REINALDO CEDEÑO: CRITICAR DESDE LA EMOCIÓN Y EL CONOCIMIENTO


Por Rolando Silvén Lafita

Hay críticos emocionales, esos que el solo hecho de escribir sobre una obra les excita la pluma y terminan conformando un texto en extremo subjetivo, para ellos, por supuesto, eso de la objetividad es un viejo absurdo.

Hay otros críticos que hallan lo excitante en vivir el proceso analítico desde el costado más difícil, tratar de saber lo que nadie supo, meterse dentro del autor, rebuscar hasta en la basura si es preciso, o saltar las rejas lanceadas de una mansión habanera, para decir a una autora como Dulce María Loynaz: ¿por qué lo hizo, que sintió en ese momento, de dónde tanta ternura?…

Ese crítico, aunque no se considera del gremio, es el periodista joven y santiaguero Reinaldo Cedeño, quien publica libros de ensayos, poemarios, críticas, y se lleva a casa un Premio Nacional de Periodismo Cultural como si nada, y por si fuera poco, tiene uno de los Blogs más leídos en Cuba, La Isla y la Espina, donde cabe todo. Pero ahora, Cedeño habla de la crítica cultural actual, otro dolor.

Para elaborar una serie de cuestionamientos al estado actual de la crítica, qué elementos tendría en cuenta.

La crítica es una necesidad y también parte de la obra de arte. Esto parece algo obvio, pero uno puede pasarse la vida entera sin reparar en ello. Siempre se toma como un elemento ajeno y eso no tiene ningún sentido. Una obra escultórica, emplazada en un lugar determinado, y que supuestamente se ha concluido, no cobra sentido hasta que no es capaz de dialogar con el público, de no lograrlo, deja de cumplir con su función social.

Se convierte en señalización, objeto inalterable, adorno. Si no es capaz de motivar el juicio en las personas, ha dejado de ser, simplemente, una obra de arte valedera. A la crítica, creo, le ocurre parecido. Necesita un público y necesita un diálogo, pero con la diferencia que la obra requiere mucho de la crítica, para que le dé su condimento y complemento, para incrementar su valor de uso, para ser redimensionada.

Ahora, esta relación tiene sus exigencias. Si la crítica es ese complemento de la obra, no puede ser ni más ni menos, tiene que estar a su nivel, ser merecedora de la emoción que generó el juicio, que despertó la reflexión crítica. Pero desafortunadamente, es ahí donde se originan sus principales dificultades. Que empiezan no solo en el desarrollo de la crítica misma, sino en su propia configuración conceptual y práctica; desde que el crítico, o en este caso el interesado en serlo realmente, comienzan a adquirir las herramientas y a desarrollarse con ellas.

Pero si tú te preguntas en qué lugar se estudia la crítica como disciplina, posiblemente no halles nada. Al menos yo no tengo conocimiento que se estudie para ser crítico en alguna escuela. La única escuela es la autoformación, la experiencia compartida o arrebatada, los años de lectura y ejercicio reflexivo.

La crítica es una actitud, es una disposición a ejercer un criterio con fundamento. Y sin esos conocimientos que se adquieren con el estudio y que se apoyan en un talento, en la aptitud, jamás se logra una crítica responsable. Ya con el tiempo, se va decantando cuáles son las influencias que más aportan y se llega al punto de saberse si se es buen crítico, si se es capaz de crear por sí solo, y se sabe hacer de las influencias un arroyo caudaloso que corra debajo del pensamiento propio, que de vida, que enriquezca.

En Cuba tampoco hay escuela, lo que hay, en lugares como la UNEAC, es una Asociación de Críticos que se hacen a sí mismos. Existen cursos que trabajan sobre el conocimiento, pero no forman de esa manera que hablamos a nadie. Por eso es tan difícil. No hay parámetros. Solo existe la posibilidad de que te «inflames» al contacto con la obra y sea ella quien vaya despertando en ti la emoción. Y ejercer la crítica a partir de esa emoción y de los conocimientos.
Toda esta palabrería es para decirte en un final, que la crítica, pese a no estudiarse de manera formal como una disciplina establecida en ninguna parte, lleva dentro la exigencia del conocimiento y la inconformidad consigo misma, que es lo que la hecho avanzar como instrumento valioso de la cultura.

