Fraudolentos


“La ayuda que ha venido necesitando Cuba es que alguien, por Dios, le sople cuanto antes la respuesta”, dice Carlos Manuel en OnCuba, y yo me pongo a pensar en que hay muchas respuestas y han sido no sopladas, sino dichas por economistas, y abogados, y analistas, pero la cosa está en que quienes deben escoger la que más cuadra a este país… escojan bien y no en detrimento de la gente con menos monedas en los bolsillos. Y ahí es que está lo difícil.

¿Cómo echar a andar la economía de una isla subdesarrollada y bloqueada económicamente sin que con el impulso a lo privado se pierda la relativa tranquilidad lograda con este sistema? ¿Cómo evitar que las formas de un “capitalismo salvaje” –así lo ha descrito un conocido- se desarrollen desde las entrañas de la Revolución mientras se implementan cambios, y se abre el comercio, y se diversifica todo lo que antes era controlado únicamente por el Estado? Difícil. Y yo no tengo las respuestas.

Con respecto al fraude, como Carlos Manuel, y como Charlie, también vi “filtrarse” pruebas en mi secundaria y en el IPVCE donde estudié, allí donde se debía ser más inteligente, honesto y responsable que en las otras escuelas, donde se debían tener todos los valores que ahora se dan por perdidos aunque siempre haya un yonki que te de el asiento en la guagua o un reguetonero que te salve cuando quien parece más educado intenta robarte la cartera.

Entre 10mo, 11no y 12mo grados, varias veces por la madrugada fueron a despertarme a mi cuarto para que respondiera alguna prueba, casi siempre de matemáticas, física o química, sacada a hurtadillas del departamento de los profesores, o tomada cuando la profe le dio al padre del alumno “más bueno” el examen para que se lo imprimiera y así los muchachos “no tendrían que escribir tanto” y “podrían concentrarse más”.

Pudiera escribir, incluso, un glosario de trucos para llevar chivatos al aula y ahí no faltaría la tradicional mano llena de garabatos, o el muslo escrito bajo las faldas, la mesa llena de ecuaciones, el forro de las libretas y los libros más “inocentes” cargados de parábolas, los papelitos pequeñitos atiborrados de letras, o los libros de texto abiertos en la gaveta (esta está entre las más descaradas)….

Hasta en las calculadoras, en los relojes, y en las cámaras fotográficas digitales (muy escasas por aquel entonces) la gente se escribía las posibles respuestas.

Recuerdo que uno, si quería ayudar a su compañero, cambiaba con él la prueba aunque no fueran de la misma “batería” y luego, cuando terminaba, cada uno volvía a tomar la suya. No se me olvida como en mi aula del pre llegamos hasta a ponerle al profesor en la mesa una revista extranjera (creo que era People) para que se entretuviera y alguna que otra vez le embadurnamos con polvo tiza el sitio donde se recostaba para cuidar el aula.

Claro que los profesores tampoco se quedaban atrás en sus estrategias para “cazar” estudiantes fraudulentos.

Había uno de física, en el IPVCE de Guantánamo, que era espectacular: se ponía gafas oscuras, oscurísimas, para “cuidar” el examen y cuando atrapaba a alguien haciendo de las suyas metía un grito capaz de provocarle un infarto al corazón.

Pero algo se quebró… ¿recuerdan ustedes, lectores cubanos cuya edad oscile entre los 23 y 27 años de edad los exámenes de la dignidad? Aquello sí fue el acabose.

Se suponía que respondiéramos las pruebas sin que nadie nos vigilara, que se confiaría en nuestra integridad estudiantil, en la endeble conciencia de personas de 15 años a quienes les costaba (o se resistían) a distinguir los límites difusos entre qué está bien o que está mal cuando se trata de aprobar un grado, no desilusionar a los padres y profesores queridos y no desentonar en medio de un colectivo en el que todos se fijaban menos tú (el bobo tú), el único ser en toda la escuela que no aprovecharía la oportunidad que estaba regalando de sobrevivir a los traumas de la adolescencia sin esfuerzos intelectuales.

Pero, sea como sea, hacer fraude está mal.

De eso, como bien dicen mis colegas, te das cuenta pero pasa cuando estás en la primaria, en la secundaria, y en el pre… pero todo tiene un límite.

Y entonces llega el momento de las pruebas de ingreso a la universidad y te das cuentas (¡horror!) de que aquel a quien soplaste respuestas durante toda tu vida escolar (y que sabes que con la libertad gozadora de la universidad continuará guiándose por el dicho de “si no sabes, ten el teléfono del que sí”) quizás sea el único médico que en el futuro te podrá atender “porque es tu amigo de la escuela” o el único abogado que te hará rápido los trámites porque era “tu compiche del pre”.

Y entonces, entonces temblarás.

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