Entre «la sopa» y la autenticidad


El facilismo creativo que se ha apoderado de muchas ferias en Cuba es conocido como «hacer sopa», un fenómeno tan viejo como el comercio y basado en la reproducción de temas y técnicas más cercanas al frío carisma de una postal que a las esencias de una obra de arte

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La Habana, las mulatas, el campo cubano, los almendrones…, son algunos temas frecuentes en este tipo de arte. Foto: Artelista.

 

Por Michel Hechavarría (Tomado de Soy Cuba)

Alejandro se ilusiona con esculpir en mármol, Israel fantasea con dibujar un óleo grandísimo con acuarelas de todas las tonalidades posibles y Leonardo imagina hacer un grabado «a todo color». Pero como en muchas cosas de esta vida para materializar sus sueños a estos jóvenes —como dice una canción— les sobra el talento pero les falta la melodía.

Y es que vivir del arte en cualquier sociedad es difícil y un poco utópico, sobre todo para los pintores, escultores y grabadores cubanos quienes a menudo —en especial si son jóvenes y desconocidos―se encuentran en la disyuntiva de crear por amor al arte o hacer arte para vender.

Es en este contexto que emerge el fenómeno conocido en Cuba como «hacer sopa» o lo que es lo mismo, la reproducción de patrones, temas y técnicas que vendan rápido y fácil al turista, y cuyas características, según el artista camagüeyano Juan Gutiérrez Sastre, graduado de Historia del Arte, son los temas escogidos por la experiencia factual del mercado, la venta de una identidad falsa y una ilusión de lo que es nuestra cultura que luego se implanta en la conciencia del visitante como parte de un proceso cíclico y reduccionista.

«Se desatiende de esta forma la amplia gama multicultural de nuestra Isla, reduciéndose a un falso costumbrismo donde los temas más usuales vienen a ser los autos antiguos (almendrones), las escenas de marcada índole racial (la mulata o el negro en diferentes situaciones, nada que ver con nuestro Landaluze), la inclusión de una mitología autóctona, a veces heroica (Compay Segundo; Alejandro Robaina, el famoso productor de tabaco cubano; el Che entre otros), como también el desnudo femenino e imágenes de lugares representativos de La Habana (el Capitolio, el Malecón, la Bodeguita del Medio, entre otros)», publica este artista camagüeyano en el Portal Príncipe.

No es secreto que el elevado costo de los materiales con que trabajan estos artistas, así como la ausencia de un escenario propicio y un mercado de calidad para exponer y/o comercializar su obra a fin de obtener el ingreso necesario para la subsistencia, impulsa a muchos a pintar lo que otros —sus potenciales clientes— quieren que pinten.

Precisamente por eso, desde la ciudad de Holguín, capital cubana del arte joven por el prestigio de festivales culturales como las Romerías de mayo o la Fiesta de la Cultura Iberoamericana, profundizamos sobre este asunto.

¿Por amor al arte o arte para vender?

Diariamente, artistas graduados de la Academia de Artes Plásticas El Alba nutren con sus creaciones la «candonga» holguinera, una feria no estatal que «estratégicamente» prolifera en las zonas de mayor auge turístico del litoral norte holguinero.

Israel Roque, uno de los artistas que hasta allí van a vender, nos explica que «la sopa» es resultado de la necesidad material de sus contemporáneos, pero ese producto subvalora a los cubanos al tiempo que tergiversa nuestras tradiciones y reduce el concepto de cubanía a la imagen de la mulata voluminosa, el Chevrolet y el paraíso tropical.

Para Alejandro Ortiz Pérez, un plástico tan joven como el anterior, sus cuatro años de estudios académicos no le sirvieron de mucho porque su realidad ha resultado un «contexto inhóspito y adverso» que le da como «única alternativa» el «irse para la playa a vender un producto seudocultural que limita la creación» y, sin embargo, le resuelve «el plato de comida y dos o tres cosas materiales». Afirma además que con tres años de graduado es imposible tener una obra que avale su quehacer, en especial si se tiene en cuenta que la vida te impone responsabilidades y obliga a lidiar con el mercado, y de todas formas ni así los ingresos le alcanzan para adquirir los materiales necesarios para crear.

Ortiz Pérez asegura que, ante tal panorama, conoce algunos colegas y amigos suyos de Cienfuegos y otras provincias que han creado su propia galería, hecho que conlleva esfuerzos y recursos con los cuales él no cuenta: «Estas galerías son como una candonga pero un poco más seria», dice.

