La Cuevita de San Miguel


Por Yisell Rodríguez Milán

Sé de un paraje, sin asfalto y aparentemente sin leyes, donde los cuentapropistas de La Habana, y hasta de otras partes de Cuba, armaron algo así como el mercado mayorista que todavía les falta y que debería proveerlos de materia prima para la fabricación de sus mercancías. Esta semana estuve allí. Por curiosidad.

Lo llaman La Cuevita, aunque dicen quienes habitan la zona que, como en otras tantas partes de esta Isla de cubanosóficas ocurrencias, ese no es su nombre oficial. El de verdad, ese que ya pocos recuerdan, es Juan de los Pinos y la define como una comunidad más del municipio de San Miguel del Padrón.

Llueven las leyendas sobre la feria: que si es la más barata de Cuba, que si vienen revendedores de dondequiera a comprar por montones, que si son productos de mala calidad, que si es una mina de oro para los cuentapropistas, que si la mitad de ellos son ilegales, que si siempre hay redadas, que si odian a periodistas y a policías por igual, en fin, historias que van de lo seductor a lo terrible pero te impulsan –como cosa de otro mundo- al lugar de los hechos.

Y uno sale de La Habana vieja (o de cualquier otro lugar), coge su P, llega a la Virgen del Camino, toma otra guagua hasta La Cuevita y en todo el trayecto no deja de pensar en lo que puede encontrarse pues lo mismo -dado los comentarios- tropezará con una candonga buena, bonita y barata que con un oeste de carteristas.

Pero entonces se llega, y te recibe la calle sin pavimentar atiborrada de los más extraños o comunes de los negocios. Ni un huequito libre queda para un nuevo timbiriche.

Y a tu lado la gente, mucha gente, circula mirando, preguntando, comprando de todo: utensilios de plástico y de metal, de lo que venden en las tiendas pero nunca hay, de lo que es imposible conseguir fuera de alguna empresa, y artesanías, ropas, zapatos, piezas de repuesto para ollas multipropósito y resistencias para hornillas eléctricas… No hace falta ni preguntar de donde sale todo eso, y a tan bajos precios.

Se camina por allí y uno piensa, viendo lo que ve, que a ese lugar fueron a parar aquellos cuentapropistas autorizados por el Gobierno en 1993 y que ofertaban todo tipo de cosas feas, de plástico, pero que casi se extinguieron cuando en la primera década del siglo XXI el aumento de las salidas  al exterior de los cubanos (en diferentes misiones) convirtió los antiguos “catres de carnaval” en “perchas” y timbiriches más sofisticados.

Penetro en La Cuevita. La calle se estrecha en sus profundidades en la misma medida en que aumentan los kioscos de venta. Me pasan por al lado vendedores de turrones de coco que desafían al polvo con sus bandejas y también gentes que, se aprecia a simple vista, sólo fueron hasta ese lugar a vender una o dos cositas de las que se querían deshacer rápido.

Se estrecha aún más el recoveco y se ven los comerciantes que ya abandonaron la “formalidad” de los mostradores y ahora ofertan sus mercancías encima de sacos y naylons tirados en el suelo. Es desagradable el panorama, más aún, porque algunos charcos de fango anuncian que el fondo de La Cuevita está próximo y que, quizás, sea una zanja o un pequeño río.

Tras dos horas de desandar me voy. Es mediodía. Como yo van cientos de personas, la mayoría con inmensos “gusanos” (maletines) al hombro y es entonces, entre tanto tumulto, cuando empieza una nueva odisea porque, a esa hora y con tantos bultos ¿quién logra montarse en una guagua para regresar?….

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