Juan, ese muerto


Por Yisell RODRÍGUEZ MILÁN

Nota: Este es sólo el criterio de una aficionada al cine.

Fotos: Tomadas de Internet

A expensas de sonar exagerada, hipercrítica, ciega, poco comprensiva… me arriesgo a escribir esto pues los blogs existen como espacio para disparar, a veces con puntería y otras con no tanta, nuestra opinión al mundo.

Hace unos días vi Juan de los muertos, esa película que tantos vivas levantó entre algunos de mis conocidos bajo los adjetivos de cómica, graciosa… y algunos otros similares que, hoy, tras verla, me inquietan y hacen preguntarme ¿porqué nadie habló de su contenido?, ¿es que acaso a todos les pareció sólo divertida?…

Más allá de que el cine cubano casi siempre represente lo más duro de nuestra realidad de la manera más alegre –como quien ríe de sus desgracias-, más allá de que el arte sea libre y se manifieste de la forma que a su creador le parezca más conveniente, y definitivamente más allá de que el espectador goce, maliciosamente o no, con lo que ve en pantalla, creo que se debe ser sincero, sin disfraces.

Sin embargo, “Juan de los muertos” es puro disfraz, discurso que pareciera buscar la defensa de este sistema con la proclama inicial de su protagonista al reconocerse -aún cuando esgrime como arma un remo (símbolo de botes, el mar, la partida/huida hacia Miami…) todo el tiempo que dura el filme- como un “sobreviviente a Angola, al derrumbe de campo socialista, al periodo especial, a lo que vino después y a esto…” y que no se va de Cuba.

Pero él no habla de principios, ni de amor a la tierra en que nació, esta es una sobrevivencia por cansancio, porque sí, porque si se va tiene que trabajar en serio y ojo: ninguno de los protagonistas de la película trabaja…

La vi en la sala de mi casa, a oscuras como en los buenos cines, minuciosamente. Volvía a mirarla después, con mi familia. Y siempre me quedó la misma sensación amarga a extremismo, de burla a nuestra isla, de que no se nos quiere porque quien ama no destruye ni con el arte ni con los sentidos de lo que dice y muestra. Pero ya he dicho que puedo estar equivocada, porque al final todo es cuestión de lecturas y esta es la mía.

Juan de los muertos, me parece, parafrasea al Juan sin miedo de los cuentos infantiles, ese que después de muchas bravuconadas se asustó con su sombra, lo cual quizás indica que –aunque no se muestre en la película- ya se asustará este Juan con los destrozos que quedarán de una Cuba desbordada hasta su plataforma insular de muertos vivientes o muertos de hambre que para el caso ahí es lo mismo, o cuando de esta Isla no subsista ni la sombra de lo que era si es que el cineasta no busca decir que ya hoy somos menos de lo que éramos hace más de medio siglo.

Esta tragicomedia, o filme de terror con elementos de comedia, o comedia con elementos de terror, o de ficción, o lo que sea, tiene como protagonista a un antihéroe que, sólo gracias a ese otro personaje que es su amigo, no es el menos puerco del filme que es como solemos llamar los cubanos a los menos aseados y mal hablados.

Juan es pescador, educado, tiene una hija española que no lo soporta a él ni a este país, sus mejores amigos son –al menos que se vea- otro pescador y su descendiente. Él es, porque así lo muestran las imágenes, borracho (son testigos las botellas obvias), sucio (tiene la misma ropa desde que inicia el filme hasta que terminan a pesar de las semanas, meses, que transcurren desde la primera escena hasta la última), buscar obtener ganancias hasta de lo menos digno.

En fin, Juan, como buen cubano según parece gritar el filme, es un superhombre que con la misma sincera prestancia que ayuda a una anciana con sus bultos en el elevador, o corre a auxiliar a la lesbiana, o atraviesa un mar de hambrientos  por  salvar a su hija, luego declara “matamos a sus seres queridos” y cobra por ello, porque ya lo dice el refranero popular en un país de ciegos el tuerto es rey y en una isla de muertos de hambre el más ágil para obtener dinero es el que sobrevive. Y cuando ya no pueda para eso tiene a la mano el remo, recurso de los que como él sobrevivieron a ese morir viviendo generalizado pero optaron por la salida más fácil: el mar. Queda claro en todo momento que el remo esgrimido es una amenaza a esa deshumanización que busca alcanzarlo mientras huye, aunque yo creo que ya lo alcanzó.

De hecho, el primer muerto viviente que puede verse en la película dado el aspecto físico desnutrido del actor, su short rasgado y deshilado, la pobre balsa en que está en medio del océano, y la triste botella de la cual se empina, es él mismo.

Obviamente, el filme llama exagerados y mentirosos a quienes emiten informaciones a este pueblo, y al pueblo mismo, al sintetizarlo en los cuatro últimos sobrevivientes, nos llama huidizos y cobardes, eso sin contar que toda Cuba, padece de hambre, deshumanización, problemas…y solo tiene: alcohólicos, pajizos, ladrones, borrachos, infieles, mentirosos, fracasados, insensibles, aprovechados.

Acepto que en la isla, como en el resto del mundo, hay de todo, pero también existe también otra realidad que a sabiendas se ignoró. Siendo así, esta no es una simple comedia a lo cubano aunque logre risas con el grandulón que se desmaya ante la sangre, el tipo que muestra los huevos y se masturba en el techo, el joven que roba al muerto, las pillerías de Juan que de todo truco para ganar dinero sabe como nadie, tampoco es su propósito que los espectadores se levanten de las sillas con un mensaje sencillo, porque lo único que de ahí puede sacarse es: huye, antes que sea muy tarde.

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