Paradojas del policía cubano


Ser policía en Cuba, hoy, es complicado. La violencia en ascenso entre la ciudadanía, el bajo nivel educacional de esas fuerzas y la representación social que se tiene de lo que es un oficial de la PNR, concretan un panorama triste… y peligroso.

Por Yisell Rodríguez Milán

Ser policía en Cuba, hoy, es complicado. Y no complicado como ser pinareños, por su fama de despistados, o como ser suegra… por la ironía socialmente compartida sobre la necesidad de su extinción.

Ser policía, más allá de los chistes que marcan tanto a esta profesión como a las dos condiciones anteriores, es complejo porque todo lo que un oficial hace repercute inmediatamente en el prestigio de las fuerzas y en su poder real para frenar el descontrol.

En Cuba el bajo nivel cultural de los miembros de la PNR y una representación social de lo que ellos son marcada por prejuicios de todo tipo (racistas, machistas, regionalistas, intelectuales…), concretan un panorama triste para quienes dependemos de sus saberes y poderes para defendernos.(No todo se le puede dejar a los CDR ¿o sí?)

Digo triste porque existe una percepción general sobre la ineptitud de algunos, traducida en insensibilidad para abordar las denuncias, brutalidad al lidiar con la ciudadanía, poca agudeza para distinguir entre prostitutas y mujeres provocativas o entre un delincuente y un oriental (a veces, incluso, entre cubanos y extranjeros), enajenación cuando no está en su turno de trabajo (aunque esté usando el uniforme) y demoras en el cumplimiento de otros deberes. ¿Cómo se puede confiar así?

Ser policía, por mucho que lo pienso, me parece un oficio ingrato. Quizás porque percibo que pasaron los tiempos en que ese uniforme azul era sinónimo de seguridad, de confianza, de orgullo. Estos no parecen ser ya los días lejanos en que cualquier niño franqueaba las posibles barreras de la timidez para soltar un “Policía, policía ¿tú eres mi amigo?” que derretía corazones.

Ahora cuesta quererlos. No es que se les odie, como odia el delincuente a quien lo apresa aún sabiendo que aquel cumple con su deber. Es que no se les quiere mucho… —en el sentido más afectivo de la palabra— y pocos les respetan hasta que caen, claro, en alguna oficina de la PNR.

Tampoco son muchos los que asumen el riesgo que implica ser un garante de la ley, menos en La Habana, que quizás es la ciudad más violenta de la Isla. La juventud, fuerza laboral por excelencia de los cuerpos del orden, sabe que la vida está muy dura como para terminar el duodécimo grado o la universidad y aceptar un futuro en una patrulla o como instructor policial, criminalista, oficial de guardia, técnico canino o agente del tránsito.

No es que ser policía sea el oficio más popular en otras partes del mundo, pero aquí ni cobrando de 800 a 1000 pesos la gente está dispuesta buscarse enemistades, poner en peligro su vida y soportar las burlas de los vecinos (sobre todo lo de las burlas).

Irónicamente el aumento de la violencia en las calles, donde a menudo se escucha de crímenes pasionales y atrocidades como el asesinato múltiple de Playa Baracoa, demuestran la necesidad de fuerzas policiales más inteligentes (y educadas) así como de mayor cantidad de gente —joven o ya mayor— dispuesta a resguardar la tranquilidad ciudadana que todavía vive Cuba.

Tras la huella y UNO, policíacos recién trasmitidos por la televisión, buscan dignificar un poco a los policías. No son quienes tienen roles protagónicos (esos son los oficiales de las direcciones del MINIT, los del DTI o los de Criminalística), aunque sus aventuras diarias bien darían para escribir no una serie sino una novela. Nadie como ellos y sus perseguidos conocen el bajo mundo cubano.

Recientemente un policía, sin que mediara más desorden público que la extensión de un concierto, interrumpió la presentación de los Van Van. Subió al escenario y mandó a parar la música, a irse a la gente, a terminarlo todo… Entre quienes estuvieron presentes y los enterados de la noticia a través de las redes sociales, tuvo un lugar un debate en el cual el agente salía muy mal parado por su arbitrariedad.

Sentí lástima. Me dije que quizás lo habían empoderado en anteriores momentos, o por el contrario, él sentía necesidad de probar algo, quizás que podía hacer sentir la fuerza de la mano de la ley. Pero al final solo una cosa quedó clara: se reforzó el estereotipo que caricaturiza a toda la fuerza.

Ser policía es complejo. Todo lo que un oficial hace repercute, que nadie lo dude, en el prestigio y poder real para frenar el descontrol. Ojalá no sea tarde cuando nuestra institucionalidad y nuestros medios le den el valor y la instrucción que ellos merecen… y necesitan.

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