Períodos (Cuento)


Por Andrés Yunior Gómez Quevedo. Licenciado en Comunicación Social. Escritor, músico y dibujante.

Marta se hubiera podido encontrar con Javier de no ser por aquellos dolores de cabeza, los deseos de vomitar y las punzadas en el vientre.

Le bajó aquel coágulo y sintió un apretón de vísceras. Le comentó a la amiga que apenas había podido estudiar para la prueba que tenían ese día. Se abrió paso entre la gente que se aglomeraba en la puerta del autobús y salió. Sabía que tenía una mancha en el blúmer y se le habían quedado las íntimas en la casa con el apuro y los nervios. No pudo contener el asco con el olor de la gasolina y se dobló para despedir el desayuno en el contén de la acera.

-¿Estás embarazada?

-No, no.- Se apresuró en responder.- Es la menstruación que me pone mal ¿Tú me podrías justificar con la profesora? Si quiere que entienda, si no, que me lleve a re, nadie se va a morir por eso.

Tuvo la suerte de hacer señas y que el primer carro la recogiera. El chofer tenía cara de papá contento y ojos de psicópata a lo Anthony Hopkins. Del retrovisor colgaba una chapa de goma con el dibujo de dos esqueletos fornicando, el que penetraba tenía un cigarro entre los dientes y sostenía un vaso, la otra tenía una peluca roja, estaba arrodillada y alzaba las manos abiertas, debajo, con letras amarillas decía: FUMA, FOLLA Y BEBE, QUE LA VIDA ES BREVE.

En el asiento trasero había una muchacha sentada, tenía una enorme espinilla en la punta de la nariz y mantenía la cabeza baja como para que no la vieran. Otra mujer corrió tras Marta y pidió permiso para montar. Una vez sentada junto al chofer se recogió el cabello con un pellizco. Mostraba cierta contentura y con picardía leyó en voz alta la chapa mientras Marta se apretaba el vientre con el bolso.

-Tremendo mensajito ¿eh?

-Yo no fumo, pero lo demás, bienvenido sea.- Sonrió él.

Autor: Andrés Yunior Gómez

Autor: Andrés Yunior Gómez

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Entre las contracciones pensó en Javier y en lo mucho que le preocupaba la cita que tendría que cancelar. Pasó así todo el viaje, mientras la del pellizco se pasaba una mota y un brillo labial.

-¿Estás enferma?- Le preguntó a Marta al notar su cara de mareada por el retrovisor. La de la espinilla gigante alzó el rostro como si le hubiesen hablado y al notar que se trataba de la otra volvió a bajar la cabeza.

-Casi.- Puso su mano en el hombro del chofer y amable le pidió que la dejara en la esquina próxima. El hombre le mostró una sonrisa y cuando la adolorida se hubo desmontado, narró de cuando recogió una vez a una muchacha embarazada y de cómo se las tuvieron que ingeniar los otros pasajeros para asistirla en el parto. El tono de su voz era tan suave que combinaba de maravilla con las expresiones de psycho en su cara.

Apenas llegó corrió hasta el baño para asearse. Lloró.  Sentía como si le revolvieran con una cuchara la masa encefálica y alfileres en el bajo vientre, además de la frustración para con Javier. Había pasado meses esperando a que él le hiciera caso a sus miradas y saludos, por fin él se decidió, y aunque no lograba entender qué lo había hecho tardar tanto, aceptó sin hacerse la indecisa. ¿Qué pensaría si después de tanta satería ella le dijera que no podía ir porque le había bajado la menstruación? Definitivamente él parecía interesado pues le había dado su número del celular, alguien que quiere pasar una noche o un rato no da su número así como así. Apretó los dientes, gruñó, y con violencia apartó al perro que ya llevaba demasiados minutos contento por verla. No estaba para aquella profusión de amor inocente con meneos de cola.

Vergüenza y rabia era lo que sentía.

Se acostó mirando fijo al teléfono después de tomar varias pastillas para calmar el dolor, y a pesar de los pensamientos revueltos se quedó dormida unos minutos.

Javier iba para su casa luego de haber pasado la noche en el cuarto de beca de una muchacha que Marta nunca conocerá.

Se lavaron los dientes entre risas por la pasta dental que se les desbordaba mientras se turnaban el mismo cepillo. Tomaron el desayuno en la cafetería y se despidieron con una mordida en los labios. Se le hacía tarde para irse al aula. Con suerte llegaría a tiempo al segundo turno después de recoger la mochila en casa. Con la mirada insistente en el reloj hizo señas casi al descuido y el carro con la chapa de los esqueletos  colgando del retrovisor lo recogió. Se montó al lado de la joven con la enorme espinilla. Subió la mirada y se encontró con unos pechos que perfectamente cabrían en sus manos. Leyó el cartel y rió en voz alta.

