Cuba a los 26 años


La mejor foto de la República, en el pie de Elena Diego

La mejor foto de la República

Texto y fotos: Yisell Rodríguez Milán

Faltan 1, 2, 3, 4 días para que cumpla 26 años.

Una edad límite, pienso mientras decido qué postear porque me parece que al llegar la medianoche del 11 de abril algo cambiará, no sé qué, pero algo cambiará. Qué asco.

A mí me gusta mi vida como es ahora aunque… si soy absoluta-absolutamente sincera, un incremento salarial no estaría nada mal, ni tampoco una casa en La Habana, un novio con carro (lo de las guaguas es duro), Internet en home o en su defecto acceso permanente a You Tube desde el laburo, un blog con más visitas, celular para que la gente deje de pedirme “mi número”, un librero más grande (lástima que mi madre esté desconectada), un viajecito a otro país, en fin… pequeñas y viscerales utopías.

Como iba diciendo (y sospecho que este post interesará a muy poca gente salvo amigos, familiares, enamorados y vigilantes ¿no dicen que Internet todos somos eternos vigilantes/vigilados?) no me va mal.

Hago resumen.

Ahora mismo tengo 25 años (al menos hasta el 12 de abril de 2014) o sea, soy joven, lo que en Cuba es sinónimo de progresos y nuevas dinámicas (olvídense de los niños, la esperanza somos nosotros) y me siento irremediablemente hermosa aún a sabiendas de las grasas y mi incapacidad absoluta para dejar de hacer ejercicios en sueños y pasar a las carreras y los abdominales reales (es algo así como lo que me pasa con las amistades de Facebook y la vida offline) …

Ahora que miro atrás (no muy atrás a decir verdad y para gloria de mi ojos miopes) pienso en cómo llegué a periodista y todavía no me lo creo.

En la primaria quería ser ingeniera mecánica (mala manía esa la de los y las niñas de querer ser como sus papás). Mi papá era ingeniero mecánico… de trenes. Sí, de trenes, sin embargo ahora que lo pienso jamás lo vi engrasado o apretando una sola tuerca ferroviaria.

Como consecuencia directa de eso, yo soy una de las muchas cubanas que, como mínimo, ha viajado en tren más de 50 veces. La mitad de esos desplazamientos fueron durante el quinquenio universitario, cuando era más fácil (todavía lo es, pero se ha estrechado mi capacidad de sufrimiento) soltar los poco más de 14 pesos (espero que nadie piense en otra moneda que la insuperable nacional) de ida y vuelta que costaba el pasaje Santiago de Cuba – Holguín para el Festival de Cine Pobre y las Romerías o los 60 y pico que necesitabas para llegar (a veces en tres días) a La Habana para el Festival de Cine Latinoamericano…

Los más de 150 pesos de pasaje en yutong no eran una opción viable y  el avión jamás entró en mis planes “viajeteriles”.

Cuando llegó el pre con la consabida desinformación vocacional, yo que odiaba las matemáticas y a quien la biología le daba vértigo si nada tenía que ver con músculos y sexys anatomías, opté por periodismo. Ni siquiera se interpuso entre la prueba de aptitud y yo mi asombroso despiste chismológico. Increíble.

Ahora soy periodista y, a veces, cuando recapitulo, me parece que todo-todo-todo lo que mueve a Cuba desde hace un tiempo hacia acá comenzó a pasar cuando me gradué. Explico.

Entonces era el 2011, año de los cambios en el archipiélago, de los Lineamientos que se discutieron en las escuelas, los barrios y las casas (mis debates favoritos fueron los de los barrios).

A partir del 2011 creció el ejercicio del trabajo por cuenta propia que llenó de perchas las calles de la ciudad de Guantánamo, se intensificó la reducción de plantillas que el año pasado tocó de frente a mi mamá, se dio una “explosión” de blogs en el periódico Venceremos y nació el mío (a quien su despiadada editora –mi misma- ha cambiado de nombre tres veces).

De allá hacia acá, ha llovido bastante (y no me refiero al paso del huracán Sandy cuya cobertura, a propósito, ha sido mi experiencia profesional más intensa ¿verdad Haydee León Moya, mi tutora estrella?).

Digo que llovió a cántaros porque se autorizó la compra venta de casas y carros, se actualizó una Ley migratoria que pedía a gritos la flexibilización y ahora se aprueba una Ley de Inversión extranjera que, creo yo, podría reconfigurar muchas de las prácticas sociales heredadas por la juventud del país.

Ahora, el próximo sábado del 2014, comienza una nueva etapa para mí, que escribo  como anticipado regalo de cumple 26.

Y será un sábado afiebrado, lo presiento, aún cuando sepa que estaré a miles de kilómetros de las mujeres de mi vida, y de mi perro, y de mi casa, y de mi librero arqueado por el peso, y de la mayoría de mis amigos más antiguos y/o queridos, pero supongo esa soledad relativa forma parte del crecimiento y el crecimiento, del cual es síntoma este traspasar las fronteras de mi primer cuarto de siglo, es sinónimo de que mi vida, como la de Cuba, también se mueve.

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