A propósito del Día Internacional del Orgullo LGBT


 

Pienso, pienso en todos mis amigos que son homosexuales o bisexuales y lo aceptan, y en los que no y sufren. Tengo muchas amistades de ambos tipos. En la universidad conocí a la mayoría. Fue allí donde tuve conciencia, por primera vez, de que una persona con una preferencia sexual diferente a la mía, por ejemplo, no es necesariamente el ser humano raro, criticado, humillado, escandaloso, o inculto que a menudo percibía en la ciudad donde nací. Lástima que no todos lo vean así.

Todavía recuerdo la primera vez que vi a un amigo mío, conocido desde la adolescencia y adicto a dibujar mujeres desnudas, incluso con alguna fama de fuerte seductor, besando a su novio. Fue algo rarol. Digo yo: es difícil superar de un sopetón  los conceptos machistas con que uno fue educado. Para él tampoco fue fácil descubrirse de esa forma frente a mí. Su papá, un teniente coronel de “armas tomar”, le había enseñado que el hombre – hombre no anda en acariciaderas con otros machos, así como tampoco anda hablando mucho de sus asuntos amorosos.

Hubo un tiempo incluso, en medio de ese tormentoso quinquenio de estudios, en que muchos de quienes eran mis conocidos se declararon gays. Perturbada me preguntaba cómo era eso posible. Nunca me habían dado pistas, siempre participaban como los super machos en los debates que se hacían en nuestros grupos de amistades sobre lo que llamábamos el “fenómeno de la heeroflexividad”… y de pronto, así como así: ya no les gustaban las mujeres.

A mí misma me di una explicación que hallé lógica: ellos había hecho uso de su derecho a elegir. Lo mejor que hicieron.

 

 

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