esquina  de Agramante y Prado, donde Arlín -muy protagonista en esta historia- dijo:

– Déjenos por aquí

Pero sólo el silencio se detuvo. Media cuadra después, repitió:

-Por favor, aquí

Entonces el automóvil se detuvo y la periodista bajó, pero Lorenzo, quizás aterrorizado por el bombillo que batallaba por controlar desde el más allá los pensamientos del chofer, unió manijas con nervios  y se ofuscó al abrir la puerta. Pidió ayuda. Y salió, digo salimos, casi corriendo porque yo de lo asustada, ni siquiera hablé.

Moraleja: nadie sabe lo que hay allá afuera. Tal vez usted un día, como nosotros, salga tranquilo del trabajo y sin apuros se monte en una carcacha como de otro planeta, extraña, loca, fantasiosa, y de chapa azul, pero cuyo chofer  medio alienígena y todo le parecerá más humano que cualquiera  de los que han involucionado por manejar un carrito que a lo mejor no es ni suyo.

 

 

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