Sinsentidos bancarios


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Dinero cubano. Foto: Tomada de Dreamstime.com

Parecía un enigma, pero lo descubrí. Sé al fin lo que diferencia nuestros bancos de los del resto del mundo: su poca pasión por el dinero.

Todavía no comprendo cómo me pasó desapercibida esa verdad el día en que, ilusionada, abrí mi primera cuenta en el Banco Popular de Ahorro (BPA) de Guantánamo.

Fue un mediodía de enero de 2013, tras esquivar la cola de ancianos que, supongo, esperaba por su chequera de jubilados. Me senté en el buró de la comercial, planteé mi deseo de proteger mi dinero y extraerlo cuando lo necesitara. La señora, muy seria, respondió:

-Puede hacerlo, pero solo podrá sacarlo a través de esta oficina.

Me arriesgué. Deposité 300 pesos en moneda nacional y, tiempo después, partí para La Habana desde donde, ni invocando los espíritus de los banqueros difuntos, he podido rescatar mis billetes del BPA.

¿Quieren ustedes una mejor forma de ahorrar? Créanme, es muy efectiva, pero no sé si una vez vivida la experiencia alguien se atreva a depositar algo allí otra vez. Yo llevo ya dos años sin tiempo, durante mis escasos viajes a la tierra natal, para visitar la oficina donde hace tiempo abrí mi cuentecita.

Por eso comprendo a quienes guardan bajo el colchón los ahorros de una vida, aún a expensas de los ladrones. Al menos así pueden usarlos cuando les urja, sin depender de un horario bancario que termina justo cuando la mayoría de los cubanos sale de sus centros de trabajo y de un sistema comercial que te limita –aunque tenga sucursales por casi toda Cuba- la extracción desde otras regiones. Ni que se tratara de empresas diferentes.

Solo me consuela la posibilidad de que esos 300 pesitos –en buen cubano- hayan crecido gracias al interés. ¿Alguien sabe de cuánto es el interés?…

Donde carezco de consuelo es con el Banco Metropolitano. La semana pasada, en medio de un desesperado intento por ahorrar esquivando las sucursales del BPA, visité una de las oficinas de este otro tipo de entidad. El objetivo era obtener una tarjeta magnética.

En mi pueblo ese pequeño artefacto no está tan de moda como en La Habana, pero hay cajeros… como mismo también existen en el resto de las provincias del país. Y para una periodista con ínfulas de mochilera, como yo, viajar es una obsesión así que necesitas de donde sacar para las urgencias. Una tarjeta solucionaba el problema.

Así que me dirigí a una sucursal. Me acerqué a la banca en moneda nacional y cuando planteé mi necesidad obtuve una insólita respuesta: solo se activan tarjetas en pesos convertibles y a partir de 50 CUC.

Está claro, clarísimo. Quieren ayudarme a que comprenda el valor del dinero, que sienta las consecuencias de la dualidad monetaria y por eso ponen ese servicio en los pesos en que no cobro.

-Está bien, dije resignada. Lo cambio y hacemos la tarjeta.

-Ve a la banca en CUC que está al frente, respondió.

Y allí fui. Dos horas esperé como parte una cola donde oí cuentos que habrían ocasionado alguna demanda en otras partes del mundo.

Una señora protestaba porque le cancelaron sin aviso la tarjeta donde le depositaban el dinero de la jubilación. ¿Para qué te piden el teléfono cuando haces el contrato si no lo usan?, (se) preguntaba. Otra dama, esta vez una joven, era la segunda vez que iba a recoger su tarjeta… y todavía no estaba.

Finalmente me tocó el turno. Entré, me senté y de nuevo planteé cual disco rayado mi necesidad. Una necesidad que, a juzgar por la cara de la comercial, se ha vuelto común entre la ciudadanía.

Y ahí fue cuando, a quemarropa, aquella señora tan cortés casi provoca el primer infarto de mis 27 años de vida con una pregunta sencilla pero mortal.

-¿Tienes dirección de La Habana?

-No, respondí. Pero trabajo aquí.

-No importa. No puedes.

-¿Y por qué?, respondí. En Guantánamo no hay Banco Metropolitano, ¿no es lógico que consiga una tarjeta donde sí se presta ese servicio?

-Así es, dijo.

Y explicó algo de que hasta hace unos meses se podía activar sin importar la provincia de procedencia, pero ya no, porque había «una resolución». Que fuera al Banco de Créditos y Comercio –me recomendó–, a lo mejor allí conseguía la tarjeta por medio de mi centro de trabajo.

Pero en mi trabajo, señora, no se paga con tarjetas, contesté y me fui dispuesta a probar suerte después.

Quizás lo intente de nuevo en unos años, cuando Guantánamo tenga Banco Metropolitano, el Banco Popular de Ahorro amplíe sus servicios o yo tenga dirección en La Habana.

Al cierre de esta crónica callejera mi hermana, que de aguafiestas no tiene nada pero quería cerrarme este «ciclo monetario», me dice que sí puedo sacar mis pesitos del Banco Popular de Ahorro, pero solo si no han pasado dos años desde que creé la cuenta.

Dos años es el límite para reactivarla, si no las has tocado en ese período. Pero solo es posible realizar ese proceso allí donde fue creada, o sea y en mi caso, en Guantánamo. Ya veremos si me animo.

 

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