Pasadas las 5:00


Son más de las 5:00 pm y, aunque todavía estoy en la oficina, no tengo ganas de trabajar. Sé que un montón de documentos aguarda por mí. Los tengo todos organizaditos (siempre organizo las carpetas cuando las ganas no me dan para más nada) y clasificados: “Cosas bajadas de Internet”, “Lecturas”, “Soy Cuba”, “Atrasos”, “Colaboraciones”….

Pero a mí me gusta escribir por las noches y no por las mañanas, cuando uno tiene la cabeza fresca para leer, ni por las tardes, cuando el calor no te deja ni pensar. Pero escribir, lo que se dice escribir, lo prefiero por las noches, en especial a esas horas que siguen a la novela y la casa donde vivo se siente habitada solo por aislados espíritus…. buenos espíritus que han dejado para mí solita la computadora y están a punto de irse a dormir.

A esas horas me dan ganas de colar café y teclear hasta que los ojos amenacen con partirse. Esas son las horas de saldar deudas. Horas de revisar al dedillo los documentos descargados y de  cumplir, de un tirón, con mis malcriadas ganas.

Así me gusta a mí, sin gente alegre parloteando cosas inteligentes a mi lado ni conexión a Internet y por tanto sin Facebook o Twitter atormentando dulcemente mi existencia.

Lo malo de todo esto es que las rutinas productivas de los y las periodistas han cambiado tanto que casi no se puede escribir sin Internet, así como tampoco se puede (ni se debería) ejercer esta carrera sin grabadora, cámara, memoria flash y una computadora….  aunque fuera en modo “mini”. A veces me pregunto cómo se las arreglaban antes, cuando los antecedentes no se podían “googlear”, para hacer las notas rápidamente… o para completar con una palabra un trabajito sencillo al que no está uno dispuesto a dedicarle horas y horas y horas y horas nalgas en una biblioteca.

Un amigo me contó que él archivaba todos los periódicos viejos donde había publicado algo para, en el tiempo de las no-flash, usarlos como archivo. Di tú…. que trabajo!. Yo intenté coleccionar periódicos alguna vez. Lo hice con el Orbe, que era el único que me gustaba, y todavía guardo por la casa (allá en Guantánamo…) los pocos recortes de los artículos que sobrevivieron a una limpieza de mi madre. Las madres no tienen remedio: se forman con una puntería excepcional para botar-desaparecer-extinguir todo lo que te guste después de que hayas cumplido 15 años.

Bueno, el caso es que escribo y escribo haciendo tiempo para ver a Yudivián que —sospecho— me ha dejado plantada; y ya se me van acabando otra vez las ganas de escribir, hasta para el blog. Normal, es que son las 6:00 de la tarde  y a esta hora no hay quien se inspire…. con hambre y sabiendo que no tengo café ni computadora hogareña disponible para cuando aterrice en la noche.

Bye, me fui.

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