La pelota, Lianet y yo


Si existe la antítesis en los gustos, Lianet y yo somos su máxima expresión. Ella ama el deporte nacional de Cuba como a sí misma o a la comida… a mí, por el contrario, me da sueño, hambre, deseos de viajar por ahí, de salir de la sala donde esté un televisor proyectándolo o del estadio donde se juegue. No es que lo deteste.  Es que me aburre.

No hay médicos para alérgicos al béisbol. Estoy segura de que quienes estudiaron conmigo ya lo comprobaron.

Supongo que las raíces de mi problema, y de la pasión de Lianet, son casi de nacimiento. Ambas quizás experimentamos un “algo” desde los vientres de nuestras madres que nos predispuso. Si no fue así, entonces le echo la culpa de mi desamor a los pelotazos que me dio mi hermana cuando éramos chamaquitas, durante improvisados juegos en el patio del edificio.

A Lianet, por otra parte, tengo la rara sospecha de que le hicieron creer que los partidos de la Serie Nacional eran lo mismo que una telenovela y ella, inocente niña, confundió las estrellas del béisbol cubanos con galanes de televisión. Eso todavía se lo cree.

Sin embargo, a pesar de todo, aquí estamos ambas… en el estadio de Guantánamo, viendo perder a los del Guaso contra Industriales pero felices de ser amigas… aunque, por su bien, es mejor que nunca ni me hable de pelota.

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