Escenas de Carnaval


Por: Yisell RODRÍGUEZ MILÁN

Foto: Lorenzo CRESPO SILVEIRA

La ciudad huele a orine. Está mugrienta… Hay catres de venta, luces, música estridente y gentes por doquier. No se puede caminar tranquilamente por las cuadras sin que alguien roce o intente manosear tu cuerpo, ni respirar sin que un olor como a azufre y cerveza se te cuele por los orificios de la nariz.

Las pistas hablan: estamos de carnaval. Comenzó “the big moment” de los cuentapropistas, el suplicio de los choferes y la pesadilla de los vecinos de Carlos Manuel, de norte a sur…y del Reparto Caribe.

Coinciden algunas bibliografías -on line- en que los carnavales son fiestas en la calle cuya característica común en muchos países es la de ser un período de permisividad y cierto descontrol. Y en efecto, aquí, entre el 9 y 15 de agosto, poco le importa a muchos –con excepción de quienes sufren el caos – que los borrachos e indisciplinados se fajen, tengan sexo, griten, y hasta duerman en los portales de casas privadas e instituciones públicas.

Apenas en el segundo día de estas fiestas ya era imposible atravesar la calle principal que se le destina sin evadir charcos amarillentos y apestosos. También era difícil encontrar cerveza sin agua, adulterada por los trabajadores del Comercio y la Gastronomía, quienes además sirven tres pesos del líquido en jarras por las que cobran cinco.

Para colmo sobran los papelazos de la gente. No sólo en Carlos Manuel, que es la ruta de los adultos, sino en Beneficencia, donde los niños vacían los bolsillos de sus padres por montar aparatos y toda la calle parece, como consecuencia, un círculo infantil gigante y peligroso.

Dos borrachos pelean, quien sabe por qué. Uno entra al baño móvil de Luz Caballero y Prado, mientras el otro, a quien dejó rabiando y diciendo –otra vez -quien sabe qué, golpea el frágil cartón que protege su biología de las miradas imprudentes.

Alguien alerta que puede venirse abajo la endeble construcción pero el segundo borracho sacude duro las tablas. Mientras, el de adentro grita que  lo deje en paz. Ninguno escucha al tercero… ¿Al final? Se cae el baño, y el enfurecido (que satisfacía sus necesidades) sale envuelto en mierda.

Esa es una de las tantas escenas bochornosas que tienen lugar en días de carnaval. Otras, las más comunes, están asociadas a las parejas –sin excluir preferencias sexuales- que como animales se aparean en las esquinas más oscuras.

Año tras año, se repite la historia. Primero empiezan a llegar los cuentapropistas de otras provincias que negocian con los vecinos para usar la electricidad e instalarse en sus corredores, o frente a sus casas. Luego, los diferentes centros gastronómicos arman sus “reservados”, locales de madera donde servirán comida y bebida a los que gustan de pasar las horas sentados y cuya música traspasa los niveles aceptables para el oído humano.

Después, se instalan los baños, con su invariable peste aunque nadie los haya usado, y como si lo feo estuviera irremediablemente ligado a la esencia misma del carnaval en la isla: todo el conjunto luce sucio, de mal gusto, con colores opacos y kioscos mal construidos. Aquí se ve, se siente, y se huele el triste subdesarrollo del país.

Lo bueno del asunto es que los pobladores son fieles al Carnaval y los dirigentes fieles a los pobladores. Esta fiesta popular no falla. Tampoco falla el dinero que corre y llena los bolsillos de los particulares y también –menos mal- las arcas del Estado.

Sin embargo, tarde o temprano, tanta falta de higiene, indisciplina y antiestética presencia tendrán que parar. Bien se sabe que al final de estas jornadas parranderas lo que queda es una ciudad horrorosa y no aquella que con tanto esfuerzo se ha logrado en seis años de inversiones –como parte del Programa de Desarrollo Local- en todos los sectores sociales y económicos.

Es obvio que ni inspectores ni policías están haciendo su trabajo como deben. Igualmente está más que claro que muchas personas  -especialmente hombres- han perdido educación, pues desfachatadamente ignoran que baños y camas son los sitios adecuados para esas necesidades que evacuan en plena calle. Pero corresponde a las autoridades pensar y proponer estrategias para que en el 2013, sin dejar de disfrutar de estas fiestas en familia, la realidad se transforme.

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