Miércoles de apagón o Cuando se va luz en La Habana vieja


vela_2Ayer se fue la luz en La Habana vieja y, como otras veces, disfruté mucho el apagón. Este es el segundo que me sorprende en la capital cubana. El primero fue el 9 de septiembre de 2012 cuando una “sospechosa” interrupción en una línea de transmisión de 220 000 voltios entre Ciego de Ávila y Santa Clara dejó a oscuras el territorio que va desde Camagüey hasta Pinar del Río, pero ¿qué cubano mayor de 15 años no recuerda haber vivido más de cien oscuridades parecidas?…
El de ayer, por ejemplo, me sorprendió tirada en la cama y rodeada de amigos. Esperábamos, conversando, a que pasara ese horario insoportable en la televisión cubana que abarca desde el fin de la novela y el inicio de alguna serie norteamericana. Y así nos atrapó la oscuridad.
Sin pensarlo dos veces alguien abrió las ventanas, para dejar entrar la claridad, e interrogó desde la distancia a la ciudad. La Habana vieja respondió con el silencio y tristes lucecitas encendiéndose en lugares antes insospechados como viviendas hasta que la dejamos tranquila, que es como lucía aunque todos supiéramos que con los apagones se encienden las aventuras.
Entonces nos dedicamos a cubanosofar y a hacer cuentos. No arreglamos el mundo, ¡que bah!, pero hablamos de todo… de política y de machismos, de proyectos personales y colectivos, de fanatismos y amantes y amores, de orientalismos y occidentalismos linguísticos….Hasta que llegó alguien con una linterna de excavador en la frente y, con la luz, se alborotó el panorama porque entonces, siendo más, y mirándonos las caras… hablamos de la Era de los apagones.
Alguien recordó cómo fue que se vivieron en Santiago de Cuba, donde los niños esperaban ansiosos la oscuridad para jugar al topao, a las escondidas, para cantar o para hacer cuentos de Pepito. No faltaron las historias “de miedo” llegadas de Villa Clara, donde a pesar de lo pequeña que es la ciudad, por las anécdotas de nuestro narrador todo parece quedar más lejos…
No sé que tienen los apagones que, más que tristezas y quejas, casi siempre suelen levantar estas olas de nostalgias e insólito disfrute entre mis contemporáneos. A los más viejos, por el contrario, no les hace mucha gracia ni les recuerda muy buenos momentos que digamos, sin embargo a veces, cuando el apagón los atrapa por sorpresa, o lo que es lo mismo, sin apegarse a calendarios preestablecidos por alguna crisis energética del país, se les oye reír o cuchichear con la intrínseca satisfacción que da saber que lejos de la tecnología, y hasta pasando mil trabajos, en Cuba se puede ser feliz.

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