Inventería cubana


DSC00390Por Yisell RODRIGUEZ MILAN

Fotos: Lorenzo CRESPO SILVEIRA y Leonel ESCALONA FURONES

Como a un accidente geográfico he descubierto una palabra que le queda bien a Cuba. Quien me la mencionó, la escuchó de un niño que se llama Ernesto y tiene cinco años de edad. Vive en La Habana.

Contar su historia demora segundos: cuando el padre le preguntó qué estudiaría él contestó que “Inventería”. Con una velocidad acorde al gigantismo de su imaginación, Ernesto asoció la carrera de ingeniería cursada por su progenitor con sus propias inclinaciones creativas.

Supuse entonces que, como buen infante, tendría la cabeza llena máquinas que todavía no existen y fabulosas fórmulas para hacerlas funcionar. Sospeché que pretendía ser un innovador de los que se ensucian las manos con grasa y no de los que se visten con batas blancas para manipular tubos de ensayos.

Incluso conjeturé que desde su lógica, quizás adaptada a la cotidianidad remendona que vivimos, el hecho de que existiera una carrera para aprender a inventar no tenía nada de extraño. Después de todo, si la mayoría lo hace, es porque en alguna parte aprendió ¿o no?…    

A Ernesto lo educa una generación que aprendió a sobrepasar las escaseces del Período Especial con soluciones ingeniosas para cualquier problema. Las palabras rearmar,  arreglar, empatar, remendar, reforzar, pegar, estirar… marcaron las dos décadas pasadas.

De esa época, la Cuba moderna heredó televisores en blanco y negro con botones de aire acondicionado, gomas de camiones trastocadas en balsas, chevrolets con motores de lada, casas con techos de cartón, bicicletas con pedazos de otras bicicletas, vasos y platos desechables convertidos en permanentes, y muchos otros híbridos marcados por la necesidad.

Pero el presente no se queda detrás. Inventería, repito, es una palabra que le queda bien a Cuba. Les cuento.

En el 2012 durante mis periplos periodísticos por Guantánamo supe de Marcelo Hurtado, un trabajador de la Unidad Estatal de Base Ómnibus Urbanos que adaptó el motor de arranque de una guagua IFA a otra pero de marca FIA 242.

Esa solución permitió que solo ese día, por ejemplo, más de 900 personas respiraran aliviadas en las paradas de la ciudad porque la guagua, que llevaba meses detenida por la rotura de su corazón, al mínimo precio de 20 centavos puede recoger alrededor de 70 pasajeros en cada uno de sus más de 12 viajes diarios.

Pocos meses después, en Maisí, el municipio más oriental de Cuba, conocí a Pablo Rodríguez García, quien hace 20 años inventó el único proveedor automático de aire que hoy funciona allá. Quienes manejan, reparan o son dueños de algún vehículo en la zona, lo ven como una suerte de salvador, de científico de la vida, de ingeniero “sin muchos estudios”…

“No les haga caso, periodista. ¿Cómo voy a ser un genio si yo soy analfabeto”, dijo él y me contó que estudió hasta sexto grado en la Facultad Obrero Campesina y después hizo noveno en la Escuela Provincial del Partido, que desconoce los principios de la compresión de la aire y que apenas sabe de física o de matemática…

Sin embargo, lo que él sí supo fue como usar dentro de su bomba de aire el motor de un limpiaparabrisas automático, el reloj de un camión B8, el transformador de corriente de un televisor Krim soviético y el tanque de un convertidor de corriente.

Como consecuencia su innovación, que no necesita vigilancia humana, expulsa aire exactamente durante un minuto y 20 segundos, trabaja 24 horas y se activa con el peso de una moneda, ligera o pesada, de 20 centavos.

Similar es la historia de Rodolfo Odelín, quien echó a andar una embotelladora de refrescos vieja, obsoleta y rota, que ahora permite envasar unas tres mil cajas con botellas de refrescos y agua y que le dio trabajo a 17 personas.

Y la misma perseverancia y creatividad para resolver problemas se ve en Juan Jesús Acebal, el especialista de la Empresa Forestal de Guantánamo, que ideó la estrategia que  contrarresta la desertificación del litoral de Imías, que forma parte del semidesierto cubano.

Claro que en este país no siempre la palabra “invento” está acompañada de una connotación positiva. Existen dos formas demasiado diferentes de percibir su existencia: una es la que no agrede a la sociedad sino que contribuye a su sostén y actualización desde el aporte personal, mientras que la otra es la asociada a la corrupción, al robo, a la ilegalidad y se formó –también- bajo los latigazos de la necesidad material impuesta por el bloqueo económico norteamericano.

De ellas, solo una sobrevivirá al proceso de actualización que arrancó en la isla y la segunda no es.

Cuba es la isla de los inventos. Como a un accidente geográfico descubrí una palabra que le queda bien: Inventería. Aunque yo, a diferencia del niño a quien se le ocurrió, sospecho que define la creatividad natural que llevan los cubanos en sí casi tanto como a la sangre.

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