Cuentos para soñar, a lo cubano


Cuando era niña, los cuentos para dormir tenían mi edad y corrían sueltos por la casa. Su fluir era tan normal como el aire. Por aquel entonces vivía en el Reparto Caribe de la ciudad de Guantánamo, eran los años 90 y en mi hogar todavía podía verse el canal 8, vía por la cual se inundaban mis ojos con muñequitos y  filmes en inglés llegados directamente, sin mucho esfuerzo, desdela Base Naval.

Recuerdo que allí veía como los padres del norte arropaban a sus hijos con colchas enormes y repletas de dibujos que yo no tenía, y les contaban cuentos extraídos de unos libros tan grandes como esos niños, con muchas imágenes y pocas letras, que yo tampoco tenía. Y eso hería mi sensibilidad infantil. Tonterías.

Un día -seguro ella no lo recuerda- mi hermana y yo le contamos a mi madre que queríamos cuentos para dormir, como en las pelis yanquis, y ella sin perezas, sin colchas, sin libros gigantes pero con muchas ganas le abrió las puertas de nuestro hogar a una desbordante  imaginación en español.

A partir de ese momento empezaron a desandar, sin permiso, los cuentos por la casa. Mis padres tumbaron el armario que dividía su cuarto del nuestro dejando así abierta una puerta para comunicarnos, un pasillo mágico por el cual a cualquier hora del día o la noche se colaban las historias (casi siempre modificadas a causa del olvido adulto) de Los tres cerditos, Blancanieves, La bella durmiente, El flautista de Hamelín… y no sé cuantos otros más.

Y en ocasiones, cuando había apagón, nos acostábamos los cuatro en la cama matrimonial que compartíamos yo y Rosy, y lo que uno empezaba lo terminaban los demás. Otras veces mi hermana exigía a gritos que le tocaba a ella el cuento de la noche y todos nos dormíamos sin conocer el final de su historia, inventada, que siempre se alargaba, y se alargaba, y se alargaba más.

La imaginación desbocada de esos años llevó a mis padres a comprarnos libretas “especiales” –tan verdes y malas como las de la primaria- para escribir nuestras propias creaciones, dibujar nuestras portadas y obligarlos a escuchar como nuestros primeros “lectores”.

También por esos tiempos, mi hermana y yo crecimos. Nuestra altura se elevó, las cinturas femeninas tomaron forma y nuestra imaginación se alzó en un alto vuelo. Yo me volví adicta a los libros, mi hermana a mis recomendaciones literarias (a veces desesperantes para ella), y mis padres a darnos dinero para comprar cuantos quisiéramos.

Como consecuencia la casa se llenó de libros que, como antes sucedió con los cuentos, empezaron a caminar solos por ella. Se encaramaron en las paredes y rajaron algunas, hundieron dos libreros, y acabaron escondiéndose encima de los armarios, debajo de las camas, en las gavetas, las mochilas y algunas manos amigas.

Y así estamos hasta hoy: volando e imaginando en español, con más ganas que nunca, siempre gracias a mis padres, y a esos cuentos para dormir que jamás nos hicieron pegar un ojo.

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