Cubano de pura cepa


Por Yisell RODRÍGUEZ MILÁN

Fotos: Leonel ESCALONA FURONES

Apareció en la finca “El Carmen” con una sonrisa. Tiró a un lado el saco que llevaba y se sentó tranquilo, a conversar no más, sobre ese oficio suyo tan raro en las ciudades y tan común en el campo: desmochar palmas. A eso se dedica Iván Olivares Torres, obrero de la Granja Militar “Los Lirios”, del Consejo Popular de Limonar, en el municipio de El Salvador.

Tenía 13 años de edad cuando allá entre las montañas se subió a una por primera vez. Era 1985. Dice que desde la Escuela Secundaria Isabelita, donde estudiaba, vio unos hombres escalando una palma y les pidió que lo enseñaran. Entonces se pagaba un peso a cualquiera por desmochar. Ahora él tiene 40 años, tres hijos, y todavía se dedica a lo mismo. Es su pasión.

– “Como a los ocho días de aquella primera vez mi madre me sorprendió encaramado y ordenó que me bajara. Pero ¡que va!, ya el corazón se me había enganchado en lo alto así que yo me le quedé escondido entre las pencas de guano”, cuenta.

Entre 30 y 40 palmas al día puede desmochar Iván. Los campesinos le dan 10 pesos por cada una: “la paga mejoró”, dice él. Del palmiche que tumba depende la comida de puercos y otros animales de crianza, y de las yaguas que a veces corta se valen los tenentes de tierra para mejorar el techo de ranchones y casas.

 – “Cuando  estoy seis o siete días sin subir ya el cuerpo me dice pa´ arriba y allá voy!.

– ¿Y que emplea para no caerse?, pregunto.

– “Uso una soga que me amarro a un pie y al muslo de una pierna para mantener el equilibrio, y un cordel con el que ato la palma y que me permite hacer cambios en la medida en que el tronco se vuelve más fino o gordo. También tengo el estribo y la trepadera. Cuando llego al tope me paro como si estuviera en el piso y pico los racimos. Así de fácil”.

Apenas seis minutos demora Iván Olivares en trepar, cortar y descender. El sol no le molesta, aunque sea mediodía, y si por casualidad lo hace entonces traza alguna estrategia para esquivarlo.

– “Todo el mundo por acá me conoce. Los campesinos me tocan a la puerta de la casa cuando me necesitan y tengo fincas que son clientes fijos como la de Achotal, Olimpo, Chacón y otras ubicadas en la zona de La Isabelita y La Escondida.

También he trabajado en Santa Clara y en Camagüeyporque mis familiares me recomiendan a los guajiros del territorio. Ellos dicen que no hay muchos desmochadores en esos lugares”.

– ¿Qué tan alto ha subido en una palma?

– “Bastante. Imagínese que en Camaguey escalé una de 35 metros y en La Isabelita, por acá cerca, me encaramé en una de 37”.

Iván se paró de su silla, aseguró el cinto con un machete enfundado a la cintura, y nos invitó a elegir una de las pocas palmas que en la finca dejó en pie el huracán Sandy, que acabó con unas 14 mil en la provincia. Lo hicimos. Entonces tomó el saco que al entrar había tirado a un lado y de él sacó cuerdas, el estribo y la trepadera.

– ¿Qué se necesita para ser un buen desmochador?, pregunté antes de que se marchara.

“Solo hay que tener nervios «de acero» para soportar la altura, y no ser un borracho. Eso funciona porque yo nunca me he caído, pero he visto a varios rodar por culpa del alcohol”.

Justo antes de subir se quitó un zapato: “para tener más agarre”, aseguró. Minutos después subía a toda velocidad y sin parar de conversar por una palma altísima cuyo penacho casi se perdía entre las nubes y los rayos del sol.

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