¿Cuál sería en su opinión la primera tarea a cumplir por la crítica dentro del contexto sociocultural actual de la isla?

La función de la crítica hoy, me parece, debe estar en servir de puente entre la obra y el público, pero no en el sentido simple que a veces se dice con facilidad, sino atendiendo realmente a este contexto que vivimos. Donde hay que luchar por disminuir esa distancia que se ha ido ensanchando entre uno y otro, y entre la propia crítica con estos dos. Ayudar en la aproximación al valor real de la obra, a sus implicaciones sociales y su capacidad de transformación, a su repercusión, a que afloren sus entretelones, a su historia. Y además, contribuir con el cuestionamiento que el público se hace, o debe hacerse, cuando se enfrenta al hecho artístico, a preguntarse por qué es así y no de otra manera, a meditar por qué se articula en una puesta de la era grecolatina un discurso contemporáneo.

El crítico tiene hoy más que nunca, el deber de contribuir, como decía Martí, «a mirar las esencias». A que el espectador cubano de que se ha formado bajo profundos cambios de su realidad social abra sus ojos a otras dimensiones, para que puedan tocar la médula de lo que el artista quiso decir y enaltecerse cuando la obra es en verdad valiosa.

La crítica tiene que trabajar sobre la dirección de que el público no se solace con lo «bello», con lo aparente y llamativo. Debe introducirle la duda y que este sea capaz de desarrollar su cuestionamiento sobre qué vio realmente, a diferenciar entre mirar y apreciar, a que aprenda a buscar aristas sobre las más posibles interpretaciones del fenómeno.

Y todo eso que he dicho, es una sola función, la de educar. Porque nuestro contexto se hace muy difícil, quizá el más difícil de todos los tiempos, lo digo sin tremendismos.

Hoy en el campo de la cultura, en su base más popular, en el pueblo, se da el caso que una telenovela, fenómeno de público mayoritario, puede traer grandes confusiones estéticas. Y la crítica, lejos de esclarecer, ensalza o denosta.
Aquí se llega a confundir la calidad de una obra con su nivel de «proximidad» con el público, es decir, con su «contacto con la realidad» cubana. Pero la crítica no puede identificar de manera tan burda estos elementos. Poner en boca de un personaje cuatros frases populares incluyendo la palabrota, no la hace más cercana a la realidad, ni tan poco mejor reflejo. Es un simplismo, un facilismo del análisis. Ni tampoco es buena porque se diga en ella todo lo que el público quiere decir.

Una obra es ante todo la subjetividad del artista en exploración constante de las esencias de las cosas, como la búsqueda profunda más allá de lo que se aprecia a simple vista es tarea del crítico.

El crítico tiene que salir al paso, es lo que exige la Cuba de hoy. Conmover con su verdad, recuerda que «conmover es moralizar». Pero la crítica hoy sigue siendo en parte impresionista, endeble, se queda en la rama y no escarba, adorna, ensalza.

Vuelvo a decir que el contexto exige que recuperemos el diálogo, que acerquemos a los espectadores a las esencias verdaderas de la obra, que ellos sean capaces por sí solos de identificar los roles sociales que el arte es capaz de desempeñar. Esto es ahora más urgente, porque los públicos son ahora más heterogéneos y las maneras en que la crítica se les acerca ya no pueden ser las mismas de antes.

La crítica tiene que reubicar las obras de valor que no se han tratado como merecían, devolver su importancia al espectador. Por otro lado, abogar por que el público destierre de su cultura lo ramplón y lo superficial a que se aferra por el hecho de ser entretenido. A ver el disfrute en otras dimensiones. A no evaluar de bello y feo, de bueno y malo.

De sobrevivir estos niveles de asimilación cultural jamás sería comprendido un Fidelio Ponce, porque este solo pintaba esperpentos y siempre de un solo color por no tener otros. El público seguiría evaluando según una escala de valores fríos, mínimos.

