Por una raíz cuadrada


10624956_887883677910360_2334953782623646276_nEspejuelos. Esa es una palabra que podría resumir no pocos de mis 26 años de vida. Sin ellos, no existo. Y ya. Punto final.

Traigo el hecho a colación a causa de un curioso comentario publicado esta semana en Juventud Rebelde. Se trata de Espejuelos para Gabriela, escrito por Mayra, que siempre es tan creativa. Leyéndolo recordé no pocas vivencias.

Para empezar, no siempre fui medio ciega.

Tenía 17 años cuando me gradué la vista por primera vez por culpa de una raíz cuadrada. Resulta que yo, tan aplicadita durante mis años preuniversitarios, no vi en una prueba de matemáticas que en la ecuación a resolver había una raíz cuadrada. ¿Resultado? Un desaprobado que me costó algún que otro regaño y una consulta oftalmológica.

Desde entonces, como Mayra, he tenido no pocos pares de lentes: “grandes, pequeños, oblicuos, rectangulares, de metal medio verdoso —resultado de la humedad y el calor— y hasta de un plástico muy quebradizo”.

También he aprendido a esquivar no pocas de las oscuridades del submundo de las ópticas.

Aprendí, por ejemplo, que si vas como un ser humano normal —y entiéndase por esto sin padrino— solo encontrarás armaduras feas y grandes; que si llevas unos espejuelos plásticos —de esos que valen 3.00 CUC o que traen los médicos de Venezuela— te dirán que “no se pueden montar porque se parten y la óptica no se responsabiliza de ellos”; que si pagas por encima te los montan … y puede que hasta te los empaqueten; que si vas con la recomendación especial de un médico te atienden más rápido y no demoras 15 días o meses como se está haciendo usual, igual que si eres joven y bonita (esto no siempre funciona)… o inspectora, o jefa en algún sitio importante (esto sí).

Aprendí que, en La Habana, si estás apurado porque se te rompieron nunca, nunca, nunca debes ir a la óptica que está frente al Capitolio… porque por lo general nunca resuelves, y siempre, siempre, siempre, te reciben con cara de pocos amigos.

Otras lecciones, cuando eres ciega, se aprenden a tropezones —literalmente hablando.

A tropezones entiendes que no debes poseer un solo par de lentes, que cuando vas a viajar —sobre todo largas distancias— lo primero que tomas junto al dinero son los espejuelos; que si intuyes borracheras próximas es recomendable alertar a los colegas para que te rescaten… por si acaso, que en los carnavales no es recomendable desprenderse de las manos amigas, que cuando andas con niños debes asegurarte de que ellos sepan bien donde viven y cuál es teléfono de la casa… y que los baches, los tragantes, las piedras, las esquinas de las mesas, las patas de los balances y las camas, y las columnas de las casas son tus enemigos mortales.

Al mojársete recuerdas (y aprendes a recordar) que uno no se ducha con ellos puestos y que cuando llueve lo mejor es quitárselos y estarse quieto en algún sitio no vaya a ser que te atropelle un auto en medio de la nebulosa visual. Debes aplicar la misma técnica nmemotécnica cuando se te empañan porque a quien se le ocurre levantar la tapa de una olla con vapor con los espejuelos o tener sexo desenfrenado sin quitárselo por culpa de los apuros amorosos.

Pero ser medio ciego, que nadie lo dude, también tiene sus pequeñas y “sublimes” ventajas.

Si se te rompen ya no haces nada en casa porque no ves, si pasa alguien que no quieres saludar y va relativamente lejos le puedes ignorar respaldado por un pretexto seguro (el “no veo de lejos” siempre funciona, aunque algunas veces es de verdad), y si te piden trabajar de más frente a una computadora siempre puedes decir “tengo cansada la vista”.

Y aprendan, que yo no soy eterna…

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