Lo que Sandy le llevó a la prensa cubana


Texto y fotos: Yisell RODRÍGUEZ MILÁN

Dicen que las corazonadas, casi siempre, anuncian una desgracia. Conmigo no fue así. Un dolor de cabeza intenso, ininterrumpido, punzante, capaz de desconcentrar hasta al más concienzudo de los periodistas, fue el que me avisó.

Comenzó cuando volaron las primeras tejas por el barrio y “sobrevivió” a los alaridos de mi madre que gritaba  a unos arriesgados encaramados en sus techos que se bajaran de ahí, que dejaran todo eso, que subieran a la anciana Isabel para mi casa… aunque ni la vieja quiso abandonar su hogar ni sus hijos los pedazos de cubierta que se elevaban hacia el cielo.

También aguantó –el dolor de cabeza- el triste panorama que como reportera le trasmití al mundo, desde mi redacción,de un Guantánamo gris, maltrecho, aislado del Sistema Electroenergético Nacional, con miles de casas afectadas por el techo, con paredes agrietadas o caídas, de personas desesperadas.

Y, para colmo,  se agudizó con la peor de las noticias: Santiago de Cuba, la ciudad donde cursé cinco años de universidad entre camionetas, lomas y gente calurosa, había sido destrozada por el huracán Sandy.

Mil veces maldije entonces los fenómenos atmosféricos, la naturaleza y hasta a la meteorología.

Las imágenes que un minuto tras otro aparecían, desde la mañana del día 25 de octubre, en mi muro de Facebook, en Twitter, Cubasí, Cubahora, Cubadebate, Juventud Rebelde… eran el testimonio escalofriante de una realidad que parecía extrapolada de otro país, de otro continente, de otro universo, pero no propia de Cuba.

Al final, aquel dolor de cabeza sí era una premonición: Guantánamo y Holguín, al amanecer del jueves, simulaban un vertedero gigante de tantos árboles y postes y casas caídos, mientras Santiago de Cuba era sólo ruinas y gente en shock . El huracán arrasó sin miramientos, como con rabia o con deseos, por el oriente de Cuba.

Pero hubo un momento, alrededor del medio día, en que las imágenes del destrozo en esa ciudad fueron suplidas por noticias igual de terribles: periodistas que perdieron total o parcialmente sus viviendas mientras andaban cubriendo el paso del huracán, las roturas en la cubierta del techo del edificio del periódico Sierra Maestra y sus ventanas de cristal partidas y las fuertes afectaciones a los locales de transmisión de la radio provincial CMKC.

En Cubaperiodistas.cu, página web de la Unión de Periodistas de Cuba (UPEC), se publicaron declaraciones de Lourde Palau, presidenta en Santiago de esta organización profesional, quien expresó:

“Ha sido un fuerte golpe. No habíamos pasado por algo similar. En la casa de la UPEC, que es una construcción fuerte ubicada en el reparto Vista Alegre, los vientos afectaron algunas ventanas de cristal y también la cerca que tenemos junto al Parque Zoológico. Numerosos árboles del Zoológico se cayeron por la fuerza de los vientos, algunos derribaron la cerca. El huracán chapeó el zoológico”.

En Guantánamo no pasó así. Las redacciones y los locales de trasmisión no sufrieron más que los embates del viento furioso, al menos hasta donde hoy se conoce. Tampoco otras provincias orientales, han reportado problemas parecidos en el campo periodístico. Solo Santiago de Cuba lamentó la incomunicación de quienes comunican, la imposibilidad de que la prensa del resto de Cuba y del mundo muy poco supiera de la prensa santiaguera.

De buena fuente supe otras malas noticias. Algunos de mis antiguos compañeros de carrera se habían quedado prácticamente sin nada y de otros no sabía. Las líneas telefónicas no me comunicaban con sus municipios, y no aparecían conectados en Internet. Ni siquiera podía leer sus reportes, si es que alguno había, en las páginas web de los medios de prensa donde trabajan porque la conexión a duras penas permitía acceder a algunos sitios.

Para calmar la incertidumbre los imaginé en la calle, en medio de las lluvías,  conversando con la gente sobre sus desgracias y sus esperanzas.  Todavía los imagino. Aún no sé nada de la mayoría de ellos.

Sandy golpeó duro a la prensa en Santiago de Cuba e hizo honor a su nombre de huracán, a su categoría dos, a sus vientos máximos de 175 km/h, pero no se llevó -aún cuando lo intentó- lo que más se destaca de los reporteros cubanos y de los ciudadanos de este país en general: su capacidad de resistencia.

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