Donde hay jóvenes, no hay miedo


25 años es la edad promedio de los obreros de la fábrica de conservas más moderna de Cuba. De esta juventud, la mayoría en adiestramiento laboral, depende la calidad del producto final y el uso de una avanzada tecnología. 

Por Yisell RODRIGUEZ MILÁN

Foto: Lorenzo CRESPO SILVEIRA

Están atentos, callados en medio de tanto ruido industrial, y sin mucho tiempo para descansar. A algunos una pequeña pantalla, a la altura de sus cabezas, los obliga a observar de pie y sin distraerse los marcadores de temperaturas, de niveles de llenado, de esterilización, de concentración de la pasta, mientras que el tomate en cajas o para limpiar atrae la atención de los demás.

Así, con el ímpetu y la curiosidad propios de quienes carecen de una larga experiencia laboral y jamás habían manipulado una máquina tan avanzada de producir alimentos, los más de 50 jóvenes de la procesadora de tomates y frutas más moderna de Cuba asumen el reto de ponerla en marcha en el mismísimo corazón del Valle de Caujerí.

De esa zona de la provincia de Guantánamo, a 17 kilómetros de la cabecera del municipio de San Antonio del Sur, son los 85 trabajadores de esta fábrica que complementa el sueño del Comandante en Jefe de la Revolución, Fidel Castro, expresado el Primero de julio de 1977, de convertir el valle en un “jardín productivo”.

La edad promedio de la fuerza laboral es de 25 años de edad. Se adiestró en diferentes industrias conserveras del país, particularmente en la Guaso, que está a más de 80 kilómetros en la ciudad de Guantánamo, explicó Alexis Pérez Borges, director de esta Unidad Empresarial de Base de la Empresa Nacional de Conservas.

Con el empleo y capacitación de los jóvenes se aprovecharon los ingenieros, licenciados y técnicos en informática nacidos entre las montañas, se le dio trabajo a los recién graduados y a quienes quedaron disponibles en otros centros, y se evitó el traslado de  mano de obra calificada desde otras regiones del país con el consecuente gasto de combustible y dinero que eso implica.

Protagonistas

No es asunto de juego manipular la moderna tecnología italiana que permitirá al Valle de Caujerí procesar 80 toneladas diarias de tomate y otras tantas de frutabomba, mango y guayaba para suministrárselas de manera semielaborada en bolsas asépticas de 200 kilogramos al resto del país.

Eso bien lo saben sus operarios, que laboran durante 20 horas en dos turnos de trabajo: de 7:00 am a 5:00 pm, y de 5:00 pm a 1:00 am. Isbel Lores Carcasés, de 20 años de edad, es uno de ellos.

Dice que estudió en un Instituto Politécnico de Informática y no le teme a la parte del proceso que vigila desde una pantallita: “Soy operador del sistema computarizado de la esterilizadora aséptica. Esto deja libre de gérmenes la línea de producción y asegura el producto, pero si lo descuido las consecuencias pueden ir más allá de una contaminación.

“Si no estoy pendiente a los relojes de temperatura, por ejemplo, puede subir a más de 120 grados Celsius (siempre debe estar por debajo de los 110) y entonces el producto cambia de color y se quema”, especifica.

Intranquilo y prolífico en palabras, Isbel cuenta que esta su primera experiencia laboral. Él es de Guaibanó, distante a un kilómetro y medio de la industria y donde antes, como en el resto de la zona, los campesinos perdían la mayor parte de sus cosechas por dificultades en la transportación o la disponibilidad de envases para trasladarlas hasta la ciudad de Guantánamo.

“Algunos mayores pensaron que la fábrica nunca se concretaría y yo jamás pensé quedarme aquí, ¿quién me iba a decir que necesitarían un informático? Ahora me gusta, pero he pasado mis sustos con el equipo. Una vez se paró la bomba de la esterilizadora y no supe qué hacer, pero vino el italiano (Giacomo Luilli, representante de la proveedora extranjera) y dijo que la causa era la acumulación de un poco de aire. Aprendí a arreglarla y ya permanezco solo en mi puesto”.

También Yunieski Frómeta Martínez, de 30 años de edad, es operador de un panel computarizado. Él es el único Licenciado en Informática de la industria. Se graduó en el Instituto de Ciencias Pedagógicas Raúl Gómez García y quedó disponible cuando en su trabajo anterior se redujo el personal.

Poco tiempo después, la fábrica lo empleó: “De mí depende que la primera parte de la producción, desde el volteador de la materia prima hasta donde el concentrador toma el producto, funcione bien. Vigilo el nivel de llenado de los tanques para que no se derramen, que si un motor falla se reporte con inmediatez, que no se filtren partículas extrañas en el proceso…y todo lo sé a través del monitor”.

Pero allí no todos operan directamente con la tecnología. Unas doce muchachas, con edades que oscilan entre 19 y 24 años, se dedican a limpiar el tomate en los dos turnos de trabajo.

Katiuska Labañino Matos es la más jovencita. Tiene 19 años y vive en las cercanías de la Cooperativa de Producción Agropecuaria 17 de mayo, forma de producción en cuyas tierras están los 17 mil metros cuadrados que ocupa la industria.  

Explica ella que su trabajo aunque parezca sencillo, no lo es: “La calidad de la pasta depende en primer lugar de que tan buena sea la materia prima y nosotros, al limpiarla, no podemos dejar pasar ningún tomate descompuesto o verde, ni otros residuos”.

Maestros

Para Alexis Pérez Borges, director de la Unidad Empresarial de Base Valle de Caujerí y quien se considera “un anciano de 40 años frente a tanta juventud”, la corta edad de la mayoría de sus obreros es un reto porque “muchos todavía están en adiestramiento laboral” y “aún así tienen altas responsabilidades”.

Especialistas de las industrias conserveras de Sancti Spíritu, de Holguín y, por supuesto, de Guantánamo, así como la tecnóloga de la Empresa Nacional de Conservas, fueron sus principales maestros. Aunque en el centro, cuando de preparación técnica se trata, los jóvenes continuamente señalan a un extranjero inquieto que desanda los pasillos de la industria.

Le dicen “el italiano”, por su nacionalidad, pero se llama Giacomo Luilli y es el representante de la firma europea TECMON que suministró la tecnología. Tiene 40 años, basta experiencia en el montaje de sofisticadas equipos para la producción de alimentos por todo el mundo y dice que los jóvenes cubanos “aprenden con rapidez, aunque todavía necesitan mucho más tiempo de asesoramiento y práctica”.

Fue él quien montó la compleja maquinaria que hoy transita por su prueba de garantía en la fábrica de conservas. Allí ya se recibieron más de 785, 7 toneladas de tomate y se han molido alrededor de 677, 5, obteniéndose una pasta al 30 por ciento de concentrado.

Dicen algunos agrónomos  que el Valle de Caujerí es como un oasis en medio del semidesierto de la costa sur de Cuba, pero últimamente los lugareños lo consideran un “paraíso”.

Valorada en unos 12 millones de pesos, la moderna industria levantada donde casi nada había forma parte de un Proyecto de Desarrollo Integral que incluyó además la ejecución de algunas obras complejas que facilitan la vida del campesinado: el trasvase por gravedad Sabanalamar-Pozo Azul que solucionó la escasez de agua y la modernización del Sistema de Riego en 85 kilómetros.

Queda ahora en manos de los jóvenes obreros de esta industria que la inversión, ya en marcha, rinda los buenos frutos que desde la visita de Fidel Castro, hace 35 años, se esperan.

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