Demoledores de edificios


Texto y fotos: Yisell Rodríguez Milán

Es normal que en las ciudades viejas siempre algún edificio tiemble. Los bloques y ladrillos se retuercen en las paredes, se emblandecen las columnas, y es como si dieran su último grito las vigas de los techos, los apuntalamientos mil veces retocados, las maderas de las ventanas y las puertas, las tuberías, el piso.

Supongo que eso pasa cuando ni los presupuestos –esa palabrita de la economía que parece inventada por la burocracia- pueden solucionar el problema de la vivienda en países como este, que tiene más del 40 por ciento de las casas en un estado más malo que regular.

“La Habana podría terminar, en una visión dantesca, como un gran anillo de basura consolidada o como un cráter vacío, que en el centro alguna vez tuvo una ciudad”, dijo Mario Coyula, director de arquitectura y urbanismo de la capital cubana, en una entrevista publicada por la revista Cubahora.

Se refería, claro está, a la vejez que devora la ciudad, a los aguaceros, a los fuertes vientos, a los huracanes, al efecto corrosivo de la sal en construcciones surgidas frente al mar o envueltas por la mística de su cercanía, a las causas predecibles e indetenibles que empujan hacia la nada a lo más antiguo de la capital, en especial en la costa del Vedado y de Centro Habana.

Hace unas semanas el fenómeno me tocó de cerca: un rayo impactó la cúpula de un edificio vecino y la voz de alarma surcó el municipio más añejo de la urbe.

Un rayo. Casi nada. –me consolé con la certeza, probada más de 10 veces en lo que va desde el 2000, de que un ciclón hubiera sido peor. Dos días después, ya pasada la conmoción y los usuales enredos del chisme nuestro de cada día (como lo bautizara recientemente Buena Fe) una brigada de demoledores cercó la zona más próxima a la víctima del fucilazo.

Nunca había visto una brigada de demoledores. Tan acostumbrada estoy a las historias de derrumbes naturales, predecibles, sin intervención divina y tampoco humana, que ver hombres y una grúa lucía como un espectáculo digno de apreciar… para contar después.

Orlando Quintana Sargivié era uno de los demoledores. Negro fuerte, no muy alto, instruido, dijo haber comenzado en la Empresa de demoliciones en 1985. Casi 30 años lleva en esto de tumbar edificios, un oficio poco agradable y poco agradecido, después de todo se está derrumbando la casa de alguien, un alguien desconocido a quien se le habrá trasladado con familia y pertenencias a otra parte de la ciudad, tras otra vida.

El rayo rajó la campana del edificio y afectó una de las columnas, pero no lo vamos a tumbar completo como dice la gente por ahí. Solo la campana”, comentó serio, quizás no le gustan los periodistas o le han preguntado demasiadas veces lo mismo.

Contó también que los largos tablones subidos eran para apuntalar la campana y asegurar las columnas hasta la base de la edificación, incluso la bodega del primer piso.   

“Si no lo hacemos el peligro es mayor, porque puede caerse sola la campana y provocar un accidente”, dijo con un tono de voz usado ya muchas veces en una misma mañana.

En tanto esto ocurría, los caminantes curiosos se acumulaban  y cinco vecinos del edificio en cuestión asomaban, imprudentes, sus cuerpos en los balcones. Nadie fue sacado de su casa para hacer semejante trabajo y pregunté por qué.

“No es necesario. Lo que haremos hoy no es peligroso para ellos”, contestó Orlando y se fue, tras los tablones gigantes que la grúa elevaba dos, tres y hasta más de 10 metros de altura.

Ramón Pérez Pérez es el operador de la grúa. También empezó en esto desde 1985 pero no pertenece a la Empresa de demoliciones sino a la de Izaje. Dice que trabaja por contrato, nunca con una brigada fija y que pasó cinco años, desde el 2006 hasta el 2011, con una Sherry en los pozos de petróleo.

Tiene cincuenta años, canas y una seriedad impresionante curtida, tal vez, por su difícil trabajo.

“Normalmente yo subo a los demoledores en la bamba, que es como una jaula pequeña, para que hagan su trabajo. Creo que eso está entre lo más delicado que me toca porque cuido sus vidas y el quipo. Allá arriba ellos dan mandarriazos, usan barretas….eso es lo normal, sin embargo con esta obra no será así. Yo debo trabajar a más de cincuenta grados del edificio y este tiene mucha la altura. Eso implica que debo pegarle mucho la grúa y si lo hago, cuando comiencen los mandarriazos, le caerán escombros al equipo.

“Esta grúa tiene 11 años aquí en Cuba, es una Kadami, japonesa, de 50 toneladas, y yo no voy a ser quien la rompa. Por una norma de seguridad solo puedo subirles las tablas y ellos usan las escaleras para apuntalar.  Ya mandé a llamar a los jefes”, me comentó.

Conversar con los demoledores es vivir la parte fría de una realidad que golpea a La Habana con frecuencia. Ellos son actores secundarios de esta película, ejecutores y por eso, a Ramón, le pregunto cuántas veces ha tenido que vivir situaciones similares.

“Una pila hija…”, dice.

¿Más de cien?

“No, no tantas, pero solo por aquí cerca estuve en Neptuno, en Escobar, en Genio y Malecón, en Infanta, en Zanja, en las cercanías del Parque central… en la Habana todos los días hay una cosa distinta”.

¿Y le gusta el trabajo?

“No. Esto es muy peligroso, muy peligroso… un derrumbe ahí y se jode uno, el equipo y la gente que está allá arriba…”, dijo y dio por terminada la mini entrevista.

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