Preámbulo a las (mis) instrucciones para asumir un cargo


Hoy leí en el blog De Chiripa el siguiente post “Preámbulo a las instrucciones para asumir un cargo” pero, como recientemente asumí uno, decidí atemperar lo escrito por Cortázar a mis propias experiencias.

Preámbulo a las instrucciones para asumir un cargo

Piensa en esto: cuando te ofrecen un cargo no te ofrecen un pequeño infierno florido, una cadena de rosas, un calabozo de aire. No te dan solamente el cargo, que lo desempeñes bien y esperamos que dures porque es de alto salario, importante, decisivo; no te ofrecen solamente una cuota más de poder que harás sentir a todos y te presentará.

Te ofrecen -no lo saben, lo terrible es que no lo saben-, te ofrecen un nuevo pedazo frágil y precario de ti mismo, algo que es tuyo pero no es tu cuerpo, que hay que desempeñar aunque el resto del mundo (superiores, subordinados y la economía) intenten quitarte las ganas de hacer con los “no hay”, la poca creatividad, los bajos salarios, las trabas burocráticas.

Te regalan la necesidad de preocuparte todos los días, la obligación de superar la comodidad, los tragos amargos, las escaseces, las censuras y las incomprensiones para que siga siendo un cargo útil; te regalan la obsesión de controlar, inspirar, impulsar, rehacer, modificar, cambiar, revolucionar lo que había y no funcionaba en tu departamento. Te regalan el miedo de que todo sea por gusto, de que nada mejore, de que puedas volverte tan gris y triste como lo que intentas mejorar.

Te ofrecen un puesto, y la seguridad de que es un puesto desde el que puedes mejorarle la vida a los demás, te ofrecen la tendencia a comparar lo que hace tu equipo con el trabajo de los mejores. No te ofrecen un cargo, tú eres el regalado, a ti te ofrecen para el cumpleaños de la sociedad.

CRONICA ORIGINAL DE CORTAZAR

Preámbulo a las instrucciones para dar cuerda al reloj

Piensa en esto: cuando te regalan un reloj te regalan un pequeño infierno florido, una cadena de rosas, un calabozo de aire. No te dan solamente el reloj, que los cumplas muy felices y esperamos que te dure porque es de buena marca, suizo con áncora de rubíes; no te regalan solamente ese menudo picapedrero que te atarás a la muñeca y pasearás contigo. Te regalan -no lo saben, lo terrible es que no lo saben-, te regalan un nuevo pedazo frágil y precario de ti mismo, algo que es tuyo pero no es tu cuerpo, que hay que atar a tu cuerpo con su correa como un bracito desesperado colgándose de tu muñeca. Te regalan la necesidad de darle cuerda todos los días, la obligación de darle cuerda para que siga siendo un reloj; te regalan la obsesión de atender a la hora exacta en las vitrinas de las joyerías, en el anuncio por la radio, en el servicio telefónico. Te regalan el miedo de perderlo, de que te lo roben, de que se te caiga al suelo y se rompa. Te regalan su marca, y la seguridad de que es una marca mejor que las otras, te regalan la tendencia de comparar tu reloj con los demás relojes. No te regalan un reloj, tú eres el regalado, a ti te ofrecen para el cumpleaños del reloj.

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