Entrevista a un ex-trabajador de la Base Naval


Esta es una vista de la bahía de Guantánamo. Nota: El 4 de septiembre de 2012 falleció Hector Renán Borges, conocido como Tati por la mayoría de los estudiantes, profesores e intelectuales de la ciudad de Guantánamo, esa que tanto defendía porque Guantánamo no es la Base Naval. El próximo 26 de octubre, él hubiera cumplido 84 años de edad. Por su trayectoria revolucionaria y sus incontables méritos profesionales, en vida le fueron concedidas las medallas por los Aniversarios 40 y 50 de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, la de la Clandestinidad, y la Campaña de Alfabetización. También la Fama, símbolo de la ciudad, y reconocimientos de la Unión Nacional y Provincial de Historia.

Aquí reproduzco una entrevista inédita que le hiciera.

Por Yisell RODRÍGUEZ MILÁN

Me alertaron que no fuera a verlo, que era arisco y desagradable, que quizás ni me atendiera y menos siendo –como en efecto yo era- estudiante de periodismo. Pero tuve suerte.

Corría entonces el 2008, hacía prácticas pre-profesionales en el Telecentro Solvisión y necesitaba, para calma de mi olfato y mi ego, una entrevista con Hector (Tati) Renán Borges, quien trabajó por cuatro años en la Base Naval que los norteamericanos dejaron clavada desde 1901, como una mala espina, en Guantánamo.

De Tati Borges podría decirse que es un hombre solitario. Al menos a mí me lo pareció y me lo confirmó ese olor como a vacío que despide su casa: una vivienda enorme, con pocos muebles, habitada por los miles de papeles amarillos en que volcó a lápiz sus recuerdos, un teléfono con lo enlaza con el mundo, y dos máquinas, rotas, de escribir.

A menudo tocan a su puerta jóvenes universitarios a la caza de detalles históricos de la localidad o de su historia familiar porque este anciano, para ellos y sus profesores,  es bibliografía andante, de consulta obligada cuando sobre esta provincia y sus misterios se busca.

Cuando lo conocí Tati Borges tenía 80 años. Hoy quizás ni se acordara de mí. Nació el 26 de octubre de 1928. Esta entrevista, que jamás leyó o escuchó porque –con sinceridad lo digo- me le desaparecí entre los ajetreos del mundo audiovisual y la universidad, es algo así como un homenaje a su memoria.

– ¿Cómo llegó a trabajar en la Base Naval? ¿Por qué lo hizo?

– Me llevó mi padre, cuando yo tenía 18 años. En esa época estudiaba el segundo curso del bachillerato pero tuve que dejarlo. Mi familia me necesitaba. Mi papá había sufrido una tragedia económica y como éramos seis hijos que mantener, por ser el mayor tuve que ponerme a trabajar.

– ¿En que año fue eso?

– Era 1946. Mi papá me consiguió un pase y empecé a laborar en la Base naval el 17 de diciembre con un brillador, una colcha y una escoba. Eso era lo que necesitaba para pulir un corredor de unos 400 metros de largo que pertenecía a un edificio de tres naves cubierto por una tela metálica fina a la que, por cierto, debía darle brillo.

Después trabajé en la máquina de fregar platos hasta que un accidente ocasionó que el edificio se quemara y como otros muchos me quedé sin nada que hacer. Y me expulsaron.

– ¿Regresó?

– Sí. Esa fue la primera vez que tuve que irme de allí, donde pagaban muy bien, pero yo estuve en la Base Naval hasta 1960, por períodos.

Fíjate si fue así que a finales de 1947 volví otra vez como pintor. Recuerdo que primero debía raspar la pintura de camuflaje yanqui que tenían las paredes del inmueble que me tocó y luego embadurnar con la brocha. Hice eso hasta que en 1948 hicieron un recorte de personal y quedé fuera de nuevo.

Pero yo soy incansable y por supuesto, regresé. Cuando empecé de nuevo, fue ganando unos 24 dólares -más que mi papá- porque me pusieron como ayudante de rotulista de un señor llamado Marcelino Linares.

En la década del 50, allí mismo me hicieron un examen que incluía 100 preguntas en inglés. Lo aprobé y me contrataron como GS-2, o sea, Oficinista de Propiedades y Abastecimientos Grado 2, aunque era más conocido en toda el área del Caribe como el técnico de abastecimiento de piezas de repuesto para automóviles y barcos.

El año 1959 me cogió en el puesto de Dibujante de ingeniería.

– ¿Con tanto trabajo… usted no habrá podido estudiar?

– No. Yo siempre soñé mucho, quise ser médico, después ingeniero, pero un día me senté y analicé que las puertas de la Universidad de La Habana, que era mi única opción, estaban cerradas para el pobre y mi familia tenía demasiados problemas.

