La obliguntariedad, ese virus que corta las alas


Esa rara palabra, inventada por alguien quien sabe en qué lugar, la escuché por primera vez cuando cursaba mis estudios preuniversitarios en la vocacional. Normalmente era empleada por mis compañeros para calificar aquellas acciones de los superiores (entendidos como padres, maestros o adultos en general) empeñados en obligarnos a hacer lo que siempre nos enseñaron que debía ser voluntario.

Así, dar besos pasó de expresión de cariño a una cortesía social, decir “lo siento” en un velorio no tenía escapatoria, y los trabajos voluntarios de la escuela se convirtieron en una obligación escolar que no sumaba puntos extras ni dejaba lugar a la alternativa de ir o no.

Obliguntariedad es una palabra que reina entre los jóvenes de mi generación, contradictoria e hija del cansancio ante los mandatos, de las imbecilidades de quienes nunca supieron hasta donde llegaban las órdenes ni comenzaban las decisiones personales.

Y como esa afloraron otras palabras en nuestros espacios estudiantiles. Un de ellas es sumitracachigua, mezcla entre sumiso, tracatrán, chivato y guatacón, que eran casi siempre aquellos “puntualitos” de aula, temerosos del profesorado, de una baja nota, de sus padres, de la comida de la beca, de las travesuras en fin: pequeños hombres con demasiados miedos. Otra fue “firimicupística”, palabra que designa a una chiquilla creyentona y parejera.

Sin empujones

Sin embargo la que más dolía fue la que motivó este comentario. La obliguntariedad cortaba las alas a nuestra imaginación, a los deseos de hacer algo por el bien de otros o por nuestro futuro que saliera del corazón.

Por mucho tiempo vi a algunos de mis compañeros asumir, resignados, cargos estudiantiles que les quedaban grandes por la simple razón de que a los buenos líderes, los carismáticos, los valientes, los de las mejores notas, esas exigencias sin límites a veces absurdas los habían llevado a rehúsar las candidaturas.

Menos mal que siempre aparecían hombres buenos, como algunos que conozco, dispuestos a asumir esos retos.

De esa forma nos fuimos acostumbrando al mal que durante largo tiempo nos enojó. Hoy, muchos de los que estudiaron conmigo, de los jóvenes de los 80, podemos declararnos adaptados de tal forma a la obliguntariedad que cuando nos dicen “Vuelen!” nos caemos. Carecemos de fuerza para abrir las alas.

Esa falta de iniciativa, de entusiasmo, de creatividad, de curiosidad, de emprendimiento y valentía me abochornan. Quizás deberíamos drenarnos esas malas costumbres ahora que somos los superiores (madres, padres y adultos en general), no vaya a ser que contagiemos a la novísima generación que se levanta con el conformismo que nos invadió.

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