¡Chofe, a la Universidad!…


Por Yisell RODRÍGUEZ MILAN

De pronto son las 6:00 am. Él (o ella) se levanta, despereza los músculos y corre…corre al baño adelantándose al padre que si entra primero demorará media hora, corre a la cocina porque sin el pan de la merienda y el almuerzo tendrá que gastar los poquitos pesos del estipendio en croquetas, y corre a la esquina para (tentando la suerte) esperar una guagua.

Si con tanta carrera no alcanza el ómnibus entonces, en dependencia de la provincia donde vive o se educa, comienza otra historia, quizás una como esta: la del universitario que siempre llega tarde, la del que reza en las paradas por un aventón, la del que inventa trágicos pretextos y ensaya (mentalmente) entradas teatrales que justifiquen su tardanza, la del que cuenta el dinero que pudiera gastar en un vehículo particular o las cuadras que debe caminar.

Quien haya viajado por algunas provincias cubanas y conozca sus universidades sabrá que en cada territorio existen fórmulas diferentes de sufrir por los dilemas del transporte: los que arriban en tren, como los villaclareños, viven a expensas de roturas y atrasos, y los que van en “botella”, como los granmenses y otros muchos del país, sobrellevan los desplantes de choferes que se desentienden del digno deber de ayudar al necesitado.

Y hay otros ejemplos.

En Guantánamo, si empezamos por donde el caimán que simula Cuba tiene su cabeza, cuando faltan las guaguas a los centros de altos estudios se llega en coches tirados por caballos o en motos, que son los últimos vehículos de moda en el Oriente del país para el traslado de forma rápida y costosa.

Los coches, por otro lado, son feos, brutalmente feos, incómodos y lentos. Tienen cuatro ruedas, asientos de tablas para ocho personas, barras de hierro, techos de lona y caballos flacos.

En nada se parecen estos artefactos marcados por el Período Especial y la inventiva cubana a aquellos carruajes, carrozas, quitrines, calesas o volantas de enormes ruedas, fuertes barras de majagua, cajas forradas de cuero y tirados por uno, dos o tres equinos, con que la sociedad cubana inició el siglo XX.

Y en Santiago de Cuba es el panorama es más complicado. Cada mañana, en esa provincia entre montañas, de sofocante calor y cultura explosiva, los estudiantes enfrentan malos olores, empujones y griterías en su camino a la Universidad de Oriente. Viajar cinco minutos en una camioneta santiaguera a cualquiera podría asemejársele a un castigo divino, a un enojoso huracán de insatisfacciones, a una provocación de la Naturaleza. Aunque tampoco es tan grave como para suicidarse.

Si se le mira bien, una relación de amor-odio une al universitario con las mañanas y las tardes escolares. Los amaneceres simbolizan una aventura cuyo fin no llegará hasta que el país solucione uno de sus problemas más viejos: las deficiencias del transporte estatal, o hasta que los choferes insensibles recuperen el corazón que dejaron tirado en alguna carretera.

En tanto el fin de las clases representa el comienzo de una batalla que, después de las 5:00 de la tarde, desafía cualquier “pronóstico” de los apurados por regresar a sus hogares.

Sin embargo, es insólito ver cómo son precisamente esos momentos de desespero, de angustia compartida en las paradas, de señas, de súplicas, y de largas caminatas de ida o regreso cuando no queda más remedio, lo que con más cariño algunos recuerdan de su etapa universitaria.

Es lógico, los problemas de los universitarios tienden a unirlos en su empeño por sobrepasarlos, crean recuerdos y lo que es más importante: enseñan a distinguir lo que después -cuando asuman las tareas que como profesionales les tocarán- deberán cambiar, modificar o actualizar en beneficio del Sistema Político Cubano y su sociedad.

 

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