Periodismo: Gajes del oficio


Por Lilibeth Alfonso Martínez

Mirando hacia atrás, en medio siglo hemos cambiado bien poco. Cierto que nos mudamos de sedes, tiradas, formatos, tecnologías y gente, pero en esencias, seguimos en las mismas: No importa si somos diario o semanario, si Trabajando venceremos o Venceremos y punto.

Siempre estaremos nosotros, los que hacemos el periódico, semana tras semana buscando la noticia, las palabras correctas y gentiles, corriendo para no quedarnos por detrás de la realidad, a veces con los ojos abiertos pero sin ver, como los del pez finado y refrigerado del dicho popular.

Siempre con mil trabajos, el que definió Marx en el Capital, y el otro, el que se nos crea en el camino, cuando la fuente rehúye de su obligación de dar –por eso se llama fuente y no pozo seco-, y cuando da quiere que veamos con sus ojos, y digamos con sus palabras, sus pasiones, sus compromisos.

Siempre tratando de buscar el justo medio, que en nosotros no está a la distancia de un metro, sino a la de muchos cabezazos, porque a la larga, si nos equivocamos, siempre va a estar el papel para recordarnos la torpeza, el desliz, la aspereza.

Y siempre estarán ustedes. Los lectores asiduos u ocasionales, los que leen desde lejos o se sienten las palabras de cerca. Son muchos y diversos, pero si algo los une, los entrelaza así sea un campesino de Maisí o un dirigente, es que a ninguno le gusta ser el centro de las críticas.

Es natural. Un rezago de ese instinto de supervivencia que heredamos de los primates y que a veces supera a la más elaborada lógica. Si es para elogiar, hay vía libre incluso si nos equivocamos. “Se comen igual”, me dijo uno de los primeros entrevistados en mi carrera luego de que, en una entrevista pletórica de superlativos generosos, puse malanga donde yuca era.

Qué diferencia cuando, según el criterio del criticado, nos equivocamos, o sea, decimos lo que no quieren escuchar, lo que no quieren admitir, lo que los pone en la diana del fuego, que llega a esas horas de todas las direcciones: Aunque sea cierto.

Mirando hacia atrás, no he conocido a uno solo contento con la crítica si duele a su pellejo. La diferencia está en las posturas: algunos no lo admiten en el momento, pero te lo sacan a cuento más tarde, de frente o condenándonos a un silencio que grita bien alto todas las intenciones, y a buen entendedor…

Hay quien nos enfila los cañones sin piedad y cuestiona del pi al pa, doblando el turno de las vocales. Quien nos quiere dirigir desde el asiento de su casa, de su empresa, de su dirección bien lejos de las sillas que hoy ocupan quienes en realidad ponen brújulas a nuestros esfuerzos.

A cada rato aparece alguien queriendo “ajusticiarnos”, callarnos la boca, ganarnos a quién interpreta peor lo que decimos, desacreditarnos con pifias de cualquier tipo… Esos mismos que, quizás en otro momento, fueron elogiadores del látigo de la prensa en la espalda de otro, creyeron reconocerse en nuestras páginas.

Si fuéramos un medio de los multimedia, si con un clic o un pase de dedos pudiera estar la explicación de todo…, va y esos otros entenderían que un periodista es un hombre o una mujer como cualquier otro, que a veces se levanta sin saber qué va a cocinar y sufre los mismos problemas que todo el mundo.

…Sólo que cuando la mayoría se contenta con criticar por cuenta propia, con lanzar rayos y centellas cuando se cae la mula, nosotros nos metemos entre las patas del equino y buscamos explicaciones, causas y efectos, y cuando creemos que eso que plasmamos en el papel es lo más cercano a la verdad –que ya dice la filosofía que sólo hay relativas para cada tiempo- decimos a lo grande.

Porque entendemos la crítica como necesaria, como el dedo que señala la llaga y a veces la hace sangrar, pero para que cure. Porque no seríamos revolucionarios, con mayúscula inicial o minúscula, si vemos y callamos para proteger vanidades. Lo somos cuando sabemos decir lo que hay que decir cuando hace falta, porque es mejor dar medicina que hacer autopsias, y enderezar el árbol a hacer leñas de su tronco caído.

Porque somos periodistas y no trabajamos cuando nos baja la musa, sino cuando nos tropezamos con la vida.

Y sabemos. Sabemos que, con cada trabajo, incluso el más amistoso que manos de periodistas hayan escrito, habrá quien nos dé palmaditas de ánimo o nos niegue la palabra por siempre jamás.

Son gajes del oficio, los mismos de siempre.

 

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