¿Do you habla Spanglish?


 Spanglish cerebralPor Yisell Rodríguez Milán

Tomado de Cubasí

No me robé este título. Lo tomé prestado de un viejo artículo del académico español Alberto G. Llombart y, justo como Robin Hood, fue por una buena causa: excavar en el spanglish, esa mezcla idiomática demonizada por tantos –especialmente los lingüistas- pero, aún así, muy de moda entre los jóvenes cubanos.

En su texto, Llombart  habla de cómo Estados Unidos pasó de ser un país  monolingüe a convertirse en un melting-pot, o sea, multilingüe y asimilador de las lenguas y culturas de los inmigrantes. Y define el spanglish, según él allí surgido, como un “un code-switching o código cambiante, es decir, una alternancia de ambas lenguas (inglés y español) al hablar, con pocas reglas y muchas variaciones de tipo léxico, e incluso morfológico, sintáctico y discursivo”

Sin embargo, más que tanta conceptualización, yo prefiero la conclusión personalísima que un internauta publicó en su blog: “Spanglish es pues, lo que hablo, lo que escribo. It is who I am. Lo busco and when I find it, lo celebro. That’s the reason behind this post”.

Ese es el espíritu de no pocos jóvenes citadinos de la Cuba de hoy. Citadinos sí, porque en el campo eso no se ve o se ve poco. Pero aquí, sobretodo en La Habana, el hablar mezclando, usando muchas veces como y donde no se debe el inglés, ya es una jerga.

Hay quien dice que esta forma de comunicación, en medio de un panorama históricamente matizado por curiosos cubanismos, es una muestra más de nuestra originalidad lingüística. Los detractores del fenómeno, por el contrario, ven el spanglish como contaminación, jerigonza bastarda, híbrido que nos acerca (esto dicen los tremendistas) al fin del castellano como lo conocemos.

Pero el hecho, en la concreta, es que más allá de todo discutir filosófico y/o metatrancoso, ya él está en los medios de comunicación. Se “coló” en la prensa, en las películas, en las novelas, no falta en la literatura cubana más contemporánea, y abunda en las conversaciones tanto del cubano “de a pie” como del funcionario público o el más ilustre intelectual.

Es difícil esquivarlo. Siempre ya hay en Cuba un man o una woman por ahí cogiendo un break, cambiándose el look, echando un looking, caminando por las shopping, comiéndose un bistec, reseteando o formateando la computadora, escaneando, dando un click, disfrutando de un show, usando un walkie-talkie, viendo el making de una movie, revisando el e-mail, o living la vida loca en dos idiomas.

Somos expertos en manejar las palabras a nuestro antojo, o modificarlas. Nos divierte adaptarlas a nuestros ambientes, nos gusta como suena la fusión no solo del castellano cubanizado con el inglés sino además con el francés, el alemán, el ruso… Carecemos de fronteras.

Nuestra jerga es tan ocurrente como el cubano mismo y tan  arraigada como su espíritu nacional pero, me parece, ya van pasando de moda los cubanismos que nos llevaron a llamar “cajetilla” a las dentaduras postizas, “casasola” a los tacanõs, “chivato al delator” o “filtro” al estudiante inteligente.

La cubanosofía se moderniza al ritmo de una generación, hoy adolescente o en sus años 20, que usa iPod y tablet, cocina en microwave, participa en lo que se llama pizza party y -aún sin terminar de crecer- piensa en el “bisness”.

Eso ha condicionado la transformación de la comunicación y también que este español nuestro, lengua nativa de alrededor de 500 millones de personas, cada vez sea menos nuestro  y más del mundo, aunque la decisión de  usar o no esta fórmula a medio camino entre lo hispano y lo anglosajón continúe siendo una decisión tan personal e intransferible como el carné de identidad.

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