La Gotera


Texto y fotos: Yisell RODRÍGUEZ MILÁN

Quizás 20,  30 o 40 años tenga esta Gotera. Así, con mayúscula, como si la palabra y su significado buscaran con ansiedad filtrarse por esta página. En ese lugar pasé mis primeras vacaciones de reportera, de proletaria que aunque no pueda costearse mucha aventura cara, sí está dispuesta siempre a disfrutar de lo barato… y maravilloso.

La Gotera es una casa de visita rodeada por un cafetal. Está en la cima de un peñasco. Tiene cuatro cuartos, cocina grande y de ricos olores, ranchón para fiestas, y muchas buenas personas para atender a quienes allí disfrutan de la primada de Cuba: Baracoa.

Fue esta la primera vez que caminé de verdad esa ciudad, que supe de sus leyendas –archiconocidas por todos- pero para mí tan deslumbrantes como aquella ocasión, como parte de una de mis coberturas, en que visité el gigantesco central de Manuel Tames, esa mole de hierro con 100 años que a tantos resulta horrible y a mí: atestado de misterios.

Soy adicta a los mitos, a los cuentos, a las historias que avivan la imaginación e impulsan el alma… a las tragedias.  En Baracoa me di el gusto. Una joven guía del Museo Matachín, me adentró en los secretos de la urbe.

Cuenta que desde 1930 vivió allí una rusa,  Magdalena Rovenskaya, que hablaba seis idiomas y huía de la Rusia soviéticas y sus cambios. En Baracoa, fundó el Hotel Miramar en 1952. Nunca tuvo hijos, pero adoptó a un niño pobre, campesinito, que vivió 49 años con ella.

Cuando triunfó la Revolución Cubana, ella, que huía de los comunistas, voluntariamente entregó su hotel al Gobierno Revolucionario sin aceptar pago. Se dice que en ese entonces se entrevistó con Fidel Castro, Celia Sánchez, el Dr. Antonio Núñez Jiménez, Nicolás Guillen, Raúl Castro y el Ernesto Guevara, quienes le ofrecieron un viaje a Rusia para que viera los progresos de su patria, y ella rehusó.

El 5 de septiembre de 1978 murió. Según la guía, al otro día, durante su entierro, las calles se atiborraron de personas, la banda municipal tocó en su honor y dos hileras de coronas de las más disímiles instituciones públicas, tan revolucionarias como aquellas que dejó en su fría patria, le dieron el último adiós.

Caminamos despacio por el Matachín, antiguo fuerte español. Aidelis Milán Travieso, pequeña prima mía que -a falta de enamorado disponible- me acompañó en el viaje, mira los hallazgos arqueológicos, toca lo que no debe con la imprudencia de sus nueve años y pregunta: “¿quién es esa?”, una joven, de ancho vestido y cara de niña, le ha llamado la atención.

“Es  Enriqueta Faber (Henriette), primera mujer que ejerció la medicina en Cuba”, responde la guía.

Agrega que nació en Lausana, Suiza, en 1791,  que medía cuatro pies y diez pulgadas, era de piel blanca, ojos azules, pelo rubios, nariz abultada, boca y frentes chicas, que quedó huérfana y arruinada a los 16 años y pasó al amparo de su tío Enrique, Barón de Avivery y coronel del ejército francés.

Se casó con Juan Bautista Renaud, oficial del ejército napoleónico que murió en 1808. Tenía 18 años cuando quedó viuda y para no depender de ningún otro hombre, matriculó la carrera de Medicina en París y se independizó económicamente. Al graduarse ejerció como cirujana en las tropas de Napoleón.

Llega a Santiago de Cuba el 18 de enero de 1819, a bordo del velero La Hevetía. Se asienta Baracoa, lejos de los grandes asentamientos poblacionales de la época, y -presionada por las convenciones que veían como mal a un joven tan apuesto pero soltero- contrae matrimonio con Juana de León, huérfana y tuberculosa.

En mayo de 1822, una lavandera descubrió que Enrique Faber era Enriqueta, y en enero de 1823 la esposa de la doctora pidió la anulación del matrimonio. Inmediatamente, Faber fue detenida y trasladada a Santiago de Cuba donde se le condenó a cuatro años de prisión y el destierro. Se fue a Estados Unidos de América y nunca más se supo de ella en Cuba.

También supimos en el viejo fuerte sobre la Maldición del Pelú, que es como se conoció en La Primada a Vicente Rodríguez, natural de Poza, provincia de la Coruña, España.

“Vino como comerciante –dice la muchacha de ojos grandes y verdes que nos conduce – y se convirtió en misionero.  Tenia barba de pelos rizos sin peinar, llevaba los pantalones remangados  y andaba descalzo. Y aunque muchos pensaran que era un loco, en realidad, era  tranquilo y no ofendía a nadie”.

En 1896 los habitantes de Sabana, localidad que actualmente pertenece a Maisí, -en medio de uno de esos arranques que caracterizan las sociedades incivilizadas e insensibles- le cortaron el pelo, lo apedrearon, protestaron por su presencia ante el ayuntamiento y fue expulsado de la zona.

Por eso, se cuenta que estando en el muelle, momentos antes de abordar el barco que lo sacaría la ciudad, dijo: “en Baracoa se harán muchos buenos planes, se generarán muchas buenas ideas, pero todas se desmoronarán, nada se le cumplirá”.

Actualmente los baracoesos -podrán confirmarlo quienes visiten La Primada – se sienten un pueblo sin suerte…, la autocompasión, el orgullo y la incapacidad para administrar bien acaban con sus iniciativas… aunque algunos insistan en que es culpa del Pelú.

Salimos del museo, y visitamos el Cañón del río Yumurí, corriente de agua  que divide las Cuchillas de Baracoa de las terrazas de Maisí y constituye uno de los sitios de mayor valor paisajístico de la geografía cubana y de más alta biodiversidad y endemismo en la región.

El río ha formado un estrecho cañón de 220 metros de profundidad que se extiende unos 4 kilómetros hacia el interior del fluvial. Allí se localizan más de 60 especies de aves, cuatro de las cinco subespecies de la polymita picta y nueve de anfibios, de ellos ocho endémicos y entre los mismos la ranita Eleutherodactylus bartonsmithi, exclusiva de Boca de Yumurí.

Dice los vecinos de los alrededores que se llama Yumurí por los aborígenes que habitaban la zona.

 “Ellos se lanzaban desde lo alto del cañón y gritaban yumuriiiii”, comenta un anciano sabiondo, sentado al lado de un bote de los que alquilan los turistas, a 2.00 CUC, para adentrarse en los misterios de la geografía. A los cubanos, con previa negociación, les bajan el insólito precio. Nosotros montamos gratis. Me reservo los detalles.

Fue una semana de excursión. La playa Maguana, el Manglito, la discotecas del centro urbano, la Pizzería y la Casa del Chocolate fueron tocados por mis pies.  De ahí que, si de algo no puede quedar dudas, sea de mi extraña seguridad de que Baracoa –como sitio paradisíaco- no tiene más gotera que aquella por la que se filtran los recuerdos que genera.

 

 

 

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