En tiempos de crisis, en estos tiempos, la gente suele hablar mucho del desconecte, de desconectar, de asumir formas de evasión. Todo para escapar a una ficción supuestamente entretenida. Entonces el crítico tiene que demostrar al público que grandes obras de arte con profundos mensajes son capaces de entretener desde los argumentos de la reflexión, que este perciba la diferencia entre solidez y densidad, entre sobriedad y aburrimiento. Porque la mala hierba y el perejil pueden hallarse a un mismo tamaño.

¿Qué papel considera está jugando la crítica que se produce desde los medios en la jerarquización del acontecimiento artístico?

Una de las grandes dificultades de la crítica en Cuba es precisamente la jerarquización de la obra de arte valiosa. Y lo mismo se percibe en los medios periodísticos que en muchas publicaciones de otro tipo. Sin embargo se pueden contar algunos medios en donde hay exigencias al respecto, pero la respuesta es vaga por parte del crítico, o de quien intenta desempeñar esa función.
Recuerdo aquel suceso ocurrido en la televisión cubana, donde fueron venerados en algunos espacios culturales los directivos mayormente culpables del llamado «Quinquenio Gris». Y esto sucedió, sencillamente, porque no hay conocimiento para jerarquizar nada. Tuvo que salir al paso la conciencia de la vieja intelectualidad.

Como también hay programas culturales, donde los críticos tratan a un poeta excelso y a uno no tan talentoso, como si se tratara de una misma persona, vuelvo a Martí: «Hay que dar paso a lo mejor para que se revele y prevalezca, sino lo peor prevalece». Por eso insisto en la preparación de la crítica en saberes y actitudes.

Y en el caso del periodismo, aunque muchos se opongan a ello, creo que debe existir la especialización, el periodismo especializado, no hay otra manera. El ritmo agitado con que labora el periodista no permite pertrecharse de conocimientos sólidos sobre esa marcha, se necesita trabajar específicamente en esa preparación. Conocer para explotar el hecho hasta la saciedad. Como decía Dulce María Loynaz de su esposo Pablo Álvarez de Cañas, «como periodista al fin, libaba del hecho hasta la saciedad». Que en el caso de la crítica sería libar hasta la saciedad pero las flores de un mismo jardín. De qué otra manera se puede jerarquizar algo.

En una ocasión la cantante venezolana Lidia Vera visitó Santiago, ella figura entre las estrellas de la canción folclórica sudamericana. Ninguno de los colegas que trabajaban para espacios culturales de los medios sabía quién era Lidia Vera, ni por haber grabado un disco con Pablo Milanés. Cómo es posible jerarquizar algo si no saben.

¿Usted abordó la pregunta anterior como crítico y periodista, pero que hay de la influencia de los medios en esa jerarquización?

En ese otro sentido eso es la guerra de las jerarquías (risas). El mundo cultural en general es una gran selva, tiene de todo. Es más, es un océano. La formación de un periodista es múltiple, y si ejerce la crítica más exigente aún. Ambos se forman a ráfagas. La Universidad te da elementalidades, lo demás te lo agencias tu mismo; o te superas, o eres un simple gacetillero. Y en ese afán personal por ser mejor, me preguntas una cosa así, yo solo puedo responderte: “qué difícil es eso”. Pues en ese punto que has tocado, es donde las diferencias entre lo que uno piensa y lo que determina la persona que te dirige son la mayoría de las veces, brutales.

Es ahí donde se cometen los graves errores que tienen repercusiones nefastas para la cultura. Porque los jefes de redacción, de páginas culturales, de cómo se les quiera llamar a estas estructuras, casi nunca, son las personas más adecuadas y cultas, porque se ha priorizado la fidelidad política por encima de los conocimientos reales necesarios para el desempeño de esa función.
Por tanto, si te enfrentas a esa situación todo es más complicado, porque no te encuentras con un sistema de estrategias coherentes. He ahí tu conflicto como periodista, como crítico que te pronuncias desde los medios, que te interesa a ti y qué le importa a tu jefe. Eso me sucedió cuando trabajaba en el periódico Sierra Maestra, en medio de un Festival Internacional de Coros, los «decisores» decidieron que la página que yo atendía se dedicaría por completo a las artes plásticas en esa ocasión. Así fue.
Ahora, generalmente uno tiene que negociar, e intentar convencer desde tus argumentos, demostrar que no por gusto eres el profesional, el crítico, cuya opinión lleva el sustento del estudio, del conocimiento. Pero estas son peculiaridades propias de nuestros medios de prensa. Y lo que debes tratar es que la guerra sea de saberes y no de sablazos. Porque en los medios los intereses responden más a la política que a la cultura, y eso determina mucho, casi todo.
Lo bueno sería que las personas que dirigen al menos tengan la propensión para adquirir los conocimientos de manera rápida y coherente. Pero hay quienes se parapetan en su pedazo de poder y deciden, decidiendo mal muchas veces.
Las dramaturgias informativas, las estrategias de cobertura, y las jerarquías, son graves en medios de prensa. De ahí las brechas enorme entre opinión pública y opinión publicada.
Mientras la crítica no sea un camino expedito y natural en sentido general, y sea un miedo o un tabú, las posibilidades de desarrollo del artista estarán reducidas a la suerte del público, y no a la labor gloriosa del crítico que magnifica su trabajo.

