Volver o Reflexiones sobre la independencia de un joven en Cuba


Por Yisell Rodríguez Milán

Volví. Tras una larga temporada de malas comidas, camas semi-incómodas, soledades, excesos de trabajo, obsesiones tecnológicas y libertades que cualquiera de mi gran familia calificaría como “desproporcionadas”, he vuelto por quince días a las comidas caseras y los arrumacos de mi mamá.

Las madres son tan graciosamente predecibles que una siempre tiene la confianza de que nada fallará durante el regreso vacacional. Ni regaños, ni abrazos. En casa siempre sobra de todo, de todo lo que siempre ha habido desde que se nació.

Pero esto de regresar puede ser complicado, porque pareciera que el tiempo no pasó.

Vuelves a estar rodeado de los juguetes de la niñez, a mirar los programas que ven en casa (las aventuras, las novelas, Palmas y Cañas), a conversar con los antiguos chicos descalzos del barrio que ahora son los papás y las mamás del montón de fiñes de la esquina, a sentarte en la escalera solo para sentir correr las horas conversando con la vecina más “curiosa” y a comprar los mandados, especialmente ese pan que nadie se ofrece a ir a buscar aunque todos quieran comérselo…

Y piensas en lo que cuesta, para esta juventud, alcanzar en Cuba la independencia. Quizás por eso se siente tan raro renunciar a ella durante dos semanas.

Mis primos en Estados Unidos, a los 18 años, ya tenían trabajo y casa propia. Claro, eso tenía sus trampas: laboraban medio tiempo mientras estudiaban sus carreras y el sitio rentado para vivir era un pequeño apartamento cerca del de sus padres, un sitio donde tuvieran una privacidad prudencial pero no absoluta… como diría mi madre.

Aquí no es así.

El acceso a una vivienda propia es difícil hasta teniendo dinero. En La Habana, por ejemplo, la renta de un pequeño apartamento puede llegar a los 30 CUC mensuales (750 pesos en moneda nacional), en tanto comprar una casita de un cuarto y quizás con problemas constructivos puede superar los 10 mil CUC (250 mil pesos en moneda nacional). Para que se entienda: el salario promedio de un trabajador estatal está sobre los 20 CUC (casi 500 pesos en moneda nacional).

Antes ni siquiera se podían vender o comprar viviendas, así que avanzamos. Pero, de todas formas, es casi una utopía que varias generaciones de cubanos no convivan juntos en el mismo hogar.

Lo otro que influye en la tardía obtención de la independencia es la percepción popular de lo que es un joven en Cuba. Ninguna de las madres de mis amigos, cuando estos tenían 18 años, pensaban que ellos estaban listos para vivir solos o enfrentar la formación de una familia.

A los 18 años, en esta Isla, estás terminando el 12mo grado. Si eres chico, te enviarán al Servicio Militar Activo a formarte para cuando la Patria te necesite en su defensa, y si eres chica, comenzarás la universidad, o empezarás a trabajar como técnico medio de alguna especialidad.

Sé que siempre hay excepciones pero, en mi experiencia, no es sino hasta los 25 o 26 años que logramos salir del hogar para abrirnos al mundo. El motor impulsor suelen ser los amores.

Un amorado(a) puede hacerte querer escapar con prontitud a rutinas que antes no te molestaban: las llamadas constantes de la madre, el control del padre, la algarabía sin razón de los hermanos, las tareas cotidianas, los estilos de vida… y tan pronto como se pueda te arrastrará hacia otro océano de rutinas, las mismas en las que fue criado él… o ella.

Así, salvo las raras excepciones de quienes logran tener casa propia, se alcanza una independencia deformada por las limitaciones económicas y la convivencia forzada con una nueva parentela que no te dejará educar a tus hijos como te gustaría, andar desnuda(o) por la casa (este es el caso más extremo y delicioso), vivir el matrimonio a plenitud y disfrutar con libertad la independencia de tus padres.

Yo llevo dos días en casa. Mentiría si afirmo que quiero irme, aunque otros imanes me atraen hacia La Habana. Pero paso las horas mirando mis cosas de la niñez y de la adolescencia con una nostalgia poco usual: no deseo que regresen esos tiempos, por alegres que fueran.

Quiero, por el contrario, un espacio propio y con él la posibilidad de construir rutinas no establecidas, de dotar a futuros hijos y sobrinos de las libertades que creo más felices, de configurar un hogar con la impronta de mi profesión, con espacio para esos libros que siento apachurrados (¿se usa esa palabra todavía?) en el hogar materno y donde mi madre, ya anciana, pueda maleducar a los nietos con las historias del “cuándo vivíamos en Guantánamo… ”. Lo malo de tanto soñar es que, llegar a 10 mil CUC, tiene la cara fea.

 

 

 

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