– ¿Y cómo aprendió ese inglés que habla tan bien?

– En el Cuartel de oficiales de aviación de la misma Base Naval. Allí conocí a un negro fogonero de Jamaica que operaba las calderas de agua y le comencé a pagar 2.50 dólares por cada lección de inglés que me diera. En 1950 yo hablaba, leía y escribía el idioma bastante bien.

– ¿Cómo trataban a los civiles cubanos en la Base Naval?

– Con la misma rigidez de toda vida militar, pera para nosotros era normal. El problema estaba cuando alguno de los cubanos caía preso porque entonces lo trataban sin contemplaciones “por chivato y comunista”.

Un ejemplo de eso fue cuando apresaron a Salomón, o el caso de las torturas que le aplicaron a Manuel Prieto Gómez el 5 de enero de 1961 sin pensar en que llevaba 13 años trabajando ahí.

– ¿Cuándo inició sus colaboraciones con el movimiento revolucionario?

– En 1956 me integré a las filas del Movimiento 26 de julio. Como parte de la lucha clandestina, mi trabajo era vigilar lo que sucedía en la Base Naval. En ese tiempo, poniendo en peligro mi vida, saqué algunos documentos, entre ellos planos y fotos.

Pero cuando triunfó la Revolución no podía resistirme y me vestía de miliciano apenas salía de trabajar y llegaba a la ciudad de Guantánamo. Por eso, un día que se perdió un documento del local donde yo trabajaba, los guardias norteamericanos enseguida sospecharon de mí y comenzaron a llamarme chivato del G-2.

Los únicos que no se ponían en eso, porque estaban conmigo y la Revolución, eran mis compañeros Rolando Quintero Mena y Luis René Aguilar.

– ¿Cómo escapó a esa situación tan delicada?

–  Bueno…la verdad es que todo se fue enredando más. En una ocasión vi unos planos de una empresa norteamericana y los fotocopié. Los yanquis se dieron cuenta de que había sacado esa información. Uno de ellos, que era mi amigo, me dijo: “Móntate en tu carro, cierra los cristales y vete de aquí antes de que llegue Irving”. Así lo hice.

Irving Loweli era un agente de la Central de Inteligencia Nortemericana (CIA) que permanecía en la Base.

Yo sabía que tendría que huir tarde o temprano. Un día me podían descubrir. Además, ya los oficiales habían reforzado la seguridad en el Archivo de Planos y pedían nombres y apellidos de todo el que pidiera acceso.

– Usted escapó, pero su huida pudo traerles problemas a otros que permanecieron allí ¿no?

– Sí, eso pudo suceder, pero no pasó sino hasta muchísimo tiempo después y no por culpa mía. Apenas yo salí fui para el G-2, les dije que se debía notificar lo que había pasado a Rubén López Sabariego, que era chofer de carga en la Base y ayudaba a la Revolución, para que se quedase tranquilo por un tiempo. Pero el muchacho no quiso, respondió que de él nadie sospechaba. Fue asesinado el 30 de enero de 1961. Un año después de que yo salí de ese lugar.

– ¿Qué hizo cuando salió de la Base Naval?

– Cuando ya no pude trabajar más para el M-26-7 de manera clandestina, me dediqué a apoyar otras tareas como la Campaña de Armas y Aviones, la aplicación en la provincia de la Ley de Reforma de Agraria, y después me convertí en locutor del gobierno revolucionario.

La historia de Hector (Tati) Borges no es única en Guantánamo.

En enero de 1964 más de tres mil hombres eran trabajadores civiles cubanos en la Base Naval, de los cuales unos dos mil 300 entraban y salían todos los días. Después esa cifra varió, primero con 500 despedidos entre el 10 y el 15 de febrero de ese año, luego con mil 600.

Como si hubiera sido poco despedir a esos cubanos que dedicaron parte de sus vidas a trabajar en esas instalaciones enemigas, de 1962 a 1996 se registraron más de 600 violaciones territoriales, más de 6 mil aéreas y alrededor de mil navales.

Provocaciones más peligrosas incluyeron disparos, lanzamiento de objetos hacia territorio cubano,  ofensas verbales y gestuales, alumbramiento con los reflectores de luz a los soldados de la Brigada de la Frontera…entre otras.

El hecho de que hoy, en la Base Naval norteamericana, ilegalmente enclavada en Guantánamo, radique uno de los centros de tortura más famosos del mundo, no disminuye la sensación de agresión que durante más de un siglo Cuba soporta.

La Base Naval enclavada en Guantánamo es una espina, pero una espina que algún día , pésele a quien le pese, saldrá de aquí.

Más información sobre el tema en http://www.venceremos.cu/pags/gtmo_bay/index.htm

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