Esto forma parte de una vieja discusión, ¿Hasta qué grado considera influyentes las cuestiones de espacio en el ejercicio de la crítica en los medios?
Siempre he dicho que una crítica responsable y digna, o al menos una aproximación decente al hecho, se puede hacer en pocas líneas si usted piensa y tiene algunos elementos claves en las manos. No se requiere de la página completa, para esas facilidades están las revistas especializadas. Generalmente eso es un pretexto, y también cuestión de jerarquía del medio, de esa que tú hablabas, que se manifiesta de forma mayor, por encima de la jerarquía personal que puede hacer el crítico.

La página cultural en un diario no es una cuartería, y hay que saber cómo se configura y qué se prioriza. Si ya jerarquizaste los hechos, ahora jerarquiza bien los espacios, porque puede haber un evento muy grande e interesante quizá, pero menos revelador que una exposición de avanzada, y esta requiere de mayor tratamiento y espacio. Pero eso también va con las características del medio, porque en el caso de la radio, los espacios culturales tienen más capacidad y variedad que un semanario, sin embargo este último ofrece mejores posibilidades de retroalimentación.

Se habla mucho de la necesidad de espacio, pero no se habla tanto de la cantidad de espacios malgastados en palabrería. El espacio hoy es el gran pretexto de la comodidad, la herramienta de los que no quieren hacer, el comodín.

¿En esto de los espacios malgastados, cuánto hay de seudocomplejización de los textos críticos?

Esa pregunta es ambiciosa, pero te responderé volviendo a Martí: «La verdad que se tiene con el mejor arte con que se pueda». No es pedantería, ni escribir al punto en que no se entienda nada, pero se supone que el crítico tiene un nivel de penetración de los fenómenos bien desarrollado, para atrapar las señales más intrínsecas de la obra y darlas al público.

Análisis y síntesis, no es más que eso. Entre lo que se capta y se proyecta, debe mediar un proceso de esclarecimiento que empieza por uno mismo. Lo complicado, si existe, lo decodificas tú, y te encargas de transmitirlo ya depurado. Ahora, cuando lo que escribes es para llegar al público, para sorprenderlo si acaso con lo que a ti mismo te causó sorpresa, no hay que falsear las cosas con palabras más complejas que el fenómeno real para dejar boquiabierto a nadie. Porque el arte del lenguaje es otra cosa, que implica ser consecuente y sincero.

Que no se entienda ahora que el discurso tiene que ser pedestre. Se trata de no caer en la indigencia con el uso sobreintencionado de las palabras, en la crítica indigente. Eso quién lo acepta, quién lo lee, quién lo disfruta. La crítica responsable tiene un sustento, una elegancia, que no es la incomprensión.
Hay que escribir bien para todo el mundo.

Yo no creo en la «media», eso no existe. No se puede sacar media entre un universitario y alguien que tiene un sexto grado, qué tienen en común esas personas, ¿un tercer grado?, eso es falso. Solo hay públicos y necesidades diversas. Decir que se escribe para una media es una entelequia, una construcción mental que le agradó a alguien seguir repitiendo. Si trabajas para un público masivo te sobran esas «complejizaciones». Se precisa solo de un análisis coherente, siempre elegante en su exposición, nunca sucumbir a la llamada media. Elegante pero entendible.

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