Kico y Aly


Kico, quien hoy vive su primer cumpleaños en Estados Unidos, es el segundo de mis grandes amigos que se va de Cuba. La primera fue a Aly.

Aly es la más antigua de mis amigas de la infancia, la que más quiero y en la primera que pienso cuando alguien menciona las primeras escuelas y maestros, o se ponen a hablar en la oficina sobre los juegos del barrio. La conocí en el círculo infantil, en lo que llaman el quinto año de vida. Todavía recuerdo aquel día de septiembre en que alguna maestra nos presentó y dijo que nos sentaríamos juntas. Ella había llevado merienda y yo no… supongo que mi mamá pensó recogerme temprano, así que Aly compartió conmigo su pan con huevito. Ni ella debe acordarse de aquello, pero yo sí… como si fuera algo lejano, que nunca pasó o que pasó hace tanto que pareciera formar parte de una película ciento de veces vista.

Con Aly, que no sé cómo se las arreglaba para estar en mi casa tan temprano, muchas veces me enviaron a la cama el biberón de leche. Por vergüenza, lo dejé. Con ella, ideé un plan macabro “para volvernos familia” forzando a Pipo e Hildita, nuestros hermanos menores a quienes ya casi nadie llama así, a que fueran novios. Los metíamos a la fuerza debajo de un mosquitero de su casa a ver si se empataban. Cosas de niños. Con Aly tengo muy poquitas fotos, y entre ellas hay una especial: la que nos tomaron cuando nos dieron el monograma que decía “Ya sé leer”. ¿Se imaginan?

Después, crecimos. Estudiamos juntas en la enseñanza primaria y ella es la única testigo actual de cómo me partí mi diente delantero… ¿Recuerdas, Aly, aquel día de 4to grado cuando me caí en Educación Física? Nunca fui buena para los deportes. Tiempo después, me mudé del barrio donde crecimos juntas y, aunque nuestras familias siempre mantuvieron el contacto, solo nos reencontramos cuando teníamos 15 y ambas optamos por continuar estudios en la Vocacional de Guantánamo. Nos veíamos y hablábamos, pero no era como antes, como en la infancia, aunque el cariño siempre fue más grande y no importaba que no supiéramos nuestros gustos, nuestras expectativas futuras. Aly es el ancla más bonita de mi niñez. Ahora tiene dos niños, un esposo emprendedor y vive en Las Vegas. Dios mío, lejísimo.

Kico pertenece a otra etapa de mi vida. Él es de los amigos entrañables de la universidad, de esos que dicen que son para toda la vida… como los de la infancia, y que se prueban en los momentos más difíciles. Lo conocí en el barrio donde vivía, sin camisa, sentado ante una mesa de dominó donde yo juraría que andaba perdiendo. Fui a preguntarle qué sabía de los resultados de las pruebas de aptitud para ingresar en la carrera de Periodismo y él, acalorado y gentil, me respondió que nada. Luego supe que ambos habíamos aprobado y que compartiríamos cinco años de amigos, noviazgos, debates, viajes, notas, y cariños.

Kico era el polémico del aula, el más capaz para cambiar el curso de las polémicas y alborotar a los profesores con sus agudas reflexiones sobre casi cualquier cosa. Lo recuerdo sentado en su mesa, sin copiar ni una línea, siempre pendiente de aquello que le diera pie para hacernos volar las neuronas a todos y cada uno de los integrantes del grupo. Lo recuerdo bailador, alegre, sensible, confiable, y muy amigo de sus amigos. Lo recuerdo, sobre todo, buen hermano y mejor hijo. Y lo vi, menos desnudo, de todas las formas en que se puede ver a un hombre bueno: ayudando a las damas, construyendo su casa, limpiando, fregando, lavando, pero especialmente… cocinando. Me pregunto si algún día volveré a probar su sazón. ¿Será…?

El día que supe que se marchaba, lloré. Lo digo sin pena porque no fue mi intención. Él llevaba varios días insistiéndome por el chat de Facebook con que fuera a verlo a su casa y yo, que estaba muy ocupada, le hablaba de imposibles y de que no me echara tanto de menos que yo no me iba a ningún lado…. Por suerte un amigo común me contó lo que pasaba y ahí, en medio de aquella semiconfesión, unas lágrimas se me escaparon. Se fueron solas, quizás para evadir los porqués que uno nunca quiere admitir o para ignorar el intento cerebral por descubrir cuándo -en medio de los más de nueve años de conocernos que tenemos- él decidió que no viviría aquí. Ahora vive en Miami… No digo más.

De Aly y Kico, ahora ambos en Estados Unidos, me queda la ilusión no sé si triste de volverlos a ver algún día. Hoy, por ejemplo, me habría encantado compartir con Kico en su 27 cumpleaños algunas cerveza, y escucharlo dar chucho, y pelear, o reírse… que se yo, cualquier cosa. Este será el primer onomástico suyo en mucho tiempo en que estará demasiado lejos como para recibir los abrazos que ansía. Con Aly, aunque hace demasiado que no nos vemos ni compartimos aniversarios, me gustaría pasar otro 11 de marzo.

Obama y Raúl, ya ustedes saben, esfuércense. Yo espero.

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