La Embajada de María


Pavel Ahmed García*

Cuando las pasiones de las multitudes se desbordan, nada ni nadie es capaz de ponerles freno. Si se trata de fanáticos al fútbol, entonces la excitación puede alcanzar el paroxismo y quienes están como protagonistas en el terreno de juego deben tener muchísimo cuidado con sus acciones pues pueden pasar de héroes a villanos en un abrir y cerrar de ojos.

Esta anécdota data de la década del 60, específicamente de 1968. Aconteció en el estadio Ovidio Torres del municipio de Manatí, provincia de Las Tunas.

Manatí es un pueblo donde se practica fútbol hace casi un siglo. En ese lugar se vive y se respira el deporte, y cualquier niño de cinco años pudiera impartir lecciones en dicha materia a quienes llegan allí con ínfulas de saberlo todo.

Pues bien…jugaban los equipos de Orientales y Las Villas. El once Oriental, en su propio terreno, contaba como es lógico con el respaldo total de su público, que atestaba las gradas de la instalación. Allí no cabía un alfiler.

El árbitro principal del encuentro, nombrado Cristóbal Martínez, no tenía uno de sus mejores días en la difícil tarea de impartir justicia. Cometía un error tras otro, siempre en contra del conjunto local, y con ello provocaba las rechiflas y abucheos de la “fanaticada”.

El clímax llegó cuando decretó un penalti que favorecía a los visitantes después de una polémica jugada dentro del área. Llegó el gol, se empató el marcador y se desató la ira de los manatienses quienes bajando de las gradas, como una marea humana, arremetieron contra el juez principal.

Uno de los más exaltados pensó que el castigo más apropiado para tamaña falta era la horca y arriando la bandera del asta enrolló la cuerda en su mano antes de unirse a la turba enardecida. Este redactor imagina el susto que debió llevarse aquel pobre hombre al ver lo que se le venía encima.

Sin pensarlo ni un segundo tomó las de Villadiego, saltó la cerca perimetral del estadio como si estuviera en una carrera de obstáculos y atravesó el campo por una extensa llanura que todavía hoy está detrás de la portería del sector izquierdo. Los gritos de sus perseguidores, con toda clase de amenazas e improperios, le ponían alas en los pies.

Durante su huida Martínez se despojó de sus zapatos, el silbato, las tarjetas amarillas y rojas que lo acompañaban como armas de su oficio, y hasta de un anillo de oro que llevaba  en el dedo anular de su mano izquierda, como recuerdo de familia. Desorientado y sin saber por donde escapar dio de bruces contra la puerta de una humilde morada y entró allí profiriendo alaridos en reclamo de ayuda.

La situación no pasó a mayores porque el marido de María, que así se llamaba la dueña de la casa, era un hombre de “pelo en pecho” según las historias que se cuentan sobre él. Dicho señor tomó las riendas del asunto en sus manos y convenció a los autoproclamados “justicieros” de que se retiraran. No obstante, consideró prudente esperar la caída del sol para poner al asustado Cristóbal a buen recaudo.

Cinco años después, el protagonista de estos sucesos se atrevió a volver a Manatí, siempre con la lógica aprehensión de que los lugareños se acordaran del nefasto día. Cual no sería su sorpresa al encontrarse con un acto de homenaje en su honor donde ¡Oh milagro!, le fue restituido el anillo que perdió en su rápida escapada por las praderas manatienses.

Y es que los habitantes del poblado, arrepentidos de su incorrecto proceder decidieron hacerle este homenaje restituyéndole, además, la prenda de oro en muestra de desagravio.

Pasaron los años y el suceso quedó como una anécdota más de las tantas que conforman la tradición de este municipio. Sólo que, a la casa donde aquella tarde se refugiara el árbitro para salvar su pellejo, le quedó para siempre el sobrenombre que le impusieron los pobladores, famosos por su sentido del humor: “La Embajada de María”.

* Graduado de cine en la Escuela de Realización Audiovisual de San Antonio de los Baños, La Habana. Actualmente en Panamá.

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