Volar


a320-airPor Yisell RODRIGUEZ MILÁN

A finales de enero, a las 7:10 am, una joven que conozco, a los 24 años de edad, voló por primera vez. En un Airbus 320, de gran porte, con capacidad para más de 160 personas, se elevó a 35 mil pies de altura y viajó a una velocidad de 9600 kilómetros por hora. ¿La ruta? La Habana – Santiago de Cuba.

Quizás para algún otro ciudadano del mundo, ajeno a la cotidianidad de este país y adaptado al ir y venir entre nubes, la información del principio carezca de importancia. Pero, aún así, la tomaré de pretexto para hablar del tema porque bien saben los que viven o trabajan en este país que aquí, en este archipiélago cercado por el agua y las polémicas, el verbo volar tiene una rara y atrayente connotación.

Vuela el que sueña con emigrar desde el campo de cualquier pueblecito del Oriente hacia la capital nacional, vuela el homosexual cuando se le trata despectivamente, se vuela el que se enoja o se excita o enloquece, y (esta es la que más gusta a algunos) voló el cubano que se fue a vivir a otro país o el que se quedó en otras tierras del planeta mientras cumplía alguna misión internacionalista.

Incluso tenemos un símbolo: Matías Pérez, el sastre y toldero portugués que entusiasmado por la popularidad de los globos aerostáticos decidió elevarse a los cielos desde La Habana el 28 de junio de 1856 pero desapareció. Nadie más, que se sepa, lo volvió a ver.  Y hoy, cuando alguien o algo desaparece del panorama nacional o al interior de los hogares, la gente dice que “voló como Matías Pérez”.

Tampoco nos faltan las historias de actos terroristas o accidentes aéreos. Ni, en un orden menos sangriento, los cubanos que comparten las ideas del poema Espantapájaros, del poeta argentino Oliverio Girondo, cuyos versos popularizó el filme El lado oscuro del corazón que fuera trasmitido varias veces por la televisión nacional. Un fragmento, lean:

  “No sé, me importa un pito que las mujeres tengan los senos como magnolias o como pasas de higo; un cutis de durazno o de papel de lija. Le doy una importancia igual a cero al hecho de que amanezca con un aliento afrodisíaco o con un aliento insecticida. Soy perfectamente capaz de soportarles una nariz que sacaría el primer premio en una exposición de zanahorias; ¡pero eso sí! y en esto soy irreductible, no les perdono, bajo ningún pretexto, que no sepan volar. ¡Si no saben volar pierden el tiempo las que pretendan seducirme!.

“Después de conocer una mujer etérea, ¿puede brindarnos alguna clase de atractivos una mujer terrestre? ¿Verdad que no hay diferencia entre vivir con una vaca o con una mujer que tenga las nalgas a setenta y ocho centímetros del suelo?

“Yo, por lo menos, soy incapaz de comprender la seducción de una mujer pedestre, y por más empeño que ponga en concebirlo, no me es posible ni tan siquiera imaginar que pueda hacerse el amor más que volando”.

Sin embargo, independientemente de los argumentos anteriores, a nadie puede quedarle dudas de que en Cuba volar es un verbo político.

Recientemente este país modificó su Ley migratoria. Los cambios, que han generado más debate que especulados desplazamientos masivos a las oficinas de inmigración, rompieron de una buena vez las viejas trabas que mantenían al ciudadano prácticamente inmovilizado en la isla. Entre cartas de invitación emitidas en el extranjero, las (des) aprobaciones de la Oficina de Intereses Norteamericana radicada en Cuba y los enrevesados trámites de aquí , eran muy pocos los que lograban volar por ejemplo a Estados Unidos y no optar por la descabellada opción de lanzarse al mar.

En el panorama político cubano, desde 1992 con la aparición de la Ley de Ajuste Cubano, los verbos volar y remar se contraponen como símbolos de la salida legal o ilegal hacia el imperio de la publicidad y las armas. Los cubanos que llegan por aire son tratados con especial atención pero sin grandes privilegios, en tanto los que llegan con los pies mojados, deshidratados y diciendo obvias mentiras al llegar tienen casa, trabajo y la posibilidad de convertirse en residentes al cabo de un año.

Ahora, a raíz de las modificaciones migratorias aprobadas en esta isla, veremos qué sucede. De momento, en Estados Unidos no se ha dicho mucho al respecto. Pero, como bien saben los que viven o trabajan aquí, cuando se trata de “volar”  -visto como el desplazamiento desde la tierra cubana a la yanqui- la última palabra nunca está escrita y como casi siempre ella dependerá del clima político de Miami y la velocidad a la que viajen los sobornos en el Congreso Norteamericano cuando se hable de Cuba.

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