Robar un libro ¿no es robar?


Por Yisell Rodríguez Milán

Cada dos o tres años, cuando se hace el inventario general de la biblioteca provincial Policarpo Pineda de Guantánamo, sus trabajadoras se lanzan a las calles, casi como detectives, para cazar olvidadizos. Ser rastreadoras no es parte de sus obligaciones, pero las abultadas desapariciones de libros de los estantes públicos las obligan a cumplir el extraño deber.

¿Pero por qué esperar tanto tiempo para ejecutar esa tarea? ¿Cuántos ejemplares no se habrán perdido ya, para siempre, a causa del despiste de quienes deben velar porque el patrimonio guardado allí, que es del pueblo, se conserve?

Sólo en un mes salen de la institución, en calidad de préstamo, más de 780 ejemplares, lo cual constituye un serio peligro para quienes tienen hijos en las escuelas, estudian o son adictos a las lecturas, porque quizás cuando los necesiten, debido a esa mala maña de los que no devuelven lo prestado y el deficiente control del proceso de entrega, no puedan usarlos.

Y lo peor es que muchas veces estos ladrones “a la cara” no vacilan para, luego de un tiempo, regresar a la institución y crearse un nuevo expediente burlándose de esta forma de las bibliotecarias.

Es malo dejar correr los años en vez de realizar conteos semestrales, lo cual evitaría la estrategia de los expedientes dobles, así como también la vergüenza de no saber dónde está algún ejemplar cuando se les pregunta a las técnicas por qué aparece en el catálogo de la sala pero no en sus estantes.

La prioridad está en atajar el mal a tiempo, organizarse, evitar el desfalco paulatino de una institución a la que le cuesta ingresar libros nuevos porque depende esencialmente de las donaciones y alguna que otra compra, además ¿cuánto no pasa, tanto en la institución como en la vida del individuo que dejó de entregar un texto, desde el día en que debía reportarse hasta el inventario general? Mucho, me atrevo a afirmar.

Y durante ese largo período las personas tenderán a desaparecer, se volverán incapturables, e incluso algunos hasta habrán confiado a las familias su fechoría convenciéndolas de que allí, en el hogar, el libro será más útil que en la biblioteca.

¿Cómo pueden llegar a tan absurda conclusión?, me pregunto. Ala Policarpo Pinedallegan personas de todos los municipios de Guantánamo y por sus salas transitan, mes tras mes, más de cinco mil usuarios, lo cual significa un promedio de 60 mil, de todas las edades, en los 365 días del año.

Quizás esto ocurra porque aún a los que piensan así no les ha tocado sufrir en carne propia el necesitar texto y no encontrarlo porque fue prestado y no devuelto, que para el caso es lo mismo que robar. Es muy probable que ellos sean, incluso, de los que deambulan por ahí pregonando que “robar un libro no es robar porque lo dijo Martí”, afirmación que esta reportera no ha podido comprobar.

Y lo cierto es que siempre habrá justificaciones para apoderarse de un buen ejemplar que no venden en las calles, que es edición única o está muy caro en las estanterías particulares… pero eso, a los afectados, no les importa.

Al final, lo que interesa, y mucho, es que quienes deben velar por el patrimonio colectivo de la biblioteca lo hagan correctamente. Tal como indica el Objetivo No. 45 dela Primera ConferenciaNacional del Partido, a través de “la exigencia por la protección y cuidado de los bienes, recursos del Estado y el fortalecimiento del ejercicio del control interno”.

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