En conversación con varios de estos artistas, explicaron que para concretar cualquier proyecto artístico se necesita financiamiento y no siempre se puede contar con los padres para los gastos. A eso se suma que en las tiendas solo se vende un tipo de lienzo más o menos barato, el precio del resto de los materiales está por las nubes.

El jefe de la sesión de artes plásticas de la Asociación Hermanos Saíz (AHS), Armando Ruiz Olivera, aclara que a pesar del talento de muchos de los jóvenes que comercializan sus obras en las candongas, los plásticos tienen poco acceso al Fondo de Bienes Culturales, entidad comercializadora en la cual existe algo así como un «escalafón» que da prioridad para vender a los artesanos en detrimento del resto de los artistas.

Soluciones por cuenta propia

Problemas asociados a la formación de estos artistas en los talleres de la academia donde no siempre se cuenta con recursos para experimentar nuevas técnicas y tendencias, la insuficiencia de recintos expositivos, la escasa promoción de las exposiciones, los descuidos con las obras, la publicación de convocatorias cuando ya están casi a punto de cerrar, así como la pérdida de prestigio y legitimidad del Centro Provincial de Arte en Holguín, afloraron durante esta investigación.

Tales agravantes incitan a que muchos artistas plásticos solo quieran exponer en La Habana, donde —según ellos— están las personas indicadas para comercializar y/o comprar las obras.

Por tal razón, en la capital de Cuba entrevistamos a Yansert Fraga León, vicepresidente nacional de la AHS, organización que agrupa y promociona la vanguardia artística más joven del país. Él explicó en diálogo con Soy Cuba que en los últimos tiempos han proliferado en el archipiélago, sobre todo en las ciudades de más auge del turismo.

«En cualquier lugar tú te encuentras un local, supuestamente una galería-taller o una galería sencillamente, o un lugar abierto sin un estatus legal que vende cualquier cosa. Y generalmente eso que vende, artísticamente, es muy malo, de muy fácil hechura, de temas muy manidos…», dice y agrega que la sopa es muy visible en las artes plásticas y la música.

Sobre las limitaciones del mercado del arte en Cuba, también emite opiniones, aunque explica que «El hecho no es botar a alguien o no permitirle que comercialice ese tipo de cosa, sino ver como potenciamos esos lugares donde se vende con verdadero arte representativo de lo que es el cubano.

«Lo que pasa es que la propia situación económica a veces conlleva a muchas de estas cosas y los jóvenes pienso yo que en materia de arte tienen muy pocos referentes a los cuales acudir al hacer su obra. Hoy la generalidad de los jóvenes en Cuba que pretenden ser artistas no se preocupan tanto por hacer su obra como por vivir de su obra, que son dos cosas distintas».

El arte comercial no es un fenómeno nuevo. De hecho, ha sido usado incluso como pretexto artístico por algunos cubanos en las bienales habaneras. Tal fue el caso del proyecto Sopa 3-B (bueno, bonito y barato), cuyo catálogo incluía grabados, serigrafías, dibujos, pinturas, fotografías, instalaciones de pequeño formato y colografías, todos relacionados entre sí por su carácter comercial.

Según Julio Hernández, uno de los autores de esta muestra, el proyecto constituía un cuestionamiento a las estrategias de venta y relaciones de mercados oficiales, tanto nacionales como internacionales, pues en un mundo en el que «cada día las obras se encarecen más, sus formas son altamente sofisticadas y apenas llegan a sus receptores, el precio de las piezas de Sopa 3-B no excede [excedía] los 25 pesos».

La creación de eventos para la juventud del sector —a la cual se debe informar de las convocatorias con tiempo, como mínimo a través de las plataformas televisivas, impresas y digitales de las AHS— cuyo premio consista en becas que ayuden a costear una obra artística de altura y una mayor promoción para quienes no viven en la capital cubana; pudieran ser alternativas para mitigar la oleada de jóvenes que apuestan más por lo que se vende que por lo auténtico.

Lo otro, lo ideal, sería que quienes comercializan también llevaran a su clientela hacia la búsqueda de obras cada vez menos estereotipadas y de mejor calidad estética para que el hoy, catalogándolo en su argot, deje de ser el óleo monocromático, abstracto y con un singular estilo cubista que es.

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