-¿Te diste cuenta?- Bromeó el chofer.

-Está bueno eso.

-Buenísimo.- Lo miró la del pellizco con su constante picardía. Javier la observó con ojo holgazán y retornó el examen hacia su vecina de al lado que leía un libro de poemas. El pelo le caía sobre el rostro y no podía verla bien. Aquellas piernas le llenaban la cabeza de imágenes pornográficas y empezó a buscarse una excusa para sacarle conversación. La muchacha, que se llamaba Rosalía, notaba el peso de la mirada hambrienta del otro pasajero, pero temía dar la cara por aquella inoportuna espinilla que le había salido hacía dos días a causa del período premenstrual. Hacía cuatro años había superado la etapa de la acné, y había conseguido aplacar aquel mal que le torturaba más la mente que el cutis a base de cremas carísimas.

Le dolía el vientre, pero de forma leve. Sentía como le bajaba el chorrito y se mojaba el tampón. El dolor no era lo que la molestaba, sino aquel maldito grano rojo con la punta amarilla que se asomaba en su nariz. Tenía curiosidad por mirarlo mejor. Era un chino de ojos verdes, trigueño, alto, con el pelo negro que le rozaba los hombros, espalda de nadador y brazos que parecían piernas. Empezaba a ponerse nerviosa. Le hubiera gustado tirarle un pestañeo a lo Betty Boop y que le viera los labios abultados por la silicona que le habían inyectado hacía tres meses.

-Disculpa, ¿qué perfume es ese?

-Alicia Alonso.- Respondió con sequedad y erizándose ante la cercanía de la mano de Javier.

-¿Alicia Alonso?- Se interesó la del pellizco y volteó el rostro.- Pero Alicia Alonso la firma internacional, porque la firma cubana es Alicia, sin el Alonso ¿no?

-Alicia Alonso internacional.- Agregó Rosalía levantando levemente la cabeza y cuidando de no apartar el mechón de pelo que impedía a los ojos de Javier advertir la espinilla.

-Una chica…

-Déjeme aquí.- Le pidió Rosalía antes de que él terminara de hablar. Sintió rabia. Quería mirarlo, enfrentar su curiosidad y comprobar si era tan atractivo como lo creyó al entrar en el carro, o si había sido solamente una alucinación causada por la ansiedad de encontrar a un tipo que la desquiciara a primera vista y la hiciera cometer cien o doscientos errores. Sin embargo prefirió escapar. Ya la sata que iba en el asiento delantero la había observado detenidamente por el retrovisor como pensando, “la pobre, tiene la nariz esa que parece una mala palabra, yo así mejor me enclaustro”, pero lo que no sabía ni ella, ni el chofer, ni el trigueño que le había revuelto los nervios, es que tenía que ir a recoger unos análisis y no podía esperar. Estaba preparándose para hacer un viaje al extranjero y tenía que enfrentar al mundo con aquel grano espantoso en el centro de la cara, o se atrasaban sus planes.

Javier extendió el brazo para abrirle la puerta esperando una mirada agradecida. Rosalía volteó la cara.

-Gracias.- Dijo de forma general, para el chofer y para el otro. Se puso de pie y dejó que el desconocido mirara su cuerpo de blanca robusta y de movimientos burgueses. Javier se asomó pero no pudo verla bien, ya le había dado la espalda. Lo motivó todo aquel misterio, pero le molestaba la idea de no saber cómo reconocerla si algún día se la topaba en la calle, o donde fuera.

Javier nunca sabrá que Rosalía no pudo viajar tan pronto como quería porque los análisis de VIH le habían dado 0 positivo. Se pasarán por al lado incontables ocasiones en el Sanatorio, pero no se reconocerán.

El carro prosiguió la marcha y Javier se acomodó entonces para contemplar –ya que no tenía otra opción- a la muchacha rabisalsera del asiento delantero. El retrovisor les servía de puente y los cuatro ojos se encontraron. Sonrió y ella se hizo la desentendida. “Esta yegua quiere cabalgata”. Se pasó la lengua por los labios para humectarlos sosteniendo la mirada, mientras ella hacía muecas de picardía y se soltaba el pelo. El chofer también notó el gesto y le guiñó un ojo al chino. “Pinga, este tipo es maricón”. La muchacha se volvió a poner el pellizco, se echó a reír al notar el flirteo del chofer y se volteó para mirar de frente al joven que la sonsacaba con aquellos ojos de cocuyo. Estuvieron así unos segundos.

