Pasar la página o la polémica decisión de emigrar


No me voy a otro país. Marcho a La Habana. A trabajar. Dejo atrás mi casa, con su olor a sol y su pasillo estrecho pero mío. Quedan en Guantánamo, como páginas azules para el pasado, los recuerdos de mi primer centro laboral -el periódico Venceremos-, donde me transformé en obrera de corazón cuando supe útil mi trabajo y de bolsillo al cobrar mis primerísimos -y tristísimos- 345 pesos de salario. En su redacción, entre conversaciones con Victor H., Arlín, Adriel, Lianet, Yaniuska, Yaneysi, Lilibeth, Yoima, Yisel y Cuba, “olvidé” parte del corazón. Pasé la página.

Ya sé que echaré de menos esta provincia, este municipio, este periódico donde tantos cariños y halones de orejas recibí de Haydee, que mejor tutora no puedo ser, y conocí al Lorenz y a Escalona, a quienes volví casi locos con las muchas fotos exigidas durante mis muchas primeras coberturas en algún sitio. Una reporter a lo Indiana Johns siempre me sentí. Todavía recuerdo cuando fuimos al central Manuel Tames, la subida al Alto del Quimbuelo, la primera ocasión en que vi, aquí en Cuba, a una familia quedarse sin nada de sopetón, y yo como periodista debí darle cobertura al suceso. No se van de mi cabeza tampoco los continuos viajes a la montaña  para saber, de boca de sus pobladores, cómo se vivía antes y se vive hoy en este país y mucho menos aquella entrevista triste -y a la vez feliz- del bebé que en el periódico llamamos “Kevin, el adelantado”.

Se me quedan en el semanario los horarios de almuerzo (y, gracias a Dios,  el sabor de esas comidas), las travesuras con el blog, los llamados tan sui géneris de Mayra, la alegría de los chicos de la web y entiéndase por esto de Arianny, Oma y Esland, la amistosa colaboración que siempre tuvieron conmigo Rill y Montoya, las correcciones de Thaimí, Marelis y Ramón, las charlas con Yamilé, Mima, Nancy… y la caballerosa disposición de los mejores choferes del Ejército Libertador: Gavilán, el intrépido de las carreteras, Yudién, Luis, y el Guajiro. Y ahora que paso revista algo me duele: no me despedí, en medio de mi corretaje, de Valentín, el custodio políticamente más firme y preparado que he visto en mi vida, un hombre ejemplar, de esos que hay tan pocos que no sé si me perdonaré no haberle hecho una entrevista.

En el periódico dirigido por Yamilka dejé mis primeros días de periodista, de persecusión tras fuentes escurridizas y una inspiración no siempre disponible. Creo de allá echaré de menos hasta el tono altísimo de Ideliza al hablar que tanto contrastaba con el actuar silencioso de su chofer. Pero ya no hay marcha atrás. Al menos eso creo yo. Volé a La Habana, capital sin fronteras. Con mi arribo, ayer, me convertí no solo en otra oriental adoptada a la fuerza por esta ciudad siempre a punto de tragarse a sí misma, sino además en emigrada.  Que la suerte me acompañe.

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