CÍRCULOS


Por Yisell RODRÍGUEZ MILAN

Pertenecía a partidos de extrema sin ser un extremista. Cada mañana se levantaba, dejaba la cama sin tender y en calzoncillos, camisa y zapatos se iba a tomar el desayuno. Durante 20 años había estado haciendo exactamente lo mismo cada mañana pero hoy, por alguna razón, el día se le anunciaba diferente.

Los zapatos no habían amanecido al lado de la cama, la camisa estaba ajada y el último calzoncillo limpio de la semana lo había usado, por cuestiones de emergencia a las que no haré referencia, el día anterior. Tampoco tenía desayuno, al parecer la crisis mundial había comenzado a colarse en su casa sin que se percatara de ello y, para colmo, la sensación de que algo le iba a suceder ese día no desaparecía.

Al salir le pareció que todo lo que le rodeaba había sufrido algún ligero cambio desde la madrugada. Decidió por tanto que él también debía cambiar.

Caminó dos cuadras, hasta la esquina donde invariablemente justo a las 7: 00 AM lo recogería la guagua del trabajo –muchísimas veces  mientras la esperaba se había preguntado si no sería esa la única guagua en toda Cuba inmune a roturas, descoordinaciones o tardanzas. Entonces decidió que, a tono con la anormalidad del día, no iría a trabajar. Se desvió.

Sentado en un parque que jamás había visto, rodeado por árboles y alguna que otra persona, quedóse absorto en la contemplación de un ser que le pareció francamente repulsivo. Antes de eso jamás había sentido asco ante la visión de un hombre que como él tenía todos sus miembros, una buena figura y que solo en olores y apariencias resultaba grotescamente desagradable.

El objeto de su lelismo estaba cubierto por una sábana raída color rojo que lo tapaba hasta las rodillas, usaba un par de chancletas hundidas por el gasto de la  goma, y vestía overol azul, de esos que alguna vez constituyeron la moda obligatoria del proletario.

Nuestro protagonista miraba, y mientras lo hacía, se formaba una teoría “todo aquello que a los ojos del mundo resulte repulsivo debe ser eliminado: ya sea basura o sea hombre. Que un hombre sea basura, facilita las cosas”. Este era el día de probarla, lo sabía desde que se levantó.

Hoy dejaría de ser el desgraciado que cada día de la semana se levanta para hacer exactamente lo mismo que los días de la semana anterior. Pararía esa rutina desdichada que lo martiriza cuando usa el calzoncillo “jueves” un miércoles.

Se paró, y actuó. Después volvió al banco. La gente tardaría un poco en darse cuenta del regalo, después de todo muy pocos se atreverían a tocar al sucio vagabundo de un parque solo para preguntarle si está vivo.

Y decidió entonces cumplir la segunda parte de su teoría. La había escrito a los 12 años, cuando todavía pensaba que podría llegar a ser presidente si estudiaba mucho y se bañaba todos los días. Así decía:

“Solo un hombre rico tiene derecho a matar aquello que pudiese resultar repulsivo ante el mundo. Solo alguien con dinero puede costear una vida cualquiera que se lleve a puñalas o disparos,, aunque no pueda crearla”. Concluyó que como ya le había hecho el favor al mundo, ahora debía facultarse para hacer cuantos quisiera y estimase necesarios.

Fue al Banco Popular de Ahorro más cercano y aprovechando la inexperiencia de los cajeros ante casos de robo, se llevó de allí dos mil pesos (de los que valen). Una baratija…que serviría para sus fines.

Al salir del Banco,  sin correr, buscó un auto. ¿Qué héroe normal que se respetase carecía de auto propio o cogía taxis y guaguas? –se respondió que ninguno y avanzó hacia un Chevrolet del 68´. Se acercó, rompió el cristal y muy al estilo de las películas yanquis unió los “cablecitos”. Echó a andar el motor.

Dos minutos después, chocaba contra un muro. Había olvidado que no sabía manejar. ¿Quién podría haberle enseñado alguna vez? Nadie. Acto seguido la puerta del auto cayó, con necrológica apariencia, en el medio de la calle.

Eran las 4 en punto. A esa hora, un hombre normal de esos que cada día se levantan, se atan los cordones y dejando la cama sin tender, en calzoncillos, camisa y zapatos van a tomar el desayuno se dirigió hacia él. Es un tipo de esos que pertenece a partidos de extrema sin ser, para nada un extremista, pero que hoy se levantó sintiéndose diferente.

Dejó ir la guagua que lo llevaría a la empresa por la mañana y pasó el día mirando, desde el asiento de un parque ubicado a algunas cuadras de su casa, como un loco que le pareció por su forma de vestir y andar francamente decente asesinaba a un indigente, robaba un Banco y con la serenidad de un experto se llevaba un Chevrolet del 68´ nuevecito.

El hombre normal dos caminó hasta donde había visto el impacto del automóvil. Se acercó al accidentado y murmuró que aquel día había sido bastante extraño para él. Se le quedó mirando, mientras la policía lo rodeaba,  como quien intenta fijar una imagen en su memoria.

Hallaba pusilánime el desangramiento de aquel ser sucio y con rasgos de delincuente que se creía Humprey Boggart. Por eso, entre los gritos de la gente y de los guardias, tomó la defensa caída del automóvil y, asumiendo que cuando se tienen días diferentes  y se es “alguien normal“ se vale jugar todas las cartas y ayudar al mundo, con un golpe lo mató.

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