-¿Ustedes se conocen?- Preguntó mientras cogía una curva temeroso de haber hecho el ridículo. El chino respondió que no y sonrieron como si tramaran algo.

-Déjame aquí.- Le pidió ella sin mirar en qué calle estaban.

-Yo también me quedo.

-OK.- Contento de quitárselos de encima después de semejante papelazo se detuvo, con un ademán aceptó las gracias y aceleró.

-¿Para dónde vas?- Le preguntó él apretando el bolsillo donde timbraba el celular.

-Ahora… no sé.- La insistencia del aparato la hacía reír.- Te llaman.

-No importa. Tú también me llamas…¿o no?

-Responde, no te preocupes.- Javier sacó el celular y vio de quién se trataba.

-Dame un segundo.- Se apartó unos pasos para contestar. Era Marta. “No puedo plancharla hoy, no vaya a ser que esta putica de carretera no dé la talla”.

Javier, soy yo, Marta. Vas a tener que disculparme, es que me siento muy mal. Me desperté ahora mismo, tuve que tomarme unas pastillas para calmar el dolor. Padezco de migrañas y estoy peor que nunca. Creo que me pusiste nerviosa después de todo. ¿Me disculpas?

-Claro…¿Pero estás mejor ya?

Si, si, no te preocupes. Es solo que no quiero que salgamos en estas condiciones, no vaya a ser que se arruine todo…¿No crees que es mejor si lo pasamos para otro momento?

-¿Qué te parece pasado mañana?

Perfecto. ¿Dónde estás ahora?

-Voy camino a la universidad, ya se me hace tarde.

Ok, no te retraso más. Te llamo en la noche a tu casa. Un beso.

-Un beso para ti también.

La muchacha del pellizco no preguntó de quién se trataba y a Javier le pareció genial. Se miraron silenciosos otros segundos, como si comprobaran qué tanto se agradaban para dar el próximo paso.

-Me llamo Carla.

-Lindo nombre. Me llamo Daniel.- Mintió Javier y se tomaron las manos con cierta formalidad.- No me dijiste a dónde vas.

-¿A dónde vas tú? Por aquí no queda la universidad.

-Mi casa queda a tres cuadras.

-¿Por qué te bajaste?

-Porque no podía dejar que te fueras así como así.- Carla empezó a caminar y Javier la siguió.

-¿A dónde vas? ¿Me estás huyendo?

-Voy a tres cuadras de aquí.

-Claro, ya entiendo.- Sonrió relamido.

-¿Qué te pareció el cartelito del carro? Bueno, notaste que el chofer era chofera ¿no? Por un momento pensé que debía irme para darles un poco de privacidad, ya tú sabes.

-Por suerte me gustas tú.

-Directo.- Lo pellizcó más confianzuda.

-¿Tú fumas?

-Si ¿Tú bebes?

-Tengo una botellita de Sidra guardada para la noche buena pero podemos echárnosla, después de todo, en la tienda hay más.

-La vida es breve.- Rió ella e hizo una expresión como si estuviera a punto de morderlo. Sintió como la íntima se le empapaba y se detuvo un momento.

-¿Qué pasa?

-Se me ensopó la íntima.

-Yo sabía que ese bulto en tu jean no era…

-Ay cállate- Le entorpeció la broma de mal gusto con una mueca de incomodidad.- Voy a necesitar asearme cuando lleguemos a tu casa ¿Hay alguien ahí a esta hora?

-No te preocupes que ya todos están en el trabajo. Vamos, ya falta poco.

-¿Manché el pantalón?- Le preguntó volteándose para que él chequeara en su trasero.

-Para nada. ¿Crees que “esto” entorpecerá algo…?

-Todo lo contrario. Agradécele a “esto” y a mi soledad que esté aquí haciéndome la fácil.

-Gata en celo.- Rió Javier que sentía como si la conociera de antes por el trato fresco.- Debo confesarte algo. En la vida real no me llamo Daniel.

-No hay lío. En la vida real yo me llamaba José Antonio.

-¡Coño!- Se detuvo Javier asustado.

-No seas tonto, quisieran los transexuales tener la menstruación. Sigo siendo Carla ¿Falta mucho para llegar a tu casa?

-No, es aquella con las rejas blancas y los helechos.- Le tomó la mano y avanzaron sonrientes.

Marta se volvió a dormir creyendo que Javier era de lo más comprensivo sin saber que por suerte, nunca llegarán a estar juntos.

Diez días después, el mismo chofer con ojos de Anthony Hopkins se detendrá a eso de las nueve de la noche, sonando el claxon frente al corredor de las rejas blancas. De entre los helechos asomará la cabeza con una sonrisa y un guiño Javier, o Daniel, o quizás Víctor para la ocasión.

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